A los 84 años, el artista nacido en Hungría vive en el Lago Lolog donde pinta la fauna patagónica y reflexiona sobre la soledad, la felicidad y la muerte.
Iván Moricz Karl vive desde hace cuatro décadas en plena naturaleza patagónica, a orillas del lago Lolog, en un sector sin acceso por tierra dentro del Parque Nacional Lanín. Pintor autodidacta y observador de la fauna local, eligió un estilo de vida completamente alejado de las ciudades, donde el silencio, el paisaje y el tiempo adquieren otro sentido.
Su cabaña, ubicada a unos 30 kilómetros en lancha de San Martín de los Andes, está en un sector conocido como Boquete, dentro del parque nacional, pero sin acceso vehicular y donde la única forma de llegar es por agua. Allí, Iván vive con una calma que contrasta con el ritmo acelerado del mundo urbano.
Iván nació en Hungría y llegó a la Argentina en 1951, cuando era un niño. Se instaló en Buenos Aires, donde cursó la primaria y la secundaria, y recordó con humor su juventud en los boliches porteños. Sin embargo, una enfermedad cardíaca a los 13 años lo obligó a pasar cuatro años en cama, un período que marcó su vida.
Durante esa convalecencia comenzó a dibujar y pintar como forma de entretenimiento, lo que despertó una vocación que lo acompañaría siempre. “Poco a poco me fueron acercando lápices y esas cosas para que me entretenga. Y ahí desarrollé esto”, relató sobre sus primeros pasos en el arte, en diálogo con Telenoche.
Años más tarde, amigos lo invitaron a viajar al sur. “Vos que pintás naturaleza en Buenos Aires, en el cemento, vení con nosotros”, le dijeron. Ese viaje cambió su destino. Al conocer la Patagonia, decidió quedarse y buscar un entorno donde la naturaleza fuera protagonista.
Iván se instaló definitivamente en el Parque Nacional Lanín hace 40 años, en una cabaña prestada en comodato por Parques Nacionales. A cambio, se comprometió a ilustrar la flora y la fauna del lugar, tarea que desarrolló durante décadas.
En su vida cotidiana aprendió a ser completamente autosuficiente. “Tuve que aprender todo. Yo solo. ¿Qué como? Papas, cebolla, algo de verdura que se mantiene, panceta, huevos, fideos”, contó sobre su dieta simple y funcional. El aislamiento lo obligó a adaptarse a la logística del entorno, donde cada provisión requiere planificación y transporte en lancha.
A pesar de las dificultades, Iván aseguró que nunca se sintió solo. “Nunca entendí muy bien qué se entiende por soledad. Nunca estás solo, siempre estás con vos. Si estás mal con vos, ahí estás solo”, reflexionó, en una definición que resume su filosofía de vida.
El silencio, el tiempo y la pintura
En su cabaña, Iván pinta aves, paisajes y animales patagónicos con una técnica minuciosa y paciente. Para él, el proceso creativo no responde a plazos ni urgencias. “El pintar para mí es algo personal, es vivir un instante único delante del cuadro. Lo guardás, lo volvés a sacar, lo volvés a guardar, hasta que un día lo terminás. El tiempo para mí no existe”, explicó.
Entre sus obras se encuentra un dibujo del chucaíto, ave típica de los bosques andino-patagónicos, al que va agregando detalles con el paso de los días. Sus ilustraciones han sido exhibidas en galerías de distintos países, incluso en Londres, y forman parte de colecciones privadas y públicas.
Aunque reconoce que hoy cuenta con internet, asegura que la tecnología puede convertirse en una distracción. “Es un veneno, un vicio, porque te interesa ver qué pasa acá, qué pasa allá y perdés tiempo”, dijo, marcando su preferencia por la contemplación y la creación artística.
La felicidad llegó de la mano del desapego
Iván se define como una persona feliz. “El día a día. Lo que te pasa ese día es lo más feliz que te puede pasar”, afirmó. Su visión del mundo está marcada por el desapego material: aseguró que prácticamente no utiliza dinero y que nunca tuvo una relación significativa con el efectivo.
“Acá nunca tuve plata. Vivir en esta naturaleza es vivir con lo que hay y lo que no hay”, explicó, en una síntesis de su estilo de vida austero y autosuficiente.
Sobre el futuro, dijo no sentir que le falte nada. “Nada. Nunca falta nada”, afirmó, mostrando una aceptación plena del presente y de su elección de vida.
A sus 84 años, Iván reflexiona con naturalidad sobre la muerte. “Es fascinante pensar en la muerte, especialmente cuando uno está a un paso”, dijo sin dramatismo. Para él, ese instante final será parte de la experiencia humana: “Debe ser interesante ese instante en que te das cuenta de que ya no vas a hacer más”.
Lejos de temerle, la considera parte de la vida. El artista asegura que le gustaría ser recordado "por sus obras”.
Un legado para las nuevas generaciones
Iván es considerado un personaje ilustre en la región de San Martín de los Andes, a pesar de vivir a una hora en lancha del casco urbano. Su historia combina la figura del artista, el ermitaño moderno y el naturalista autodidacta, en un paisaje que parece sacado de una película.
En los últimos años, expresó su interés en que sus dibujos lleguen a las escuelas de la zona. La casa donde vive fue cedida en comodato por Parques Nacionales con la condición de que documentara la flora y fauna del lugar, y ahora busca que ese material tenga un valor educativo para los estudiantes.
Su vida, marcada por el aislamiento voluntario, la observación de la naturaleza y la creación artística, se convirtió en un testimonio singular de otra forma de habitar la Patagonia, lejos de las ciudades, los relojes y las urgencias.
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