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La Mañana

Dos mundos en un hombre

A lo largo de su vida, el reconocido Jorge Edelman se debatió entre sus dos grandes pasiones: el teatro y la radio.
A días de su partida, su trayectoria es recordada por aquellos que lo cocnocieron.

Neuquén > Dicen que las palabras se las lleva el viento, hacia la eterna oscuridad del olvido. Quienes han hecho de la voz su forma de expresar sus sentimientos a modo de arte, saben que esa frase tan cargada de despreocupaciones no es tan cierta. La clave para que eso no ocurra es justamente la intensidad con las que se transmiten en forma oral cada una de las imágenes creadas por el sonido.
Y así fue como hizo toda su vida Jorge Edelman, considerado el padre del radioteatro y uno de los máximos referentes del mundo de las tablas de la provincia. Tras su muerte, acontecida el pasado miércoles 26 de junio, el recuerdo de sus obras cobró un vigor inusitado, propio de aquel que reconoce que un maestro se fue y, tras él, quedó un inmortal legado.

Historias en el camino
El destino quiso que naciera el 5 de febrero de 1937 en San Isidro, en la provincia de Buenos Aires. Sin haber probado siquiera una gota del agua del Limay, llegó junto a su familia a la provincia para asentarse en Loncopué. A pesar de las distancias que lo separaban de Neuquén, Jorge supo embeberse de pequeño de su oficio de grande y cuando, finalmente, se trasladó a la capital provincial pudo “despuntar el vicio”.
“Me gustaba ir a la radio, ya viviendo en Neuquén, porque venían figuras, cantantes de tango como Alberto Castillo que me impresionó notablemente. Por lo general, estos grandes cantores de tango actuaban también en el Club Pacífico o en el Club Independiente”, confesó en una entrevista concedida a La Mañana de Neuquén.
Más adelante en el tiempo, este interés por las artes escénicas lo marcaron en su época de estudio en Buenos Aires cuando se escapaba de las clases de Abogacía para poder presenciar obras de renombre y del circuito independiente.
No pasó mucho tiempo para que se dejara atrapar por las maravillas de la compañía de teatro Marzonatti y se fue de gira en varias oportunidades. Circunstancia que, no sólo le haría conocer a su primera mujer, Lucerito Aguilar, sino que también lo haría llegar, casi sin tener que pedir permiso, a LU5.
Su primer programa fue “Las Tardes y el Amor”, con Amabeth Carou. Casi un año duró en el aire y usaba su seudónimo “Jorge Edel”. Poco tiempo después participó de un unitario “La noche fue testigo”.
Pero, hombre inquieto él, la cómoda silla del estudio no pudo evitar que se escapara otra vez hacia las tablas con Amancay, el grupo que lideraba Nicasio Cavilla Sorondo y con él que volvió a salir de gira. Pero, la radio podía más. “A mí me gustaba hacer cosas más populares. En nuestra región el radioteatro estaba poco explotado. La radio era fundamentalmente información, locución, música”.
Y, en honor a la verdad, este hecho le gustaba. Era la excusa ideal para seguir formándose mientras experimentaba y agregaba las más divertidas historias en su anecdotario, durante los ‘50 y ‘60.
“Eran tiempos donde no existían los medios que hay ahora. No había tantas radios y la gente se entusiasmaba de tal forma alrededor del receptor como si fuera una reunión de familia”.
Tal como ocurrió una vez en el interior, cuando interpretaba a un hombre de campo que le debía a su patrón 500 pesos, quien los reclamaba a fuerza de látigos. En un momento de silencio, desde el público se escuchó: “¡Basta!. No le pegue más a ese hombre!. Yo pago la deuda”.
De la misma manera, reaccionaba su gente cuando lo reconocían por su voz en el escenario cada vez que adaptaban a teatro los ciclos radiales. “Era algo apasionante. Y por eso este reconocimiento me llena de orgullo y me da fuerza. Sentís que no te han olvidado y que recuerdan todo lo que has hecho”.
La simpatía y el odio hacia los buenos y los malos eran manifestadas por los espectadores en cada una de las funciones.
“Algunos compañeros se aprovechaban de la situación. Si alguien les gritaba desde la platea, ellos le contestaban y los amenazaban con verse a la salida. Todos se quedaban duros y cuando el espectáculo terminaba, se encontraban y confesaban que era una broma”.

Un hasta siempre
No sólo los telones de las salas de teatro abrigaron a Jorge Edelman. También, el celuloide incursionaba en su vida cada vez que podía.
Su primer acercamiento al cine vino por su amistad con Enzo Viena cuando éste estuvo en la región como protagonista de “Salitre”. Viena le abrió puertas en los estudios cinematográficos. Su sueño de trabajar en cine se hizo realidad. Se presentó en el casting para actuar en “Martín Fierro” protagonizada por Alfredo Alcón, Lautaro Murúa y Graciela Borges bajo la dirección de Leopoldo Torre Nilsson. “Fui como actor y me contrataron, pero como chofer. Les alquilé mi camionetita para trasladar a los actores. Además, comencé a trabajar como asistente de producción. Si necesitaban caballos, los conseguía. Conseguía todo lo que necesitaban para la realización del filme. Corrían los finales de la década del ‘60. “Necesitaban uniformados. Fui al comando y conseguí trescientos. Todos los días un desafío diferente. Me gustó mucho hacer este trabajo.”
Jorge también participó activamente, junto a Torre Nilsson, en “El Santo de la Espada”, también protagonizada por Alfredo Alcón, Evangelina Salazar y Ana María Picchio. En 1970 Jorge estaba en el elenco de la productora “Contracuadro” y actuó también en “La Mafia” y “Güemes, la tierra en armas”.
Pero, para que negarlo,  la radio y el teatro eran el combustible de su cuerpo. Y por eso nunca dejo de gustarle que lo detuvieran cuando lo reconocían por sus experiencias en estos dos campos.  “Una vez yo iba por la calle Sarmiento y una viejita se me queda mirando. Me pregunta mi nombre y me cuenta que ella me seguía a todos lados. Después de un rato, le pide a su esposo que se le acerque. “¿Te acordás de ese chico que nos tenía locas a todas las chicas”, le pregunta. “Míralo ahora, pobrecito”, contó entre risas.
Con un estilo marcado y lleno de emociones, Edelman supo conmover con su Juan Moreira, con quien se reencontraría en 2002 en el ciclo de comedia municipal, su personal versión de “Nazareno Cruz y el lobo” y Bairoletto. A éste último le guardaba un especial cariño. El año pasado, cuando el Instituto Nacional de Teatro lo homenajeaba con un reconocimiento a su trayectoria (“Un aliciente para seguir trabajando en la dulce etapa de la vejez”, enfatizó en su momento) y en pleno entusiasmo por su regreso al éter, de la mano de su hijo, aseguró que lo volvería a hacer, pero en “una conjunción de lo antigüo con lo moderno fantástico”.
Una combinación como sólo él sabría hacer (PJF).

Un hombre íntegro

Más allá de que todos lo conocieron como un gran actor de radioteatro, lo que más quiero destacar es, sin duda, su impronta como “Buena Persona”. De agradable carácter, tranquilo, de hablar pausado, optimista, con proyectos donde no primaba lo empresarial sino lo familiar, los afectos, lo emotivo, la amistad, lo espiritual, su Fe en Dios y la búsqueda del camino que le permitiera llegar a Él.
Nunca utilizó su fama o sus relaciones con personas influyentes para conseguir algún beneficio personal, tal es así que entre idas y venidas, después de muchos trámites, no alcanzaron para que se le otorgara una merecida jubilación. El era así, desinteresado y humilde, valoraba relacionarse con amigos- mate mediante -, evocando anécdotas y aconteceres neuquinos de décadas anteriores. También fue el propulsor de la organización de los “100 años de la Familia Edelman” para reunir a toda la familia en una hermosa fiesta que permitió que las últimas generaciones de la descendencia se pudieran conocer y entablar un afectuoso vínculo.    
Eternamente lo recordaremos y lo despedimos con inmenso cariño: al Actor, con un cerrado y prolongado aplauso… y, al Tío-Primo-Amigo, con esa expresión tan suya al finalizar una emisión diaria o una función teatral que en alguna oportunidad nos explicara: “…que la decía siempre porque siento agradecimiento hacia ese público que me dio tanto. Si volviera a nacer, por las satisfacciones y experiencias maravillosas que me ha deparado el radioteatro, téngalo por seguro: volvería a hacer lo mismo”:
“MI CORAZÓN AGRADECIDO”.

Alicia Edelman

Jorge Edelman, el radioteatro y el libro

 Antes de la primera entrevista (1997), con Jorge Edelman  no nos conocíamos. Teníamos 35 años de diferencia. Yo nunca había escuchado ni un solo radioteatro. Más aún, ni sabía en qué consistían.
Pero teníamos muchas cosas en común: los dos éramos neuquinos y nos movía una gran pasión por la cultura de nuestra región. En ese contexto, su vitalidad, su autenticidad y su energía se unieron a mi curiosidad y a mi necesidad de conservar y transmitir mediante la cultura escrita las prácticas culturas populares del norte de la Patagonia.
Así, durante catorce encuentros, en el plazo de un año y medio, él narró sus experiencias y yo, entusiasmada, preguntaba, grababa,  y tomaba notas.
Pasó el tiempo, más de un año. Debía escribir una tesina para aprobar una maestría. Sin embargo no era fácil. Al momento de la escritura me costaba separar la persona «Jorge» del personaje radioteatral. Porque su relato melodramático me conmovía... Así, por momentos me alejaba de mi rol científico y me veía convertida en uno más de sus oyentes. Jorge gesticulaba, modulaba, exageraba y lo más sorprendente era que cada encuentro no tenía un fin o una conclusión determinada. ¡¡¡Mucho tiempo después me di cuenta que con esa dilación y espera a la que me sometía él estaba construyendo episodios con su propia experiencia!!!
Sin dudas, el radioteatro era su corazón, su vida.
Aprobé la instancia académica. El material reunido era tan rico que no dudé en publicarlo. Después vino la edición de El Radioteatro (2001).
Y ahora, siento que referenciarles a ustedes este libro es la manera que encuentro para homenajearlo, para compartir mi gratitud hacia  su generosidad y enseñanza.
Porque si bien sabemos y sentimos que su legado se perpetúa en la memoria colectiva gracias al  recuerdo vivo y cercano de su voz, para muchos otros -como yo que nunca formamos parte de su público-, el radioteatro corre riesgos de verse envuelto en un completo rumor o misterio.
Sé que las palabras nunca reemplazarán su presencia, pero al menos, y eso espero, es una de las maneras de permitirnos conocer la importancia social y cultural del radioteatro y tal vez, si nos dejamos sorprender, un modo posible de acercarnos a la magia de  Jorge Edelman.


Alelí Gotlip
[email protected]/ www.aleligotlip.com.ar