Tenía 17 años y murió de un disparo en el pecho en el barrio Cuenca XV. Las crónicas policiales se hicieron eco inmediatamente y hablaron de un supuesta discusión con otros jóvenes y de los códigos modernos que se imponen en estas épocas para zanjar disputas y diferencias por más banales que sean.
La noticia duró poco tiempo en los portales y el vértigo de internet y de la actualidad dejó este crimen en segundo plano hasta casi desaparecer, tanto de los medios como de las redes sociales.
El asesinato del adolescente se suma a la larga lista de víctimas que todos los días tienen su efímero y trágico protagonismo en una opinión pública que parece anestesiada frente a este tipo de hechos. Probablemente su nombre vuelva a escucharse cuando detengan al asesino y nuevamente cuando se culmine el proceso y se haga justicia, si es que se llega a este final. Después desaparecerá, inexorablemente.
Dice la teoría de la comunicación que una noticia deja de serlo cuando el hecho que la impulsa se repite casi como algo habitual y ya deja de sorprender a una sociedad sedienta de novedades.
Los crímenes entre jóvenes son eso: una multiplicación del espanto, una secuencia cíclica que se alimenta de sangre a fuerza de violencia en un contexto de exclusión, falta de oportunidades y miseria. Puede entenderse este fenómeno como consecuencia de malas políticas, de las propias crisis que castigan a las naciones.
Lo que cuesta comprender es que cada hecho en particular se convierta en algo cotidiano, que ya no conmueva a nadie y que no nos importe siquiera saber cuándo fue el momento que comenzamos a naturalizar la muerte de estos chicos.
Los crímenes entre jóvenes son eso: una multiplicación del espanto, una secuencia cíclica que se alimenta de sangre.


