La palabra desaparecido provoca una agitación, un escalofrío especial en nuestro país. En lo personal, por una cuestión generacional, la palabra desaparecido caló hondo desde aquella vez que escuché esa frase cínica y perversa que reflejó la más alta autoridad del régimen lo siniestro de la dictadura militar: “Mientras sea desaparecido no puede tener tratamiento especial, porque no tiene entidad; no está muerto ni vivo, está desaparecido”. La desaparición de personas se ha construido como trauma en la Argentina.
Un país que sufrió una de las dictaduras más crueles, con miles de desaparecidos cuyos cuerpos no han sido localizados después de cuarenta años, transita desde hace 78 días otra vez las sombras del misterio, de las dudas, de la falta de certezas.
Ayer, la noticia del hallazgo de un cuerpo sin vida en el río Chubut nos volvió a estremecer y alteró nuestra respiración ante la posibilidad de la confirmación o no de que ese cuerpo sea el de Santiago Maldonado.
En caso de que con el correr de las horas se confirme que ese cuerpo encontrado a 300 metros río arriba del lugar de la represión de Gendarmería no sea el del artesano desaparecido, habrá una sociedad que deberá exigir la respuesta a esa pregunta que recorrió el mundo: ¿Dónde está Santiago Maldonado? ¿Dónde está la verdad?
Porque quienes enarbolaron la cara de Santiago Maldonado en las calles y plazas del país desde su desaparición para saber qué le pasó también estuvieron y estarán pidiendo la aparición con vida de un sentido de justicia.
Quienes estuvieron pidiendo la aparición con vida también pidieron la aparición de un sentido de justicia.


