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Amor de titanio: María y Mario celebran 70 años de casados

Contrajeron matrimonio el 7 de junio de 1951 en la ciudad de Neuquén, que apenas contaba por aquel entonces con 7.000 habitantes.

Se quieren, claro que se quieren. Se adoran, se cuidan, están pendiente uno del otro. ¿Cómo no se van a querer si hace 70 años que están juntos? Sí, 70 años, una vida completa. O casi toda.

Mario Raone y María Castaño se casaron el 7 de junio de 1951 y no se separaron nunca. Se conocieron en aquel pueblo pequeño y polvoriento que apenas tenía 7.000 habitantes y con el correr de los años fueron construyendo juntos una hermosa historia de amor.

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Nacido en Carmen de Patagones el 23 de abril de 1925, Mario llegó a Neuquén en 1947. Desde muy jovencito había ingresado al Ejército y sus superiores lo enviaron a Neuquén para empadronar y darle una ciudad de destino a todos los jóvenes que estaban por realizar el Servicio Militar Obligatorio en el territorio.

Se suponía que el trabajo de Mario sería temporario y que no se extendería más allá de los seis meses. Salvo que el Ejército le diera un destino definitivo, las probabilidades de quedarse a vivir en este rincón de la Patagonia eran casi nulas porque en aquellos tiempos la capital no era el mejor lugar para radicarse y proyectar una vida.

Las calles de tierra dominaban el paisaje urbano, los servicios eran muy precarios y los vientos del oeste cambiaban la fisonomía del pueblo moviendo dunas, desdibujando calles y hasta tapando las entradas de las casas. Los inviernos eran helados y los veranos, sofocantes. ¿Por qué debería quedarse en un lugar tan poco prometedor?

María nació en Neuquén en 1931. Hija de inmigrantes españoles que se habían asentado en el valle como muchos pioneros, nació y creció en una chacra de siete hectáreas ubicada en el barrio Confluencia junto a sus padres y seis hermanos más.

María sí conoció el rigor del clima y fue testigo de las grandes dificultades que tuvieron los primeros neuquinos en poner en marcha al pueblo que le faltaba de todo, pero eso no fue un obstáculo para que –como tantos- empezara a planificar su vida. Fue a la primaria y completó sus estudios en la Escuela de Mujeres, donde se recibió de profesora de corte y confección. Muchas más posibilidades para los jóvenes de entonces no había, salvo que se fueran a estudiar a una gran ciudad. Pero María lo aceptó.

Mario comenzó con sus actividades administrativas en el Distrito Militar de Neuquén. En sus ratos libres le gustaba salir con un grupo de compañeros de trabajo a recorrer el pueblo, aprovechando la cámara fotográfica que recién se había comprado. Le parecía maravilloso poder retratar lugares de esa humilde capital que no dejaban de asombrarlo. Los arenales, hacia el norte, parecían interminables y el paso amenazante del Limay, en el sur, era realmente imponente. Todas las imágenes que tomaba el joven suboficial componían una pintura de fuertes contrastes que no dejaba de ser tan fascinante como extraña. De la misma manera, se sorprendía cada vez que tenía que viajar a alguna guarnición militar del interior donde descubría los maravillosos paisajes agrestes de la Neuquén más profunda.

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Mario y María, el día de la boda. El 7 de junio de 1951.

Mario y María, el día de la boda. El 7 de junio de 1951.

En aquella época, dada la poca cantidad de personas que habitaban en el pueblo, todos se conocían. Y si no se conocían, era cuestión de tiempo. Y así fue que un día Mario y María se cruzaron. Pero no solo se vieron y hablaron por primera vez. También se enamoraron.

En una de las tantas reuniones de la Acción Católica, donde todo el pueblo participaba en las organizaciones de kermeses para juntar fondos con el objetivo de construir la Catedral de la ciudad de Neuquén, el joven y pulcro militar, con ese aspecto varonil de los hombres que llevan uniforme, se encontró de repente con la mirada de aquella muchacha de 19 años, menudita, de facciones delicadas y ojos chispeantes. Fue un flechazo, como se decía entonces. Esa conexión mágica que nunca ningún enamorado pudo explicar, pero que todos los que alguna vez la sintieron saben de qué se trata.

Allí intercambiaron las primeras palabras. Mario le contó quién era, de dónde había venido; ella le relató su breve experiencia de neuquina nacida en el desierto. No fue necesario mucho más porque la charla siguió a través de las miradas cómplices y después se extendió en la soledad de cada uno pensando en el otro, y de ese primer encuentro tan especial.

Mario le declaró su amor pocos días después. Ella lo aceptó de inmediato. Y se pusieron a noviar con la discreción que imponían aquellos tiempos, donde se estilaban las caminatas de las parejas tomadas del brazo para dar la vuelta del perro por la Avenida Argentina, los bailes en los clubes Independiente y Pacífico, las salidas para ver películas argentinas en el Cine Teatro Español y las despedidas con besos amparados en las sombras de las noches, cada vez el pueblo entraba en reposo.

No fue un noviazgo muy extenso porque el amor que ambos sentían no admitía tiempos largos ni protocolos románticos. Y así pusieron fecha para la boda.

Mario compró dos alianzas de oro en una joyería que había abierto sus puertas hace pocos años y que se llamaba Stamaris. María le encargó su vestido a Carmen Mercado, una modista de su confianza que anotó cada detalle de larga lista de pretensiones que tenía la novia. El diseño en general, la caída entallada de la tela, la forma de las puntillas, el largo de la cola, los botoncitos minúsculos que se abrocharían en la espalda…

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Los novios junto a la torta y María con el vestido que aún conserva.

Los novios junto a la torta y María con el vestido que aún conserva.

La ceremonia se celebró en la capilla nuestra Señora de los Dolores y la fiesta tuvo lugar en un galpón que la pareja alquiló en la calle San Martín.

Más de medio centenar de invitados concurrió aquella noche especial para acompañar a la pareja, entre los parientes de Mario que habían llegado desde Carmen de Patagones y Viedma –incluido su hermano gemelo Hugo- y los familiares y amigos de María, que eran muchos, la mayoría de Neuquén.

Para albergar a los foráneos no hubo demasiados inconvenientes. En aquellas épocas, llegaban al pueblo los “trenes dormitorios” que permitían a los viajeros pasar la noche en los vagones, antes de salir de viaje a Buenos Aires al otro día. Muchos de los parientes de Mario llegaron ese día, luego concurrieron a la boda y cuando terminó la fiesta, extasiados de música, brindis y bailes que se extendieron hasta la madrugada, volvieron al tren a dormir y así regresar a sus destinos a la mañana siguiente.

Después de una luna de miel en la Capital Federal y una foto con el Obelisco de fondo que inmortalizó el primer viaje, la pareja volvió a Neuquén para comenzar a andar el largo recorrido que les depararía el destino. Primero alquilaron una casa chiquita a un matrimonio de apellido Quintanilla, que con el tiempo se convertiría en parte de la familia. En esa casa nacieron sus primeras hijas, María del Carmen y Leticia. Al poco tiempo compraron una propiedad en la primera cuadra de la calle Santiago del Estero y dos años después se fueron a vivir a otra ubicada en Buenos Aires y Teniente Ibáñez donde pasarían toda su vida. Allí la familia se fue ampliando con el nacimiento de Omar y Claudia.

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Los cuatro descendientes de Mario y María, en la vereda de la gobernación del Neuquén, en la década del 60.

Los cuatro descendientes de Mario y María, en la vereda de la gobernación del Neuquén, en la década del 60.

Mario continuó trabajando en el Ejército hasta que una compleja operación de columna lo obligó al retiro en 1962. En ese largo tiempo que estuvo en cama, empezó a estudiar, a escribir y a apasionarse cada vez más con la historia de la Patagonia y, en especial, la del territorio neuquino. Fue una recuperación lenta, pero exitosa gracias a la contención de María que no solo seguía trabajando como modista sino que además tenía la sacrificada tarea de llevar adelante la casa y criar a sus cuatro hijos.

Y el tiempo pasó rápido, archivando anécdotas y recuerdos, inmortalizando momentos de alegría con mil fotos caseras de cumpleaños, nacimientos, fiestas de Fin de Año, acontecimientos especiales, y también quemando almanaques de hojas amarillas que quedaron en desuso. ¿Cuántos? Apenas 70.

* * *

En vísperas de las Bodas de Titanio, tal la denominación que se le da a estos aniversarios para reflejar lo indestructible que es el amor cuando dos personas llevan juntas más de siete décadas, Mario y María viven en el mismo refugio que los contuvo y los vio envejecer, aunque ahora más protegidos por todos los protocolos de prevención que recomiendan por la pandemia.

Los dos están cambiados, claro, con los achaques que cobra el paso del tiempo; más cansados, con el andar cuidadoso y cansino que tienen los viejos, más encorvados por el peso de los años, pero con la frescura espiritual que siempre les dio fortaleza para salir adelante en los momentos más difíciles.

María es la más activa, la que sigue llevando adelante la casa (como siempre), la que más habla y la que recuerda con detalle cosas que pasaron por sus vidas, acaso por ese plus de juventud que le dan sus 89 años.

Mario perdió un poco la audición y a veces es necesario repreguntarle cosas con voz firme y pausada. Algunas lagunas le dificultan viajar por el tiempo, pero en cada charla siempre aparece el tesón del historiador para desempolvar fechas o relatar algún episodio del pasado neuquino. Le cuesta, pero lo hace. Los 96 años los lleva bien, con sus tiempos y sus modos.

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María y Mario, en museo que tienen en el living de su casa.

María y Mario, en museo que tienen en el living de su casa.

El living comedor donde la pareja pasa buena parte del día es un museo que ambos se encargaron de construir a lo largo de estas últimas siete décadas. En cada rincón hay una vitrina con elementos antiguos que fueron encontrando en tantos viajes que realizaron al interior del territorio y otros que les donaron. También de las paredes cuelgan artículos de todo tipo. En ese espacio hay miles de puntas de flechas, piedras, boleadoras, esculturas de madera y de barro, cuchillos, artesanías aborígenes, medallas, cuadros documentos y tantos otros tesoros. Él se encargó de estudiarlos; ella, de catalogarlos. La pasión por la historia también fue un motivo más para forjar ese vínculo tan fuerte que todavía los mantiene unidos.

En el otoño de sus vidas, Mario y María reciben habitualmente la visita de sus hijos, nietos y amigos, con quienes comparten momentos felices y no se cansan de rescatar tantos recuerdos que les dejó el tiempo.

Cuando están solos simplemente viven. Toman mate, charlan, se miman, se ríen, se emocionan…. y también se miran igual que la primera vez que se conocieron en 1951 en la organización de aquella kermesse.

Y se siguen prometiendo cuidado mutuo, claro, de la misma manera que el día que decidieron estar juntos para toda la vida.

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