A soñar, como cada 4 años

A soñar que se acaba el mundo. A soñar que (ya casi, casi) arranca el Mundial de Rusia. Ese que nos promete, una vez más, cortar la sequía insoportable que ya suma 25 años sin títulos y 32 sin sentirnos los mejores del planeta, “como en el 86”. La pasión por el fútbol tiene como motor la esperanza eterna, la ilusión repetida de levantar la Copa, tomar la gloria con las manos, llevar el grito de felicidad hasta el cielo.

Como cada cuatro años, desde que el Mundial es Mundial, hace ya casi un siglo, nuestro pueblo futbolero, casi unánime en ese mes inolvidable, se ilusiona con el premio mayor. Pasa siempre. No importa lo que pasó anoche ante Haití, en un amistoso tibio en la cancha y caliente en las tribunas que sirvió para despedir a los “héroes” y renovar la cuota de fe. No importa si el equipo arrasa en las Eliminatorias como rumbo a Corea-Japón 2002, o si sufrimos hasta el repechaje como en 1994. Con Maradona o sin él, con o sin Messi. Con una idea sólida o con un plantel que promete hacerse fuerte en los días previos. La ilusión siempre está. Y no hay que matarla sin necesidad. Porque de eso se trata todo esto. De apasionarse. De estar ansiosos. De ir pensando en dónde vas a mirar los partidos. Con quiénes vas a compartir cada 90 minutos que juegue la Selección que más nos une. Cómo celebrarías si el fútbol le brinda a Messi la única alegría que le falta, la más importante de todas, la misma que persigue un neuquino que la peleó desde bien abajo, rompiéndose los botines en los potreros zapalinos y el alma en cada cancha para cumplir un sueño que ahora es, otra vez, el de todo un país que se abraza detrás de una bandera celeste y blanca con forma de camiseta.

Como cada cuatro años, desde que el Mundial es Mundial, el pueblo futbolero sueña con traer la Copa.

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