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La Mañana Terminal

El depredador sexual que acechaba en la vieja terminal

Mario Oscar Sallago, captaba niños la estación de colectivos del Bajo. En febrero de 2000 Graciela Mendoza, de 6 años, desapareció y la encontraron violada, asesinada y enterrada en un baldío, el caso quedó impune. El agresor fue a juicio por el ataque sexual de dos chicos, pero la justicia lo absolvió por faltas de pruebas.

Mario Oscar Sallago es un femicida y depredador sexual que tras cumplir una condena en Chubut por asesinar a su pareja y violar a la hija de ella, de 7 años, pasó por Neuquén y en febrero de 2000 dejó su cruenta impronta, con un agravante. Salió impune de la violación y crimen de Graciela Mendoza, una nena de 6 años, a quien enterró en un baldío ubicado a una cuadra de la Comisaría Segunda. Además, fue absuelto en un juicio por un intento de abuso de dos chicos. Su área de actuación era la vieja terminal del Bajo.

Finalmente, un año después, en Olavarría, se cobró la vida de Jennifer Falcón, de 7 años, hija de un policía bonaerense. Repitió el mismo modus operandi, pero esta vez cayó y lo condenaron a prisión perpetua, pena que cumple en el penal de Olmos.

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Al transitar la historia de Sallago, se devela una novela de horrores, con una pregunta que hasta ahora no ha respondido la Justicia argentina: ¿qué hacer con los violadores?

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Desaparición en la vieja terminal

Para los neuquinos, la historia comienza en la vieja terminal de ómnibus que se ubicaba en el corazón del Bajo sobre calle Mitre al 200.

La terminal no solo era un lugar de tránsito de viajantes y turistas, sino que en sus alrededores pululaban cafichos, prostitutas, travestis, transas, pungas, mecheras, reducidores y toda una runfla de personas marginales.

También había otros que iban a sacar el día: lavacoches, limpiavidrios y vendedores de todo tipo y calaña. En esa selva donde imperaban las prisas, todos se conocían.

Allí, trabajaba una humilde pareja que vivía en el barrio Bouquet Roldán y que lavaban autos, mientras sus hijos de 11 y 6 años deambulaban en esa densa geografía.

El 7 de febrero de 2000, cerca de las 21, Graciela Mendoza le pidió a su mamá ir al baño de la terminal, un lugar utilizado por todos los que pasaban urgidos por el Bajo.

Su hermano de 11 años la acompañó porque ya estaba oscuro, pero por lo general la pequeña se movía con cierta independencia. Como dijimos, todos se conocían.

Pero ese 7 de febrero fue la última vez que la vieron con vida. Nadie puede asegurar si ingresó o no al baño, solo hay una certeza: desapareció.

Durante horas, los padres recorrieron todos los recovecos de la terminal y gran parte del Bajo preguntándoles a todos por su hija. Al no lograr encontrarla, radicaron la denuncia en la Comisaría Segunda.

La Policía montó un fuerte operativo de búsqueda, se rastrillaron los alrededores y hasta se llegó a las zonas ribereñas del Limay y el Neuquén, pero a Graciela parecía que se la había tragado la tierra, aunque su destino fue mucho peor.

En la cara de la Policía

En toda desaparición de personas, las primeras 72 horas son claves para tratar de encontrarla. En la medida que avanzan los días y las semanas, las chances de que esa persona esté muerta son altísimas.

Los padres de la pequeña acudían todos los días a dar vueltas por la terminal y el Bajo. Esperaban para que la Policía les brindara alguna novedad, pero siempre recibían la misma respuesta: “Seguimos buscando”. Y le detallaban el itinerario.

El giro de la historia se produjo el 10 de marzo, a un mes de la desaparición.

Hubo un llamado al 103, el teléfono de Defensa Civil que el Municipio habilitó para que cualquier ciudadano brindara información sobre el paradero de la pequeña. Además, estaba el 101 del comando policial, donde también se podían aportar datos.

Ese 10 de marzo, el 103 recibió un llamado. “Hay un cuerpito en el baldío de calle Montevideo al 140”, dijo una voz anónima que cortó de inmediato. Los empleados de la repartición alertaron a la Policía.

El cuerpito estaba a un par de metros de la ventana de una oficina pública que dependía del Registro Civil y a 140 metros de la Comisaría Segunda, que se ubica en Montevideo y Avenida Olascoaga. De hecho, los primeros en llegar fueron policías de la Segunda que salieron corriendo apenas recibieron la alerta.

Los policías se enfurecieron porque aseguraron que habían rastrillado el lugar, que solía utilizarse de playa de estacionamiento de un boliche que había funcionado en ese sector.

El baldío fue perimetrado ni bien corroboraron la terrible escena. La pequeña estaba semienterrada, cubierta con escombros y maleza, solo se veían una pierna y parte de la cabeza.

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Los forenses que accedieron al lugar relevaron las inmediaciones del sector en el que descubrieron el cadáver, que estaba en avanzado estado de descomposición y despedía un olor nauseabundo, por lo que fue trasladado al Cuerpo Médico Forense.

“Estaba irreconocible. Con el ADN se pudo confirmar la identidad días después”, confió un perito del caso, y detalló: “Se podía intuir a simple vista que era el cuerpo de la nena que se buscaba por las características físicas que nos habían brindado los padres, pero no mucho más”.

Tras el hallazgo, que trascendió por la radio, los padres de la pequeña acudieron al lugar, pero no los dejaron pasar porque la escena era macabra. La madre a los gritos y llorando pidió ver a su hija, pero terminó desplomada sobre el asfalto, agotada por el sufrimiento.

La teoría del cuerpo plantado

Mientras los peritos forenses hacían su trabajo sobre el cadáver de Graciela, los investigadores volvieron a verificar la planificación de la búsqueda y descubrieron que ese baldío había sido rastrillado, supuestamente, en los primeros días. Así nació la hipótesis de que el cadáver había sido plantado. Luego se construiría una teoría vinculada al pasado del Sallago.

A esa altura, los pesquisas no querían dar un paso en falso porque el hallazgo de Graciela les había estallado a metros de la comisaría.

“Se hizo un arduo relevamiento con los vecinos de la zona y una mujer nos contó que vio pasar a un hombre con un carrito de supermercado, un par de noches antes, y luego apareció el cuerpo”, reveló la fuente.

La policía sostuvo que el cadáver había sido plantado, pero otra sería la teoría forense, que contó un interesante experimento que echó por tierra la hipótesis policial.

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La autopsia y la pata del chancho

Los detalles del salvaje crimen los reveló el cuerpo de Graciela sobre la fría mesa de autopsia. Su cadáver develó que había sido violada, brutalmente golpeada y estrangulada. Una de las piernas presentaba mordeduras que resultaron ser de animales que habrían desenterrado parte del cuerpo, de lo contrario tal vez se hubiese tardado mucho más en encontrarla.

De las prendas que tenía al momento de la desaparición solo rescataron unos trozos que, junto con una batería de pericias científicas, permitieron corroborar su identidad porque visualmente era imposible.

“Se le pidieron a la familia fotos de la nena para tratar de hacer una identificación visual. Pero eran tan humildes, que solo tenían una sola foto de la niña, que le habían tomando en el jardín de infantes junto a sus compañeritos, por lo que fue imposible lograrlo de esa forma”, indicó uno de los expertos que participó del examen al cadáver.

Con el análisis de la fauna cadavérica, se pudo establecer que la nena había sido asesinada como mucho 24 horas después de su desaparición.

¿Cómo comprobaron si fue enterrada de inmediato o si en verdad el cuerpo fue plantado unos días antes de su hallazgo?

Los forenses decidieron hacer un experimento. Recordemos que por ese entonces no se contaba con la tecnología ni la evolución que ha tenido la ciencia en los últimos años.

Todo nació a partir de la observación y la curiosidad que por lo general tienen los profesionales del Cuerpo Médico Forense.

El interrogante a resolver partía de la descomposición acelerada que tienen los cuerpos en verano por efecto de las altas temperaturas. Dicho proceso conlleva la emanación de olores repugnantes. Entonces, si el cadáver estaba a metros la ventana de una oficina pública, que estaba abierta permanentemente durante el horario administrativo, ¿cómo puede ser que no hayan sentido el fétido olor que emanaba?

Para resolver la incógnita, apelaron a una prueba artesanal, que resultó clave para obtener una respuesta.

En sus oficinas, los expertos escondieron en el jardín, que estaba pegado a la ventana de los empleados, una pata de chancho.

De acuerdo con sus estudios, la descomposición en pocos días comenzaría y el olor pestilente se haría presente.

“Como no se les había dicho nada a los empleados, a los días pasábamos caminando y les preguntábamos si no sentían un olor raro. Todos nos decían que no. Ya cuando llevaba más de 20 días y el olor era fuerte, alguno dijo que había un poco de olor ácido, pero nada más. Esto nos dio la impronta de que las personas que trabajaban en esa oficina pública se adaptaron al olor y por eso nunca les llamó la atención”, confió el experto a LMN.

Con esta prueba, ratificaron que Graciela fue enterrada en ese lugar la misma noche o como mucho al día de su desaparición.

Respecto de los rastros del autor del abuso, no se pudo obtener nada por el grado de degradación en la zona genital de la nena.

Por más que se intentó rescatar algún elemento biológico, en estos casos se busca vello púbico del autor o semen, pero terminaron la ardua tarea sin una sola evidencia.

Esta situación le sumó aún más horror al caso, que se encaminaba a limbo de la impunidad.

Vuelve a cazar y queda en la mira

La clave para que Sallago fuera relacionado con el crimen de Graciela fueron dos chicos de 7 y 11 años de quienes intentó abusar el 8 de febrero, es decir, 24 horas después de que desapareciera la niña.

Estos pequeños estaban en situación de calle y mendigaban en la zona de la terminal.

Con engaños, Sallago los condujo al baldío de calle Montevideo y en el camino comenzó a manosearlos, pero los chicos lograron zafarse del depredador y huir corriendo.

Uno de los pibes le contó a la Policía lo sucedido y dijo que Sallago seguía merodeando por la terminal.

La Justicia neuquina estaba al tanto de todo lo que ocurría en la zona de la terminal, de hecho el juez de instrucción Juan José Gago, a cargo de la investigación de Graciela, declaró públicamente a los medios: "En la estación de micros hay mucha gente que se dedica como actividad habitual a recoger chicos de la calle y a pedir favores sexuales por una moneda; no hace falta ser un gran investigador para ver el submundo que hay en la terminal, esto está a la vista, es realmente preocupante lo que está pasando en la terminal en pleno centro de la ciudad".

Estos chicos de la calle eran inocentes, pero no ingenuos, ya que la misma situación de calle en la que vivían les había permitido adquirir herramientas de sobrevivencia y adaptación al medio.

“Nunca quisieron declarar por temor y porque acá la Justicia todavía no tenía un mecanismo para poder proteger a esos niños. Además, no lo pudieron reconocer ni en foto. Porque Sallago se rapó. Esos chicos estaban a su suerte y yo creo que no se la quisieron jugar”, confió un investigador del caso.

Todo lo ocurrido ese verano aceleró el traslado de la terminal a su actual ubicación, a la vera de la Ruta 22 en Canal V. Fue inaugurada en 2005 y el viejo edificio derrumbado.

Pero el caso de los dos chicos dejó a Sallago bajo el radar de los investigadores, que cuando comenzaron a hurgar sobre la historia del hombre encontraron un pasado plagado de aberraciones que los llevó a sospechar que podría ser el asesino de Graciela. Lo detuvieron en mayo con el único elemento que tenían: el manoseo a los chicos.

Un thriller espantoso

La Policía y la Justicia, que suelen hacer yunta, apostaron a mantenerlo detenido para ver si surgía algún elemento que lo terminara de vincular al crimen de la nena.

Pero no apareció ni testigo ni elemento científico que lo ligara. Solo tenían una corazonada y un modus operandi, que también pensaron que podría ser pura coincidencia.

En el camino, le corrieron el velo al pasado de Sallago, y todo lo que surgía era espantoso.

El depredador había formado una familia en Puerto Madryn de la que nacieron tres hijos. Sallago se separó tras conocer a Catalina en 1982, que ya tenía una hija, Marisa, de 6 años, por lo que se fue con ella a vivir a Trelew en octubre de ese año.

A los cincos meses de convivencia, la mujer descubrió el monstruo al que había metido bajo su techo.

El 26 de febrero de 1983, Catalina llegó a la casa y encontró a Sallago violando a su hija. La reacción de la madre fue inmediata y, para poner fin a la discusión, el hombre tomó un martillo y la asesinó a golpes en el cráneo.

A la mujer la dejó muerta en la habitación y a la niña la ató a la pata de la cama y la violó durante tres días. Envolvió el cuerpo de la mujer, que ya se estaba descomponiendo, y lo fue a tirar a un arroyo ubicado a un kilómetro de la casa.

Luego, tomó a Marisa y se volvió a Puerto Madryn con su antigua familia.

“Volvió con su ex y le dijo que había asesinado a su pareja y que la nena iba a vivir con ellos y que si intentaba denunciarlo la iba a matar. La mujer le creyó la amenaza, pero al ver las cosas que le hacía a la pequeña fue a la Policía los primeros días de marzo y radicó la denuncia. El tipo era un verdadero chacal”, confió el actual procurador general de Chubut Jorge Miquelarena en diálogo con LMN.

La Policía de inmediato lo detuvo y encontraron el cadáver de Catalina en el lugar que el propio asesino había revelado.

En primera instancia le dictaron una pena de prisión perpetua, pero luego, por cuestiones burocráticas, la sentencia tuvo varias idas y vueltas hasta que se anuló el 30 de marzo de 1987 y el 29 de noviembre de 1988 lo condenaron a 21 años y 6 meses de prisión por homicidio simple y abuso sexual con acceso carnal reiterado agravado por la guarda.

Durante su estadía en prisión, como todo violador, tuvo una excelente conducta. Dentro de la cárcel, los agresores sexuales son la parte más baja de la pirámide criminal, los propios presos los consideran unas lacras, más aun si son pederastas.

De acuerdo con lo que establece la Constitución, el gobernador de turno tiene la posibilidad de decretar rebajas de condenas. Fue así que por los informes técnicos criminológicos y penitenciarios, los gobernadores Fernando Cosentino (PJ) y Carlos Maestro (UCR) firmaron tres rebajas de condena para Sallago en 1991, 1993 y 1995.

No hay que rasgarse las vestiduras en Neuquén, porque con el primer violador serial, Luis Antonio Cuculich, que cayó en 1986, Felipe Sapag y Jorge Sobisch le firmaron tres rebajas de condena y, al salir en libertad condicional, tuvo tres ataques frustrados.

Estas rebajas, más los beneficios que estipula la ley sobre la progresividad de la pena, permitieron que el 11 de noviembre de 1998 Sallago recuperara la libertad.

Arribo a Neuquén

Sallago terminó de cumplir la condena y recuperó la libertad estando en el penal de Roca. Como tenía un hijo en Neuquén, se vino y se instaló en el barrio Cordón Colón, donde su instinto de depredador volvió a resurgir.

De hecho, del barrio se fue después de que varios vecinos quisieran lincharlo por haber intentado abusar de varios niños. Un investigador recordó que “incluso le quemaron la precaria casilla en la que vivía”.

De ahí se trasladó a una casa en calle Corrientes de un matrimonio evangelista, que luego resultó que la mujer era madre de un policía neuquino.

La vivienda tenía una habitación externa en el fondo del terreno y allí residió unos meses Sallago.

El violador era un buscavidas, vendía cuanta cosa conseguía y bijou que traía cuando viajaba a Buenos Aires.

Fue así que comenzó a rondar la zona de la terminal y a identificar a sus presas. En sus garras, todos los investigadores y fuentes consultadas aseguran que cayó Graciela, pero nunca lo pudieron probar.

Con todo lo ocurrido, lo más firme que tenían contra Sallago era el testimonio de los dos pibes que habían zafado cuando los conducía camino al baldío donde apareció muerta la pequeña Mendoza.

Juicio sin castigo

Con esos testimonios endebles de dos chicos en situación de calle, a Sallago pudieron mantenerlo detenido, pero no por mucho tiempo.

Imputado de abuso simple, tuvo un defensor oficial que se encargó de garantizar sus derechos tal como lo estipula la Constitución.

Hubo un intento de la fiscalía de llegar a un acuerdo. “Propusieron imponerle una pena de dos años de prisión por abuso simple o ir a juicio, que era una lotería porque no había muchos elementos. Sallago se negó a ir a prisión aludiendo que él no había hecho nada. Fue a juicio y lo absolvieron”, precisó una fuente judicial que presenció el juicio.

Todas las fuentes consultadas confiaron que el juicio fue una apuesta por retener al depredador porque sus antecedentes los estremecía.

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Olavarría, destino final

Ni bien recuperó la libertad, el 29 de diciembre de 2000, Sallago partió a Olavarría, donde tenía a su madre. Allí se instaló y hacía exactamente los mismo que Neuquén, venta callejera de bijou.

Su instinto de depredador serial seguía vigente y su presencia en las calles era un peligro latente para los niños. De hecho, una mujer denunció a fines de enero el intento de abuso de un niño de 8 años bajo los puentes del Parque Mitre, pero la policía no investigó.

Sallago incursionó en el barrio Sarmiento, donde estudió la geografía e identificó posibles presas y zonas descampadas.

El 20 de febrero de 2001, la pequeña Jennifer Falcón, de 7 años, hija de un policía bonaerense que trabajaba en el área de narcóticos, fue en su bicicleta verde hasta el almacén que estaba a dos cuadras de su casa.

Era habitual en ese entonces que los chicos fueran a hacer las compras, más en una localidad chica donde todos se conocían.

La nena no volvía y sus padres se comenzaron a inquietar y salieron a buscarla. Jennifer y su bicicleta se habían esfumado.

Esa tarde, el comisario Pedro Caminiti confirmó a los medios: “De inmediato 200 policías, 40 móviles y un helicóptero equipado con un moderno sistema de infrarrojo que distingue el calor humano buscaron a la niña. Pero no hubo resultados”.

Con las primeras luces del 21 de febrero, se retomó la búsqueda y se centró en el arroyo Tapalqué. Pero una llamada de una vecina orientó el rastrillaje.

La mujer avisó que había observado a un hombre ingresar en un terreno baldío con una bicicleta pequeña.

Un patrullero con la sirena encendida y a toda velocidad acudió al lugar. En minutos confirmó por radio que había encontrado la bicicleta verde de Jennifer.

El baldío fue rodeado por los móviles de la Policía, que iniciaron un minucioso rastrillaje que concluyó con el hallazgo de una gorra de la niña con manchas de sangre, una hebilla violeta para pelo, dos cortaplumas, ropa de hombre y dos maletines que en su interior contenían bijou y una foto de Sallago, que se transformó en sospechoso.

Eran las 9. Todavía no daban con la nena cuando pasó caminando por el lugar el depredador, fingiendo ser un vecino mas. Un policía lo vio y lo demoró para luego trasladarlo a la comisaría.

A las 10:30, en otro baldío en las inmediaciones, dieron con el cuerpo de la pequeña Falcón, que estaba semidesnuda y tapada con pasto.

Los forenses determinaron que fue violada en reiteradas oportunidades, recibió varios golpes en la cabeza con una piedra y finalmente murió estrangulada. Se estimó que la hora de muerte fue las 20 del día anterior.

La noticia dejó helados a los investigadores neuquinos que terminaron de confirmar sus sospechas de que el asesino de Graciela Mendoza había sido Sallago.

El violador fue sacado de Olavarría y trasladado al destacamento de Sierras Bayas porque lo querían linchar, y luego lo llevaron más lejos aún, hasta la localidad de Azul.

En este caso, las pruebas fueron contundentes y el 14 de junio de 2002, la Cámara Criminal de Azul lo condenó a prisión perpetua.

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Una demanda vigente a Chubut

Los Falcón, en abril de 2004, demandaron al Gobierno de Chubut. Miquelarena, que era fiscal por ese entonces, explicó a LMN: “Se dijo que se lo benefició a Sallago con el 2x1 porque estuvo cinco años preso hasta que fue condenado, pero no fue así. Sallago recibió tres rebajas de pena de Cosentino y Maestro. Cuando llegó la demanda en ese entonces, todo se transformó en un escándalo. De hecho, el gobernador Mario Das Neves, como no podía modificar la Constitución, decretó una autolimitación para no firmar este tipo de indultos o rebajas de pena”, detalló.

Respecto de la demanda, que fue por 2,9 millones de pesos, el hoy procurador general de Chubut explicó: “Hubo que resolver un tema de competencia y terminó quedando en manos de la Justicia civil. Todavía eso no está resuelto a la fecha”.

A los pocos días de presentada la demanda, el 5 de mayo de 2004, el Senado de la Nación trató el tema a propuesta del senador Miguel Ángel Pichetto (PJ), quien según reza el acta de la sesión, manifestó: “Sobre estos sujetos que comenten delitos aberrantes tienen que recaer la reclusión perpetua y el techo de los 35 años. Aquí no dudamos. No tenemos ningún conflicto moral ni ético, ni nos preocupa demasiado el tema de la resocialización, porque no se resocializan y son reincidentes”.

Lo que olvidaron Pichetto, el Gobierno y la Justicia argentina es que las condenas se cumplen y los agresores sexuales vuelven a la calle sin ningún tipo de tratamiento. Una respuesta se debe dar al respecto, para no dejar expuesta a la sociedad a estos depredadores.

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