Por joaquín hidalgo
Estamos en tiempo de vendimia. Diarios, revistas y radios hablan de vinos con mucha expectativa. La razón es sencilla: en tiempo de cosecha el vino salta a la palestra de las novedades. Y mientras que entre los entendidos se discute sobre de la marcha de la vendimia, del futuro del Malbec y de cómo la inflación complica el panorama de los productores, una mayoría de consumidores, ajenos a este runrún, se pregunta: ¿qué tiene de atractivo el vino? ¿Por qué todo el mundo habla del tema? ¿Cómo empiezo a beber si ni siquiera sé qué etiqueta comprar?
Como en casi todo en la vida, con el vino se empieza por una punta para llegar a la otra. Y antes de meterse en conversaciones apasionadas acerca de tal o cual terruño o sobre la realidad del negocio vínico, lo mejor es relajarse y empezar de cero. Y para eso es que hoy proponemos un camino de acceso en cada caso de consumidor.
"Mi primer tinto fue horrible". Lo común es que cuando se deja la adolescencia, en un asado de amigos, el tinto hace su primera aparición protagónica en la vida de las personas. Y lo raro es que nunca se trata de un vino excepcional y sin embargo algunos se quedan con el vino para siempre. Para otros, esa experiencia es medio traumática y abandonan todo encuentro con un tinto, aferrados a ese pésimo recuerdo. El truco está en intentar de nuevo con un vino suave. Un tinto que resulte un mimo para el paladar y que borre con suavidad el recuerdo funesto de aquella experiencia iniciática. Así funcionan, por ejemplo, un Pinot Noir como Saurus (2012, $80) o Salentein Reserva (2012, $105). Más accesible, en todo caso, otros varietales como Norton Temprenillo (2012, $35).
"No, gracias. Bebo gaseosas". Eso está perfecto. Pero no se puede vivir a sabores artificiales el resto de la vida. Hay que hacer crecer el paladar, para no haber pasado por este mundo con la sensación sintética de no haber conocido sabores naturales. Entonces, el camino para convertir a un bebedor de gaseosas en uno de vino, está claro: hay que probar un blanco o tinto dulce natural. Así el azúcar genera un puente de empatía, pero a la vez introduce nuevos sabores. Ejemplos perfectos serían Cosecha Tardía Tinto (2012, $42), Esperado de Callia (2012, $47) o Dadá 3 (2012, $50), tres tintos en orden decreciente de dulzura, que lo acercarán al universo de los vinos secos.
"No entiendo nada de las etiquetas". Es verdad, para comprar vinos hay que tener un mínimo conocimiento. Sobre todo de marcas y de nomenclaturas. Lo que hay que saber es poco, igual: la cosecha es del año que se elaboró (más joven, más frutado e intenso el vino), mientras que las categorías reserva y gran reserva describen productos importantes, con largas crianzas en barrica de roble, lo que garantiza al menos la presencia del sabor de la madera y de cierta corpulencia de la bebida. Son más caros, también. Por lo demás, las variedades son una guía de recordación más que de etilo. Así es que conviene no hacer foco en ellas al comienzo y sí concentrarse en la marca.
"El tinto me raspa". En ese caso, pruebe con blancos. Además del sabor, la principal diferencia entre blancos y tintos es que los primeros no son astringentes y por lo tanto no raspan el paladar o la garganta. En ese caso, lo mejor es tentar el gusto con un Chardonnay con madera, que son siempre untuosos y suaves. Buenos ejemplos, serían: Graffinga Centenario (201, $62) y Misterio (2012, $47).
"El vino es snob". Es una verdad a medias. Pasa que lo más vistoso del vino son los que se pavonean con él, pero la realidad está muy lejos de ser así. El vino, como la cerveza o el fernet, están bien acunados en el corazón de los consumidores argentinos. Pero de los tres, es el que más argumentos y sofisticación propone. De ahí que resulte tentador acercarse a él y al mismo tiempo parezca lejano. En cualquier caso, hay marcas que están muy lejos de ser snob y que ofrecen ricos vinos. Por ejemplo: Fantasía Malbec (2012, $68) o Aguijón de Abeja Cabernet Sauvignon (2012, $63), vinos poco conocidos y que no son snob.
"El vino es caro". Es discutible, claro. Pero para beber rico no hace falta gastar mucho dinero. Y la prueba está en que si bien se habla mucho de etiquetas caras, en nuestro mercado se consumen los accesibles. Y si además se compara con lo que cuesta una cerveza premium, el vino está al alcance del bolsillo. Para comprobarlo, conviene beber Finca La Escondida Roble Cabernet Sauvignon (2012, $42) y Novecento Syrah (2012, $32). Con el plus de que acompañan más comidas y ofrecen una paleta gustativa más amplia que la cerveza.
"Yo bebo solo tragos con fruta". Existe un consumidor así, que prefiere un margarita o un destornillador a una buena copa de vino. Está bien. No hay objeción al respecto. Pero lo que le gusta de esos tragos bien etílicos es la combinación de frutas y alcohol. Algo que el vino ofrece de forma natural. Sin embargo, a la hora de las combinaciones también tiene las puertas abiertas: un Aperol Sprtiz -espumante seco, Aperol y una rodaja de naranja- o bien un espumante semidulce -como Délice ($88) o Dulcet ($69)- con unas rodajas de pepino u hojas de albahaca y hielo dan el tono perfecto para tener el glamour de un trago, con una bebida más sana y menos etílica.


