Hebe de Bonafini: “Antes que poner preso a un milico, las Madres preferimos ver a un niño sonreír”
Buenos Aires > A los 82 años, no sólo sigue en pie, sino que sigue caminando a paso firme. Son las 8.15 y ya está en la sede de Madres de Plaza de Mayo para arrancar un nuevo jueves en su vida en el que, además de reuniones, actividades, compromisos y notas, irá por vez número 1.718 a marchar alrededor de la Pirámide de Mayo. “Son casi 34 años. Nunca falté a las rondas, porque no importa el lugar del mundo en que esté, a las 15.30 yo me pongo a caminar. Por suerte, siempre hay alguien que acompaña”, cuenta sentada en su oficina, que es una especie de pequeño museo de reconocimientos y recuerdos en el que conviven líderes políticos y artistas internacionales con hombres y mujeres anónimos de todo el planeta. Pero las cosas cambiaron para Hebe Pastor de Bonafini. Hoy, 34 años después de aquel 30 de abril de 1977 en que se juntaron por primera vez, enfrente, en la Casa Rosada, ya no está el enemigo: “Son más que nuestros aliados porque en ellos también viven nuestros hijos. Fueron muchos años de mierda y gracias a ellos hoy es un momento de mucha felicidad para las Madres, porque pudimos dejar de correr detrás de la Justicia y empezar a construir el camino de nuestros hijos: estamos construyendo viviendas, a fin de año ya van a ser 10 mil, hospitales, escuelas… Para mí eso es vengar la sangre de mis hijos”.
Cuando Néstor Kirchner asumió la presidencia usted dijo que era lo mismo que Carlos Menem y Eduardo Duhalde. ¿Fue una sorpresa?
Sí, para todas nosotras. Fue en la campaña cuando yo dije que Menem, Duhalde y Kirchner eran la misma mierda. Pero me cerró la boca. Y rápido: después de asumir, lo primero que hizo fue destituir a 60 generales e inmediatamente hizo bajar los cuadros. Ahí fue cuando me di cuenta de que las Madres nos habíamos equivocado. Entonces le pedí una entrevista a él, llamé a la prensa y ahí, frente a todos y en la Casa de Gobierno, le pedimos disculpas por nuestro error. Y le hicimos una listita para que empiece a sacar de la canastita a algunos de los referentes con los que había llegado al poder…
¿Le dijeron que se saque de encima a Duhalde?
(Se ríe) Entre otros, varios… Todavía quedan algunos de esa lista. No tanto en el Gobierno, sino cerca del Gobierno, como aliados.
¿A cuál de esos aliados no lo sentaría a su mesa nunca?
Hay una persona con la que yo nunca me voy a sentar y que el Gobierno lo sabe muy bien porque lo digo. Yo a Hugo Moyano lo quiero tener bien lejos. Por más que me digan que es un representante de los trabajadores y que ha logrado cosas para ellos. Yo no quiero los sindicatos como él los maneja. Yo quiero democracia sindical y quiero trabajadores libres.
¿Alguna vez conversó sobre esto con la Presidenta?
No, yo no me meto. Ella es la presidenta y es dueña de tomar sus decisiones. Pero yo tampoco me callo, digo lo que pienso y lo digo en público sin límites.
En el último tiempo muchos de sus dichos han despertado grandes polémicas. Como cuando dijo que los jueces “son unos turros”. ¿Fue un exabrupto?
No, es lo que pienso y lo digo como me sale. Siempre fui y seré frontal, le guste al que le guste y con las palabras que tengo, que son las del pueblo, porque yo no soy una intelectual ni una diplomática, sino una mujer del pueblo que terminó sexto grado. ¿No son unos turros los jueces que hacen lo que hacen, que cajonearon denuncias durante años, que cajonean las leyes que no les convienen porque en lugar de hacer justicia para el pueblo prefieren ser aliados de los poderosos? Yo les dije turros y se armó un quilombo bárbaro porque a ellos no se les puede decir nada. ¿Cómo? ¡Las cosas que han hecho los jueces en este país! Y no se los puede echar sino es con un juicio político. ¿Cuántos juicios políticos tenemos que hacer para sacarlos a todos, 150 mil? Ahora hay un cambio, es cierto. Pero falta mucho todavía. Y hay que seguir diciendo lo que se merecen. Además, si vieran la carta que me mandó el presidente de la Corte Suprema de Justicia después de eso. Me la mandó con un libro de regalo. Yo le agradezco su gesto respetuoso. Pero entonces no fue tan terrible lo que dije, ¿no? Me parece que al final me quedé corta (se ríe).
¿Nunca hubo un reto o pedido de bajar el tono desde la Casa Rosada?
No, para nada. Al contrario. Cristina lo dijo públicamente esa vez que estábamos en un acto y yo le dije: “Pegue Cristina, pegue”. Y ella me contestó: “Pegá vos Hebe. Vos tenés que seguir pegando, porque vos sí que tenés derecho y lo hacés bien”. Yo no le permitiría nunca a nadie que me diga qué puedo decir. Y aunque me lo digan, lo voy a seguir haciendo. Si hubiéramos hecho lo que nos decían los políticos, hace 30 años tendríamos que haber dejado de pedir por nuestros hijos…
¿Quiénes les pidieron que dejen de marchar?
Casi todos. Los radicales hicieron mucha fuerza para que las Madres no siguiéramos más en la plaza. A los pocos días de la asunción de (Raúl) Alfonsín, vinieron a vernos un montón de jóvenes radicales a decir que nos podíamos ir tranquilas a nuestra casa porque el presidente iba a arreglar todo y que nuestra imagen en la plaza era mala para el país. ¡Lo mismo que los milicos! No quedó en las tres madres que se llevaron. Después de eso nos siguieron atacando… A mí, además de llevarme a mis hijos que era lo más importante que tenía, en la llamada democracia me vaciaron la casa dos veces, y en la época de Duhalde y (Carlos) Ruckauf, torturaron a mi hija en mi propia casa porque yo había hecho una denuncia contra ellos. Eso no fue en el ´78. ¡Eso fue en 2001! Y me dicen que no puedo decir lo que pienso.
¿Cómo se sobrevive a la muerte de los hijos?
Yo no pienso a mis hijos torturados y muertos. Cuando a uno le pasan todas las cosas juntas… Mi único hermano se murió 8 días después de que se llevaron a mi hijo mayor, después se murió mi papá, se llevaron a mi otro hijo, se murió mi marido y se llevaron a mi nuera. Si uno piensa en todo el dolor, no se puede vivir. Entonces, cada mañana hay que hacer un esfuerzo para recordar los mejores momentos. Porque este sistema hace que uno se acuerde todo el tiempo del momento más terrible de la vida. ¿Y todos los años felices no cuentan? Hay que hacer pesar esos momentos para poder sobrellevar la vida y no quedarse en la muerte. Porque la muerte es el final de todo. Por eso, si bien aceptamos que las madres quieran ir al cementerio, no dejamos que vayan con el pañuelo. Si un pañuelo va al cementerio, es el final.
¿Por qué se sabe poco y nada de sus hijos?
Nadie sabe la historia de mis hijos porque yo no la cuento. Nuestro gran salto fue haber socializado la maternidad. Para nosotras, cualquier hijo es nuestro. Yo tengo 30 mil hijos y más. ¿Por qué voy a contar la historia de mis hijos y no la de otros? Yo me di cuenta de que había que superar este egoísmo y este individualismo cuando me enteré que en un ingenio de Tucumán se habían llevado 314 personas y que muchas eran familias enteras. Ahí me pregunté: ¿Quién va a pedir por esa gente? Y me dije: No es justo que yo siga pidiendo por mis hijos nada más.
¿Eso fue lo que inició las divisiones en Madres?
Claro. Las madres de la línea fundadora querían seguir pidiendo por sus propios hijos y estaban a favor de la exhumación de cadáveres y la reparación económica. Es muy duro decirle a una madre que guarde la foto de su hijo desaparecido en la cartera. Claro que es muy duro. Pero les dimos el tiempo necesario para pensarlo y para asumir esta responsabilidad de ser madres de todos. Y hay otras madres que nunca pudieron entender lo que hacían sus hijos y no salieron a luchar. En cambio, nosotras lo entendimos y hoy los tenemos como referentes revolucionarios. Eso es lo que nos hizo crecer y lo que hoy nos lleva a hacer lo que hacemos. Yo estoy orgullosa de lo que hicieron mis hijos.
¿Por dónde pasa la lucha hoy?
Gracias a que este Gobierno ha reabierto el camino de la justicia, nosotras podemos dejar que los juicios los sigan los abogados y dedicarnos a otra cosa. Hoy, antes que poner preso a un milico, las Madres preferimos ver a un niño sonreír. No es que no queremos a los milicos presos. Claro que sí. Pero nos sentimos más cerca de nuestros hijos y de su lucha cuando vamos a inaugurar una escuela, un barrio o un hospital en El Impenetrable. Ese amor de la gente, ese agradecimiento y esa felicidad del pueblo demuestran que la vida siempre le gana a la muerte. No podemos hacer un museo de la muerte para los jóvenes. Queremos la memoria fértil, la que produce, la que reproduce, la que hace crecer. Los derechos humanos hoy son todo esto: la salud, la vivienda, la educación, el trabajo. Por eso luchamos.
¿Cree en la democracia?
Para mí es una palabra que todavía no tiene mucho sentido… Se usa mal: democracia real es igualdad, justicia, ningún chico trabajando, ningún chico con hambre, gobiernos que no repriman, trabajo para todos. Falta mucho para la democracia.
¿Cómo les gustaría que se recuerde a las Madres de Plaza de Mayo?
No queremos que nos recuerden persiguiendo a los asesinos de nuestros hijos, sino como madres construyendo la patria que soñaron sus hijos.


