Si alguien cometiera el desatino de querer saber qué pienso, yo diría que lo más neuquino que tenemos hoy es el Albino Cotro en putrefacción lenta y constante, o el Hilton, erigiéndose como un ícono del progreso desigual, con poco plan y mucha plata, que caracteriza el crecimiento de esta urbe, la futura ciudad “del millón de habitantes”, y también a esta provincia, que surfea el destello de la potente luz de su Vaca, hoy más viva que Muerta. La pregunta, una vez más, vino con la política. Cruzó los discursos de campaña como una de esas placas tectónicas que entran en colisión y provocan desastres más arriba: ¿qué es lo neuquino? Por un lado está el MPN, el omnipresente partido provincial. Esta vertiente de la respuesta dice que lo es el conjunto de obras, instituciones, que sucedieron, casi todas por su obra y gracia, luego de su existencia, es decir, desde la proscripción de Perón hasta nuestros días. Esa primera versión hoy está en franca tensión. En parte, por la irrupción de Cambiemos y cómo ese moderno dispositivo político-electoral impregna los sueños de allí por donde se hace presente. Pero, en verdad, están los miles que hoy llegan aquí detrás de una existencia mejor sin mirar tanto al pasado. La heterogeneidad de sus aspiraciones y procedencias expande la respuesta acerca de qué tipo de sociedad tenemos. Lo más claro es lo que quieren: conseguir el bienestar que en otros lados se les retacea. Y esa es la única tradición a la que quizás estén dispuestos a aportar. El peso de los símbolos (un himno, un volcán en un escudo) colapsa ante la fuerza de sus deseos. Es un cambio cultural: esta provincia es otra. Y es, también, una sociedad que vuelve a acelerar en la transformación. Y eso es lo más neuquino que hoy tenemos.
Los miles que llegan detrás de la estela de sus sueños son protagonistas de una nueva forma de ser neuquinos.


