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La Mañana

El hombre que vive en el lugar "más bello del mundo"

Integrante de una familia de compuerteros del dique Ballester, hace 35 años que observa una vista privilegiada del río Neuquén.

Adriano Calalesina
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Rubén vive en la villa de Agua y Energía. El paisaje de estilo inglés es una joya para la mirada, en invierno o verano.
El trabajo implica estar atento a los movimientos del agua, para evitar “golpes” que puedan perjudicar a bañistas o chacareros.

Centenario
Rubén Jorquera asegura vivir en el lugar más bello del mundo. Así de simples y asombrosas son sus palabras. Y vaya si el lugar lo es: al pie del dique Ingeniero Ballester goza de una vista panorámica que se alimenta de una larga historia, donde en cien años pocas cosas han cambiado de la geografía ribereña.
Los turistas se sacan fotos en el antiguo reloj de sol frente al río Neuquén y él los puede observar tranquilo, con un mate en la mano, desde su casa en el barrio de Agua y Energía, en Barda del Medio, a unos 30 kilómetros al norte de Neuquén.
Su vivienda es de las primeras que se construyó de ladrillo -por esa época- y conserva toda la arquitectura inglesa, inspirada en los alrededores del dique: puertas de más de dos metros matizadas de verde con una fachada añeja, como si el tiempo se hubiera detenido hace un siglo.
Vive cerca de uno de los paseos más tradicionales y a solo unos pasos de la cancha del Club Obrero Dique, aquella donde se jugó un partido tan imaginario como real, inspirado en una suerte de ensueño del escritor Osvaldo Soriano, en el cuento “El penal más largo del mundo”.
“Acá vino gente a comprarme el terreno, pero no lo vendo porque no hay mejor lugar para vivir que este”, cuenta Rubén, con orgullo familiar, mientras camina relajado hacia su lugar de trabajo, a unos 400 metros, donde se erige la torre de los guardiadiques.
El hombre, de 53 años, tiene en sus espaldas el peso de una familia de trabajadores que abren y cierran compuertas. Su padre trabajó en los inicios de la obra emblemática, también su hermano, su tío y ahora su hijo. Todos unidos en un trabajo donde hay que saber “mirar” el río, desde la quietud del horizonte hasta la turbulencia en cada compuerta.
El dique se inauguró en 1910 y durante la época supo ser la obra hídrica más grande del país. La inmigración hizo que Barda del Medio -en el límite con Neuquén- se convierta en un pueblo próspero, con trabajo. Ese sueño fue descascarando cuando desapareció el ferrocarril. Pero los guardiadiques quedaron ahí, detenidos en el tiempo, para contar algo de esa historia.
“Mi padre empezó a trabajar cuando empezó el dique Ballester y se jubiló como guardiadique, la misma función que yo cumplo. Mi tío Juan Jorquera también trabajó en la obra, cuando se hizo el desviador”, recuerda Rubén.

Una larga trayectoria
Ingresó a la empresa hace 35 años (1979), cuando era Agua y Energía. Después, pasó a Aguas Rionegrinas (ARSA), que depende del Departamento Provincial de Aguas (DPA), en la provincia de Río Negro. Junto con otros siete guardiadiques son los que actualmente cuidan las compuertas de todo el riego del Alto Valle.
“Con mi madre íbamos todos los días a dejarle la comida a mi padre arriba en la torre y me pasaba horas mirando el río. Nos gusta pescar y este es un lugar maravilloso, soy un agradecido de la vida”, comenta.
Trabajar en invierno en el dique consiste en mantener poleas, engranajes y algunos motores. En mayo se corta el agua y vuelve en agosto. Tiene casi tres meses para luego trabajar duro, midiendo el nivel del agua y estar en comunicación con otros embalses, como el de San Patricio del Chañar.
Desde la torre se puede ver todo lo que sucede en ambas orillas del río, que comparten Vista Alegre y Barda del Medio y no son pocas las historias de salvatajes que recuerdan de bañistas imprudentes.
“Tengo compañeros que han salvado vidas, abren una compuerta, le meten un golpe de agua y los sacan para afuera para que la turbulencia no los chupe. Demetrio Martínez es uno de los que hace unos años salvó a tres personas”, dice.
Ver caer el sol arriba del dique no tiene precio. Es una de esas postales que hacen transportar la mente a los lugares más profundos de la reflexión humana. Y de este bálsamo que flota en el aire, Rubén suele respirar todos los días.