El desquicio de Tapia y Angelici

La AFA es un desquicio. Entre la inoperancia de la dirigencia y las propias operaciones para encubrirla han configurado un espectáculo imposible para el gusto de un humano normal. Desde que se murió Julio Humberto Grondona, nadie supo cómo tapar los negocios con cierto tacto para la gestión del fútbol. El Padrino, como a muchos les gustaba llamar al ferretero de Sarandí que llegó a vice de la FIFA, se murió con la Selección subcampeona del mundo. Desde entonces, el equipo de Messi y compañía perdió el rumbo, conducido por una dirigencia entretenida con grandes negocios: la Superliga, los contratos de televisión y los cargos. La sucesión natural de Don Julio, encarnada por Luis Segura, resistió la avanzada de Marcelo Tinelli, pero fue impotente ante el asalto orquestado desde la Casa Rosada, en acuerdo con la FIFA, que depositó en el sillón más mullido del edificio de Viamonte 1366 al empresario de la noche Armando Pérez, gerenciador y luego presidente de Belgrano.

Entonces, el Patón Edgardo Bauza reemplazó al Tata Gerardo Martino en una movida que terminó por desfigurar para siempre a la Selección. La Normalizadora de Pérez decantó en la presidencia del Chiqui Tapia, fruto de un pacto entre el presidente de Boca, Daniel Angelici –que “no hace nada que no le ordene Mauricio Macri”, como describió el analista político del diario La Nación Carlos Pagni– y el camionero Hugo Moyano, mandamás de Independiente. Angelici, dueño del poder real a la sombra de Tapia, trajo a Jorge Sampaoli –“el mejor entrenador del mundo”, dijo– con un contrato millonario, tras pagar una fortuna para sacarlo del Sevilla de España. Así se llegó al papelón del Mundial y al presente sin saber qué hacer con el técnico, que ahora sigue por un tiempito más.

El papelón de la Selección en el Mundial se explica más por el descontrol dirigencial que por lo deportivo.

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