Madrid
Casi dos millones de personas mueren al año por falta de agua potable. Y es probable que en 15 años la mitad de la población mundial viva en áreas en las que no habrá suficiente agua para todos.
Nuestro planeta contiene más de mil millones de billones de litros de H2O, pero poca se puede tomar: más del 97% del agua en la Tierra es salada. Dos tercios del agua dulce está retenida en glaciares y capas de hielo polar. De lo que queda, la mayor parte está atrapada en el suelo o en acuíferos subterráneos. Eso deja disponible para los seres vivos una fracción mínima. Y la humanidad no sólo la necesita para tomar: casi todo lo que hace involucra al agua.
Es difícil imaginarse cuán alto es el consumo individual si uno sólo piensa en lo que toma o lo que gasta duchándose o lavando la ropa. Pero hay un uso “escondido”: el agua que se necesita para cultivar el alimento y hacer los productos que usamos y consumimos.
El total del requerimiento global de agua al año es de más de cuatro billones de litros, y las fuentes naturales ya no dan abasto.
El Foro Económico Mundial calcula que para 2030 subirá 40% la demanda, que el planeta no podrá suministrar. Eso afectará la agricultura, lo que aumentará el precio de los alimentos.
La solución más simple podría ser mejorar la manera en la que administramos lo que tenemos. En los países en desarrollo, por ejemplo, se pierden 45 millones de metros cúbicos de agua dulce al día por fugas subterráneas.
¿Y si se usara agua de mar en vez de agua dulce? En 2009, un estudio científico aseguró haber desarrollado cultivos tolerantes a la sal.
La desalinización parece ser la mejor solución, pero no es simple. En la naturaleza, el proceso de ósmosis hace que el agua se mueva a través de una membrana semipermeable desde áreas con concentraciones bajas de sal a áreas de alta concentración. Para desalinizar, tiene que ocurrir lo opuesto. Pero se requiere mucha presión para forzar al agua a pasar por la membrana en la dirección contraria. Y esto implica un alto gasto de energía.


