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La Mañana mujeres

¿Cambios de humor o algo más? Los 7 síntomas silenciosos de la perimenopausia que nadie te cuenta

En esta etapa, baja el estrógeno y la progesterona y el cuerpo comienza a prepararse para el fin de la vida reproductivo. Cómo detectarla.

A partir de los 35 años, muchas mujeres pueden comenzar a atravesar un período conocido popularmente como la "antesala de la menopausia". Se trata de la perimenopausia, una etapa fisiológica que comienza a preparar el cuerpo en la transición hacia el fin de la vida reproductiva.

Durante esta fase, los ovarios comienzan a disminuir gradualmente su producción de estrógeno y progesterona, las hormonas clave que regulan el ciclo menstrual y diversas funciones corporales. Estos cambios generan una serie de síntomas físicos y emocionales que a veces pasan inadvertidos o no son comprendidos.

Si bien se cree que esta etapa ocurre a medida que las mujeres se acercan a los 50 años, la realidad es que puede aparecer mucho antes, con signos sutiles a partir de los 35. Por ello, es importante estar atentas a los indicios. En ese sentido, existen siete señales frecuentes que caracterizan esta etapa de transición y ayudan a reconocerla.

1) Aparece la ansiedad o se vuelve más intensa

La aparición de la ansiedad, uno de los signos de la perimenopausia.

La aparición de la ansiedad, uno de los signos de la perimenopausia.

Uno de los síntomas más disruptivos y menos asociados inicialmente a la perimenopausia es la aparición de niveles de ansiedad inusuales. Muchas mujeres describen sentir una sensación de nerviosismo constante, ataques de pánico repentinos o una preocupación excesiva por situaciones que antes gestionaban con facilidad.

Este fenómeno ocurre debido a que la caída en los niveles de progesterona, la hormona que tiene un efecto calmante sobre el sistema nervioso, lo que deja al cerebro más vulnerable ante el estrés. Al disminuir la estabilidad hormonal que protege al sistema nervioso central, la respuesta del cuerpo ante cualquier estímulo estresante se vuelve exagerada, generando una sensación de fragilidad emocional que puede ser agotadora.

2) Cambios en la menstruación

La frecuencia y el flujo cambia durante la perimenopausia.

La frecuencia y el flujo cambia durante la perimenopausia.

La señal más característica es la alteración en el patrón habitual del ciclo menstrual. La regularidad que durante años permitió predecir con exactitud su llegada empieza a desaparecer. Los ciclos se pueden volver más frecuentes o todo lo contrario, saltándose meses. También afecta al flujo, con periodos que pueden ser abundantes o con ciclos leves y cortos.

Estas variaciones responden a la ovulación irregular: al no producirse un óvulo cada mes, el equilibrio hormonal que sostiene el endometrio se pierde, provocando que el sangrado sea impredecible y, en ocasiones, más molesto que años atrás.

3) Síntomas premenstruales más intensos

Lo que antes eran molestias leves, como una ligera hinchazón o una sensibilidad menor, se transforma en un episodio mucho más difícil de sobrellevar. Los cambios de humor se vuelven extremos, la irritabilidad puede alcanzar niveles explosivos y la sensibilidad física se intensifica.

Este agravamiento se debe a que, al fluctuar la producción hormonal, el cuerpo pierde su capacidad de regular los neurotransmisores asociados al bienestar, como la serotonina. Como resultado, los días previos a la menstruación se convierten en un periodo crítico donde la fatiga, el dolor abdominal y la inestabilidad emocional se amplifican.

4) Dificultad para concentrarte o encontrar las palabras

La

La "mente nublada", otro de los efectos de la perimenopausia.

Muchas mujeres perimenopáusicas notan que les cuesta mantener el enfoque en tareas simples, pierden el hilo de las conversaciones o experimentan dificultades para recordar palabras cotidianas o nombres propios en medio de una frase.

Aunque pueda generar miedo a un deterioro cognitivo prematuro, se trata de un efecto directo del descenso hormonal en el cerebro. El estrógeno juega un papel fundamental en la memoria y la agilidad mental. Cuando sus niveles caen y fluctúan, la comunicación entre las neuronas se vuelve menos eficiente, causando esta sensación de "tener la mente nublada" que afecta la productividad y la autoconfianza.

5) Disminución del deseo sexual

La baja en los niveles de estrógeno provoca cambios físicos como la sequedad vaginal y la reducción de la elasticidad de los tejidos, lo que puede hacer que las relaciones sexuales se vuelvan incómodas o dolorosas.

Además, la disminución de la libido tiene un fuerte componente hormonal y psicológico. La combinación de fatiga crónica, cambios de humor constantes y la sensación general de falta de bienestar físico reduce drásticamente el interés por la actividad sexual.

6) Dolores musculares y articulares

La aparición de dolores corporales, otra señal.

La aparición de dolores corporales, otra señal.

Muchas mujeres que nunca habían experimentado molestias físicas crónicas comienzan a notar rigidez matutina, dolores en las rodillas, cadera o espalda, y una mayor sensibilidad muscular.

La explicación radica nuevamente en el papel del estrógeno. Esta hormona posee propiedades antiinflamatorias naturales y es esencial para mantener la hidratación y la salud de los tejidos conectivos, cartílagos y ligamentos. Al disminuir sus niveles, el cuerpo pierde esta protección, volviéndose más propenso a la inflamación articular y al dolor muscular.

7) Cambios en el peso y en la distribución de la grasa corporal

Incluso manteniendo los mismos hábitos de alimentación y ejercicio que durante años funcionaron, muchas mujeres notan un aumento de peso progresivo. Más importante aún es el cambio en la distribución de esta grasa: el cuerpo comienza a acumularla preferencialmente en la zona abdominal, abandonando la distribución más periférica o en caderas que caracterizaba a la etapa fértil.

Este cambio es una respuesta directa a la caída hormonal: al disminuir el estrógeno, el metabolismo basal se ralentiza y el cuerpo se vuelve más eficiente almacenando energía como reserva grasa, especialmente en el abdomen, para compensar la menor producción hormonal de los ovarios.

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