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La Mañana Historias del crimen

Una huella, un acento, un buche y 20 robos: la historia de la primera banda de entraderas

Todos esos elementos fueron hilvanados por los pesquisas para desarticular a los delincuentes. El primer golpe en Neuquén fue 2002, en medio del desastre que dejó la crisis de diciembre de 2001.

Adrenalina, droga, violencia, una 9 milímetros y rapidez en su accionar, todos elementos que conformaron el sello distintivo de la denominada banda de los chilenos que azotó el Alto neuquino y principalmente el barrio Santa Genoveva allá por 2002.

La pesadilla para la Policía neuquina ocurrió entre abril y junio de 2002 y, al cabo de un par de hechos, descubrieron que se trataba de la misma modalidad que se repetía en los noticieros nacionales.

“Hasta ese momento, no habíamos tenido hechos de estas características y magnitud, por lo que ellos (los chilenos) inauguraron en la zona las entraderas”, confió uno de los pesquisas en diálogo con LMN.

Durante tres meses, hubo más de 20 golpes que le quitaron el sueño al departamento de Delitos.

Las víctimas repetían las características de los delincuentes y relataban el mismo modus operandi: las sorprendían entrando o saliendo de sus casas, a punta de pistola y a golpes las metían adentro y saqueaban el lugar.

Otro dato distintivo que surgió fue el acento chileno. “Uno muy pronunciado y el otro era como si lo quisiera disimular”, describieron varias de las víctimas a los investigadores que trabajaban noche y día en el caso.

Finalmente, el rompecabezas se logró armar gracias a la pista de un nombre falso, el dato que brindó un buche, un auto que vio un vecino y una huella que se repitió en cuatro escenas del crimen. Los líderes de la banda resultaron ser los chilenos Sergio Ubaldo Retamal Ayala y Jorge Armando Carabajal Carreño.

En medio de la crisis que atravesaba el país, dos chilenos desembarcaron en Neuquén e instalaron las entraderas.

Delito y crisis

En 2001, la crisis financiera y social dejó al país a la deriva, a tal punto que la Casa Rosada tenía una puerta vaivén por la que entraban y salían presidentes.

En ese crítico escenario, el 3 de diciembre, el gobierno de Fernando De la Rúa, cuyo ministro de Economía era Domingo Cavallo, implementó el corralito financiero, limitando a los ciudadanos el retiro del dinero de sus cajas de ahorro, cuentas corrientes y plazos fijos. Un año después, el 2 de diciembre de 2002, se levantó la restricción.

En medio de la crisis, los delincuentes vieron la oportunidad. Observaron y analizaron el escenario y entendieron rápidamente cómo podían obtener su tajada.

El dinero estaba a la salida de los bancos, por lo que comenzaron a hacer logística y fue así que arrancaron las salideras bancarias.

Era habitual que en plena calle les apoyaran un arma en las costillas a las víctimas mientras con el dedo índice en la boca les hacían el gesto para que no dijeran nada.

Luego, les susurraban “dame la guita”, para darse a la fuga con un botín importante.

A otras víctimas las seguían hasta la casa y ahí las asaltaban, siempre a punta de pistola, ya que ante el temor de poner en juego la vida de sus familiares se despojaban rápidamente de las cosas de valor.

Muchos de los que se resistieron a esta modalidad terminaron sufriendo una terrible golpiza y algunos hasta fueron asesinados.

Las salideras bancarias fueron furor durante varios años, hasta que la furia de los clientes y una lluvia de denuncias, incluso investigaciones que involucraban a empleados de bancos, obligaron a coordinar una serie de medidas.

En Neuquén, se copó la city bancaria con policía motorizada que se encargaba solamente de trabajar sobre los movimientos vinculados a los bancos.

El descenso de las salideras recién se materializó en 2011, según informes oficiales de Nación.

A esta modalidad de robo, en medio de la crisis, se sumó otra mucho más violenta: las entraderas. Los delincuentes sorprendían a las víctimas cuando entraban o salían de sus casas, por lo general a primera hora de la mañana o en el crepúsculo de la jornada.

Los robos duraban poco tiempo, pero eran unos minutos muy salvajes y violentos. Los delincuentes se llevaban todo lo que podían dentro de un auto o camioneta que los esperaba afuera y de ahí se daban a la fuga, dejando a toda la familia maniatada para tener margen de acción antes de que la Policía interviniera. Recordemos que el celular todavía no estaba masificado.

Venían huyendo de Buenos Aires y los Montecino, los capos narco de la región, les dieron lugar porque uno estaba de novio con una joven del clan.

Los chilenos

Sergio “Checho” Ubaldo Retamal Ayala y Jorge Armando Carabajal Carreño tenían los típicos rasgos del delincuente pesado. Eran adictos a la adrenalina que les generaban esos pocos minutos en que entraban en acción. En ese instante, ejercían toda la violencia posible para intimidar a sus víctimas: las amenazaban de muerte con una pistola 9 milímetros, las insultaban, les propinaban golpes de puños y culatazos con el fin de que entregaran todo.

La adrenalina aparecía en esos momentos, pero en los previos, el Checho y Jorge consumían marihuana, cocaína y alcohol. Tener vínculos estrechos con los Montecino, que ya en ese entonces desde Cipolletti manejaban la movida narco de toda la región, les facilitaba el acceso a las drogas.

Incluso, eran tan impulsivos que de vez en cuando les pintaba robar o asaltar a alguien en la calle y metían caño sin pensarlo. De hecho, el Checho y su pareja también estuvieron involucrados en varios robos al voleo.

Los investigadores que persiguieron a esta primera banda de entraderas en Neuquén recuerdan que los chilenos habían hecho estragos en Buenos Aires, principalmente en Becar y localidades aledañas.

Venían escapando de la Bonaerense, que ya los tenía marcados. Pero, como en toda historia, en el fondo había un amor: el Checho estaba enamorado hasta las trancas de una de las familiares del capo narco Héctor Montecino, Fabiana del Carmen Montecino, por eso encontraron en Neuquén el lugar perfecto.

No tan desapercibidos

Cuando comenzó las andanzas de la banda en Neuquén, la Policía y los medios estaban sumidos en la investigación del caso Zarza.

La joven Alejandra Zarza era una empleada judicial que desapareció la noche del 19 de febrero de 2002 cuando cursaba el octavo mes de embarazo.

Esa noche, había ido al cine con Nicolás Rinaldi, padre de la criatura que se gestaba en su vientre pero que estaba en pareja con otra mujer y tenía una hija.

Zarza desapareció y Rinaldi quedó muy complicado, pero él no hablaba. Quien comandaba todo era su padre, un personaje oscuro y siniestro.

El 26 de febrero, Alejandra apareció muerta boca abajo en una laguna de una ripiera en Valentina Sur camino a Balsa Las Perlas. El feto, la placenta y el útero nunca fueron encontrados, es decir, la vaciaron por dentro.

El único que puede contar qué ocurrió esa noche es Rinaldi, quien se encuentra en libertad condicional. Pero nunca lo hará.

Este caso, que estremeció a la provincia, hizo que las entraderas de los chilenos pasaran casi inadvertidas para los medios, no así para el departamento de Delitos, que puso a una brigada a investigar una modalidad de robo que solo habían visto en la tele y que no esperaban que llegara tan pronto a la región.

Solo se asignaron cuatro policías, así se conformaban las brigadas en ese entonces, ya que todos tenían que entrar en un móvil. Siempre los recursos materiales y humanos condicionan el trabajo en la Policía.

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Los robos

Toda actividad criminal se da en la clandestinidad, por lo que cuesta mucho saber con exactitud el momento en que la banda comenzó a actuar.

Si bien estiman que perpetraron más de 20 robos, por la modalidad y características brindadas por las víctimas, la Justicia solo admitió 14 hechos que son los que se pudieron demostrar. La duda es un beneficio que vale solo para el acusado.

De acuerdo con lo que figura en el expediente legal, el 22 de abril de 2002 dieron su primer e insípido golpe, que justamente no fue una entradera.

El Checho y Fabiana asaltaron con la 9 milímetros a una pareja de jóvenes que salían a las 23 del cajero de la Universidad Nacional del Comahue. Los abordaron por la espalda y, tras encañonarlos, les exigieron la billetera y la documentación del vehículo en el que se movilizaban. Luego, se dieron a la fuga.

El hecho fue denunciado, pero a esa altura era un robo aislado que lo manejó el personal de Comisaría Primera.

La primera entradera la concretaron el 6 de mayo de ese mismo año. Fue en un horario inesperado para cualquier vecino en ese entonces: a las 9:45, plena mañana.

Una mujer iba saliendo de su casa, en calle Alberti al 900, cuando los chilenos aparecieron, le apuntaron con la pistola y la obligaron a ingresar de nuevo. En el interior estaban su hijo pequeño y tres albañiles que hacían unos arreglos. Todos fueron amenazados y atados. Luego, los delincuentes se tomaron unos 15 minutos, como mucho, para hacerse de 2150 pesos, electrónica y los papeles de los vehículos que tenía la mujer, un Pointer y un Escort. Finalmente, escaparon.

Una aclaración válida es que por ese entonces un alquiler promedio rondaba los 250 pesos, como para tener un parámetro de que el monto fue importante.

El hecho extrañó tanto a la Comisaría Primera, que dieron intervención al área de Delitos, que tenía la mayor parte del personal afectado al esclarecimiento del caso Zarza.

Los chilenos dejaron pasar un tiempo, denominado “de enfriamiento”, para dar el segundo golpe. Esta vez, fue el 23 de mayo, en la calle Gravier al 700, pero en esta ocasión los chorros eligieron madrugar. A las 8:30 aprovecharon cuando el dueño de casa abría el portón para sacar el auto e irse al trabajo y lo encañonaron por la ventanilla del vehículo, así que bajó y lo metieron adentro, donde se encontraba la empleada comenzando con sus labores.

De la casa se llevaron dinero en efectivo, un monto importante, y joyas. Ante la menor resistencia del hombre le metieron un seco culatazo en la cabeza, por lo que terminó en el piso desangrado. Con el botín en las manos, se dieron a la fuga.

Un nombre falso, huellas clave, un buche y un auto fueron esenciales para que los pesquisas lograran desarticular a la banda.

El Checho y Jorge contaban con un apoyo externo que manejaba un vehículo y los sacaba rápidamente de la zona.

Los chilenos se sentían confiados, por lo que al día siguiente, 24 de mayo, también a primera hora, abordaron a una mujer que era empleada doméstica de un médico que residía en calle Periodistas Neuquinos 337 y repitieron la mecánica.

Una vez que la mujer estuvo adentro y atada, se llevaron dos camperas y varios elementos más de poco valor, pero todo les sumaba.

A esta altura, la brigada a cargo de la investigación ya sabía que se trataba de una misma banda. No solo por el modo de actuar, sino porque en las descripciones de los asaltantes todo parecía coincidir.

“Nos tuvieron como locos, porque no los teníamos identificados y los golpes no eran estudiados, sino al azar. Veían una casa linda donde suponían que podían sacar una tajada importante y le entraban”, reveló un policía que trabajó en el caso y que ya no recuerda la cantidad de cigarrillos que fumó patrullando y haciendo análisis de las zonas con el resto de sus compañeros.

Como dijimos, los chilenos sentían que venían con buena racha y a los pocos días volvieron a la carga. Una vez más, el 30 de mayo sorprendieron a una empleada, ahora en plena siesta, a las 14, cuando entraba a la casa donde trabajaba en calle Río Carcarañá al 600. Tras reducirla, registraron la vivienda y, como no había cosas de valor, se llevaron lo que pudieron.

El 31 volvieron a robar, pero en esta ocasión fueron por plata fácil. Esperaron en el cajero de la Universidad Nacional del Comahue y cuando llegó la oportunidad, le apuntaron a un hombre que esperaba al volante del auto a que su novia sacara dinero. Ese hombre era un agente de la Policía de la Dirección de Tránsito, que evitó reaccionar para que no le hicieran daño a su pareja.

Los delincuentes se subieron al auto y lo obligaron a conducir hasta el mirador del Alto, donde no solo le robaron el dinero, sino que le sacaron las llaves del Ford Fiesta que manejaba y los hicieron desnudarse para asegurar una fuga efectiva.

Los datos que aportó el agente a los pesquisas de Delitos se repetían respecto de los autores de las entraderas que venían investigando.

Después de ese paseo que le dieron al agente, decidieron incursionar por la zona de los miradores, donde todo era fácil. Sorprendían a las parejas indefensas, con la ropa baja, y en cuestión de segundos entregaban lo que tenían.

Fue así que el 2 de junio fueron al mirador que estaba junto al Tanque de Canal V y amenazaron con armas a una pareja que quedó totalmente desnuda y hasta se tomaron el tiempo de robarle la batería del auto, un Renault 12. Unos miserables.

Tras ese golpe, hicieron un parate y volvieron a la carga el 13 de junio a las 21:20, cuando sorprendieron a una mujer que ingresaba a su casa en calle Chrestia al 500. Se llevaron dinero y otros elementos.

Entre el 17 y 19 de junio, los chilenos estaban cebados a pleno, a tal punto que cometieron seis robos en solo tres días. La confianza que tenían en su accionar los terminaría traicionando.

3 meses

Fue el tiempo en el que concretaron sus robos. Los chilenos venían huyendo de la bonaerense que los buscaba por varias entraderas en Becar. En Neuquén los golpes se centraron en la zona del Alto y en el Santa Genoveva.

14 golpes

Fueron los que les pudieron demostrar legalmente. Los investigadores estimaron que habían perpetrado alrededor de 20 asaltos, pero para la justicia si no se puede demostrar queda en la nada. Solo en 14 hechos pudieron identificarlos.

Identikits de los acusados

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