Un joven discapacitado fue presa de delincuentes que se aprovecharon de su condición para apoderarse de su dinero. Y al mismo tiempo, la víctima, que está postrada en una cama desde los 15 años, tuvo que padecer -según su propia denuncia- un mal procedimiento policial.
Otro hombre que soñaba con el techo propio, para lo cual permutó su auto por un terreno, se enteró de que a quien le adquirió el lote no era el verdadero dueño. Lo estafaron.
Un grupo de turistas que llegaron a visitar la ciudad y se alojaron en un hotel céntrico fueron víctimas del robo de los datos de sus tarjetas de crédito, con los que una empleada desleal adquirió entradas de recitales y electrodomésticos.
Apenas algunos ejemplos de los que se aprovechan de las necesidades o las carencias del otro que hemos leído o escuchado en estos días y que reflejan miles de situaciones que padecemos a diario.
Esa misma sensación que experimentamos en tiempos electorales en los que vivimos camino al 22 de octubre.
Así comenzarán los discursos prometedores y las acusaciones cruzadas de los partidos políticos, necesitados de un voto que los lleve a consolidar una banca y certificar aquellos números de las primarias de agosto. Y en el medio de las manifestaciones políticas estarán nuestras carencias -economía, seguridad, obra pública, salud-, aquellas que de no existir permitirían un mejor bienestar para todos.
El otro día leí una frase por ahí que decía: “El amor, la picardía y la necesidad hacen buenos oradores”. Y me surgió una duda: ¿seremos víctimas, una vez más, de los aprovechadores?
Las carencias del pueblo son el principal alimento para los políticos en estos tiempos de campaña.


