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La Mañana

Con Osvaldo Soriano, en Plaza Huincul

En la década del 50 fue compañero de estudios de quien muchos años después se convertiría en un escritor consagrado. Entre los momentos vividos con el autor de “Triste, solitario y final”, destaca un recorrido por el Campamento Nº 1 de YPF en la Comarca.

Por PABLO MONTANARO

Neuquén > La trashumancia de los primeros años de vida de César Iachetti coinciden con los que vivió su compañero de escuela secundaria Osvaldo Soriano. Nació en Bahía Blanca en abril de 1939 y antes de arribar al Alto Valle en 1950 -más precisamente a Cipolletti- pasó por Choele Choel y Zapala. Soriano, en cambio, nació en Mar del Plata un día de Reyes de 1943, vivió en San Luis, Río Cuarto  (Córdoba), Tandil y en 1953 llegó a Cipolletti, donde se instaló en el chalet de Mengelle y Alem, que aún sigue en pie.
Pero recién en 1956, Iachetti conocería a quien muchos años después se convertiría en uno de los escritores argentinos más leídos y populares. Juntos cursaron los tres primeros años en la Escuela Nacional de Educación Técnica (ENET) 1 -hoy EPET 8-. “Al Gordo Soriano, como le decíamos, lo conocí el 14 de mayo. Todas las mañanas nos tomábamos el colectivo; era de esos ómnibus chiquitos, con los asientos rígidos. Me acuerdo que en invierno el Gordo se ponía una larga bufanda con los colores azul y rojo de San Lorenzo, cuadro del que era hincha fanático, que se la había tejido su mamá”, cuenta entusiasmado.
Iachetti lo describe como un alumno “que no se distinguía, más bien regular”, que acaso siguió la escuela técnica “por influencia de su padre, que era técnico mecánico y empleado de Obras Sanitarias”.
Así, la amistad entre ellos se extendió a otros ámbitos. “Yo iba a su casa y él venía a la mía. También salíamos a pasear en la Motom, una moto italiana de 1949 que su padre le había regalado. En aquel tiempo tener una moto así no era habitual en un chico de su edad. Nos juntábamos a conversar y tomar algo en el Bar Americano, que estaba en la esquina de Villegas y Fernández. Y cuando teníamos un rato después de clase y antes de entrar a taller íbamos a tomar café y a jugar a la generala al bar que estaba cerca de la ENET, en la esquina de Sarmiento y Olascoaga”, rememora.
Entre los innumerables recuerdos, Iachetti destaca por sobre todos aquel viaje que junto a otros dos compañeros de estudios hizo con Soriano en el invierno de 1958 al Campamento Nº 1 de YPF, en Plaza Huincul.
“Nos enteramos de que en la Escuela Técnica General Mosconi de Plaza Huincul los alumnos realizaban algunos trabajitos, como armar un motor o cosas así, y se repartían el dinero entre ellos. Esto nos entusiasmó, y aprovechando que estábamos de vacaciones de invierno decidimos viajar con Soriano y otros dos compañeros, Luis Soldera y Ángel Romano. Eso fue el 10 de julio de 1958. Nos tomamos el ómnibus y, al llegar a Huincul, grande fue la sorpresa al comprobar que la escuela estaba cerrada por el receso. No encontramos a nadie, entonces decidimos aprovechar el día para conocer la planta petrolera de YPF”, relata.
Así fue que los cuatro se acercaron hasta la puerta de la planta y solicitaron permiso para recorrerla. “Nos recibieron de maravillas; el responsable puso a nuestra disposición el auto oficial que era para los ejecutivos, un Kaiser Manhattan modelo 1954 con un chofer que hacía las veces de guía, quien nos hizo recorrer el lugar y pudimos fotografiarnos junto al primer pozo perforado en Neuquén”, describe.
Pasaron varias horas en el lugar hasta que decidieron emprender el regreso a Cipolletti. “El colectivo llegaba hasta Neuquén, así que nos tuvimos que volver caminando, eran como las 3 de la madrugada. Los cuatro caminamos los 5 kilómetros que separan Neuquén de Cipolletti. Soriano se llevó a dormir a su casa a Romano, que vivía en Vista Alegre, y yo me fui a mi casa con Soldera, que era de Cinco Saltos”, señala.
El viaje seguramente fue, para el joven Soriano, emblemático, ya que muchos años después, cuando era un autor consagrado, escribió un cuento titulado “Petróleo”, en el que relata una excursión en moto con su padre para ver los pozos de YPF en Plaza Huincul.
En 1958, ambos dejan los estudios en tercer año. Y en 1959 Soriano junto a sus padres partieron a Tandil. Ese sería el último año que compartieron; jamás se volverían a ver. Iachetti se arrepiente de no haber “ido por lo menos alguna vez a Buenos Aires a la Feria del Libro, donde presentaba sus obras”. Prefirió quedarse con esos momentos vividos con aquel joven que soñaba ser el 9 de San Lorenzo, un ideal que estaba muy lejos de la posterior realidad: el de un escritor que conmovió con sus novelas y crónicas a varias generaciones de lectores.