Una costumbre muy neuquina

De alguna forma el nuevo Neuquén es hijo de las tomas. De gente que usurpó un terreno y esperó por servicios. De familias enteras que siempre llegan de otras provincias, con la idea de tener un futuro próspero, hasta que la realidad les golpea con dureza la autoestima. Así es que unas 7 mil familias (poco más de 25 mil personas) viven colgadas de los servicios públicos, como la electricidad. No sólo no pagan por calefaccionarse o alumbrarse en las viviendas precarias, sino que ese fenómeno representa un peligro latente para la seguridad domiciliaria. Todos los días se incendia una casilla en las polvorientas tomas de Neuquén o incluso Centenario. Las precarias conexiones eléctricas son una bomba de tiempo para barrios enteros conectados ilegalmente a la luz. La gente conecta todo tipo de artefactos y, como es gratis, no se toma dimensión del riesgo latente. Pero detrás de la ilegalidad también hay una notoria lentitud del Estado para idear una ciudad. Sin fondos no puede dar respuestas a familias y planificar una ciudad mejor para todos. Es que los límites de la ciudad se extienden a cada minuto y la pobreza se congrega en sectores específicos, donde falta todo el día el agua, no hay gas, se gasta una fortuna en leña o, en todo caso, se corre riesgo con las conexiones ilegales de electricidad. El Municipio neuquino está gestionando más de 250 millones de pesos para regularizar tomas. Ya presentó un proyecto al gobierno nacional. Implica blanquear estas conexiones, que no hacen otra cosa que segregar a los vecinos y mantenerlos por años con el estigma de vivir con vergüenza en algunos confines de la ciudad. Salir de la indigencia cuesta dinero. Y pocos quieren ponerlo.

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