Vinos tintos en verano: cómo se tienen que beber fríos

La discusión siempre está planteada entre aquellos que prefieren no ponerle cubitos de hielo al vino y los que sí se muestran predispuestos a hacerlo.

Hay discusiones que no terminan nunca. Y una de ellas es la del vino con hielo. Están los que al ver los cubitos flotando en el tinto sienten que chocan contra el iceberg del Titanic y pierden la fe en lo que vendrá; y están aquellos que con supina practicidad dejan caer dos hielos en la copa y se la beben a la salud de quienes sufren de pensar sólo en el dolor de dientes.

Seamos justos: ambos tienen razón. Una buena copa de vino, con dos peces de hielo, declarar el fin del buen gusto. Pero, también, tomarse un tinto caliente porque no lo refrescamos antes es soporífero. Como en toda polémica, hay un punto medio entre ambos extremos. Y ese fiel es, nada más y nada menos, que un poco de sentido común. A cultivarlo un poco, nos dedicaremos en las próximas líneas.

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Hielo, ¿sí o no? A gusto es la respuesta. Sólo tengamos en cuenta que el hielo diluirá el vino en la medida que se derrita y que, en ese caso, se aflojará su estructura. Están los que gustan de ese vino flojo y los que no. Pero, en todo caso, para estos últimos, conviene saber que hay métodos alternativos.

Las rocas, sí. Se venden en cualquier vinoteca o regalería y son, ni más ni menos, que unas falsas rocas de hielo. Sólo que rellenas de gel y, debidamente guardadas en el freezer, le bajan la temperatura drásticamente a la copa sin diluir el vino. A favor, la practicidad. En contra, no deja de ser un trozo de plástico el que ves en la copa. Hay que elegir, claro. Pero hay otras alternativas.

El bueno y el mal hielo. Un buen consejo para los bebedores de vino con hielo es que elijan bien las rocas que usan. Las que estén hechas con agua de la canilla –digamos el 99%– tendrá cloro y el cloro arruina los sabores del vino. Es mejor, agenden, comprar hielo de agua sin cloro o eventualmente, usar de bidón para evitar que el sabor se malogre.

El freezer, casi siempre. Cuando en un quincho hacen 34 o 35 grados, cualquier botella sobre la mesa llega en cuestión de minutos a ese pico febril. Entonces, se impone el uso de la cordura para bajarlos a unos decorosos 15 o 16 ºC. El freezer es un buen aliado en este asunto, porque en unos 10 a 15 minutos los deja en el punto justo. Mejor si uno los envuelve con un paño húmedo antes. Eso sí: si te lo olvidaste un rato, puede ocurrir lo peor y que el vino se congele. ¿Y en este punto, qué sucede?

Congelado, nunca. Los vinos vienen preparados para que nos los olvidemos en la heladera o el freezer, pero no para ir a –18 ºC. Ahí pasan dos cosas: el corcho falla presionado por el hielo y el vino se derrama; o bien, los tintos más finos, esos que salen al mercado sin filtrar, sufren el shock térmico y se deshacen de sus excesos. ¿Cómo? Sencillo: al enfriarse cambia la capacidad del agua de sostener algunas sustancias solubles y se caen igual que se caía la sal en un típico experimento de primaria con agua saturada. El sabor, en todo caso, no se altera, aunque sí un poco el cuerpo y la textura. Ojo con congelar los vinos.

La frapera, sí. En todo caso, a la hora de sostener la temperatura de un buen tinto en verano, no hay que dudar y dejarlo en una frapera con agua y hielo. Sí, es verdad, parece antiintuitivo, pero es mejor una botella de tinto refrescada y en su punto que un caldo quemante. El secreto, en todo caso, es no usar mucho hielo: con una cubetera el agua queda a punto. Y luego se regula con un hielo cada tanto.

Chaquetas de gel. Así como están las bolsas de gel para aliviar el dolor en los músculos, están las chaquetas de gel para los vinos. No son caras. Con unos 350 pesos (si no son importadas) se puede comprar una chaqueta decorada que, con velcro y cierre en el pico, evita que una botella previamente refrescada se caliente. Como chiche, además, es un buen regalo para algún amante del vino.

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