¿por qué cada vez hay más tipos de botellas de vino?

El consumidor atento seguramente habrá notado el crecimiento de formatos nuevos en góndolas y vinotecas. Cada variedad tiene un secreto que la sustenta.

Buenos Aires.- Basta pararse frente a la góndola y observar: hay de todo, desde botellas con hombros anchos a unas delgadas y estilizadas que parecen un bonete; hay también botellas grandes y botellitas que son para una sed liliputiense; y hay, además, botellas de pico alto y otras más bien rechonchas. ¿En qué momento ganó la diversidad? Y al mismo tiempo, surge una duda: ¿cambia el sabor del vino según el tipo de botella?

Todo depende de cómo se lo encare. Algunos datos sirven para poner un punto de partida. Mientras que hoy la industria del vidrio es un cuasimonopolio –hay sólo dos fabricantes de botellas en Argentina, que son filiales internacionales, de paso–, a lo largo de la historia el arte de hacer botellas requería de una artesano hábil e imaginativo. Y al mismo tiempo, ajustarse a los usos y necesidades del vino. Así, por ejemplo, nacieron los dos primeros grandes grupos de botellas: las tipo burdeos y las tipo borgoña.

Nuevas: El surgimiento de nuevos estilos de vino trajo aparejado la irrupción de envases.

La primera es la clásica botella de hombros redondeados, con un cuello bien marcado para que ajuste el corcho.

El truco de este formato está en los hombros. Como los vinos de Burdeos se desarrollaron para la guarda, con variedades como cabernet y merlot, los hombros fueron clave para que los precipitados de color y cristales no llegaran a las copas. En la otra vereda, Borgoña se especializó en dos tipos de vinos: chardonnay y pinot noir, que no ofrecen ningún precipitado, de modo que la botella eliminó los hombros y el vino fluye sin necesidad de muñequearlo a la hora del servicio.

Pero a esta razón primera le siguen otras menos racionales. Entre ellas, la más importante es claramente estética: cómo le cuenta la forma al consumidor el vino que hay dentro, primero; y luego, cómo el consumidor se acostumbra a asociar una forma a un determinado tipo de vino. El mejor ejemplo son los vinos alemanes: blancos de acidez elevada, la botella tipo bonete, alta y cónica, describe en el mundo a ese tipo de vinos. Otro buen ejemplo: los vinos de Chateauneuf du Pape, que llevan labrado el escudo en el vidrio, como una forma de autentificar su origen y al mismo tiempo distinguirlo del resto.

En los últimos años, en la Argentina emergieron nuevos estilos de vino. Tintos y blancos que hace una década no estaban en la góndola: riesling filosos, pinot noir delicados y frescos, fortificados tipo oporto y tardíos, y malbec más ligeros. Y la forma más sensata que encontraron las bodegas para distinguir los nuevos estilos fue apostando por nuevos formatos de envase.

Así, la botella tipo borgoña es la que más terreno ganó: ensanchó un poco más la base y estilizó un poco más el cuello. Así, hay dos tipos de botella borgoña en la góndola. Tanto para los nuevos pinot noir, como para chardonnay. Son muy elegantes, pero resultan un dolor de cabeza para apilarlas.

La botella burdeos, de hombros anchos, también mutó un poco. Aparecieron formatos más altos y delgados, con hombros menos pronunciados, en particular empleados en cabernet y blends. Y al mismo tiempo, la tipo californiana o cónica, que es más retacona y de hombros más anchos que la base, quedó relegada a las gamas medias, cuando supo campear en la alta gama la década pasada.

Asimismo, creció la oferta de botellas magnum, cuyo litro y medio viene en formato burdeos grande. Y completan la paleta las botellas de medio litro, para tardíos, de vidrio transparente, tipo burdeos en miniatura.

A esta altura, la pregunta de rigor es si la forma de la botella cambia el sabor de vino. En realidad, no. Sí modifica el tipo de servicio y, al mismo tiempo, si conviene o no usar decantador, en particular con los vinos de botella tipo borgoña para tintos de base malbec o cabernet, que pueden ofrecer algún tipo de precipitado. Lo que sí modifica la botella en el vino es la percepción que el consumidor tiene. Y eso es, en el fondo, un cambio significativo de expectativas de sabor. En todo caso, es un factor más pero no determinante de calidad. Sí del placer percibido. Claro que eso ya depende del vidrio con el que se lo mire.

El largo adiós de un formato clásico

Por años fue sinónimo de calidad. Determinó una época para el vino argentino, entre 1970 y 2000, en que la caramañola –empleada por Perdriel y San Felipe– marcó un hito en los vinos locales. Era tan fuerte su forma que tardó casi quince años en desaparecer de la mente de los consumidores. Todavía resiste en una marca, pero tiene los días contados. Nostálgicos del formato, atesoren las últimas que pesquen antes de su desaparición.

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