Brutal rito de iniciación

Los bautismos en las prácticas deportivas siempre han existido. Y si bien de muchas disciplinas se ha buscado eliminarlas, aún perduran. De hecho, en deportes de elite, como el fútbol, el básquet o el rugby, estos ritos están presentes. En Los Pumas, que finalizó en cuarto lugar en el Mundial de Inglaterra, hay un ritual para todos los debutantes: cada vez que un jugador usa por primera vez la camiseta celeste y blanca debe salir a la cancha con la cabeza rapada. Es un símbolo de distinción, para que todos en el estadio sepan que fue aceptado.

El rugby es un deporte que festeja los hitos importantes de sus jugadores y dirigentes. Durante la última cumbre, se pudo ver cómo varias superestrellas de este deporte salían solas al césped para que todos les reconocieran el logro de haber cumplido 50 o 100 partidos internacionales. Aunque cada actividad tiene su costumbre, en los deportes de contacto hay una en común: "la manteada" o "la pela", esa ronda de personas que golpean en la espalda al debutante.

Ningún ritual deportivo es o debe ser traumático. Ningún "bautismo" supone abusar de un chico.

Pero ninguno de estos rituales es o debe ser traumático, ni dejar huellas imborrables, más allá del recuerdo del momento de haber alcanzado un logro deportivo.

Ninguno de los bautismos que los deportistas realizan alcanza la locura de abusar de un chico, como ocurrió días atrás en un club ribereño. Los maestros están para transmitir valores positivos, tanto deportivos como sociales. En caso contrario, no están cumpliendo con su verdadero rol. Festejar es un acto intrínseco de los deportistas. Para eso lo practican, para celebrar un triunfo, un logro. Por eso, los ritos iniciáticos deben seguir esa misma línea, la de agasajar a las personas, sea niño o adulto, que se animó a superarse a sí mismo.

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