¿El kirchnerismo sigue fiel a sí mismo?
Por GABRIEL RAFART
La devaluación de enero y el desborde inflacionario de los precios en las góndolas por los incorregibles manejos de las grandes cadenas de ventas afectaron el poder adquisitivo de los trabajadores. Nadie pone en duda esta realidad, aunque la controversia seguirá abierta sobre responsables y motivaciones. También entra en discusión si las cosas continuarán así. En definitiva, está por saberse si el kirchnerismo tal cual se lo conoce se mantiene en pie o lo que viene es viraje hacia un destino que lo niegue.
Seguramente, los arreglos paritarios en marcha alcanzarán a cubrir algo de las pérdidas sufridas por los asalariados, aunque estarán lejos, por lo menos para lo que resta de este año, de esa máxima atribuida a Néstor Kirchner cuando recomendaba a los dirigentes gremiales negociar siempre dos puntos más. Esta manera de sacarle un poquito a los empleadores -no mucho y de manera pausada- tenía el propósito de apreciar el salario. Este logro se dio en un contexto de crecimiento constante de la tasa de ocupación. La acumulación lograda en el último decenio con esos puntos extras permitió una mejora sustancial de los ingresos y un mejor reparto. Sin embargo, la posibilidad de sostener aquella recuperación del salario real parece poner en jaque la naturaleza vital del kirchnerismo gobernante. Especialmente cuando son muchos los sectores de la política -mediática y partidaria- además de varias cabezas de economistas que asumen como propia la crítica de la izquierda radicalizada para sumarse a ese coro acusando el tiempo pasado, más el actual, de que las políticas llevadas por la dupla Cristina Fernández-Axel Kicilliof, pertenecen a la ortodoxia ajustista reclamada por los organismos financieros internacionales. Una suerte de trotskismo de derecha parece haberse impuesto en aquellas voces. ¿El kirchnerismo, en su política distribucionista, sigue en pie?
Aquellas críticas y la consecuente controversia sobre la fidelidad del kirchnerismo consigo mismo se potencian con las medidas conocidas en la semana que terminó sobre ajustes en las tarifas de los servicios públicos, anunciadas desde los ministerios conducidos por Kicilliof y De Vido. Por supuesto que al hablarse más de porcentajes y poco sobre la letra detallada, especialmente acerca del volumen de pesos que hay que sacar del bolsillo, se niega la realidad que todos venían advirtiendo. Ciertamente las tarifas eran bajísimas y había un desbalance entre los que menos -que no son pocos- pero tienen más y pagaban casi nada frente a los más -que son muchísimos y siempre tienen menos- mientras pagaban también poco pero para su mundo de ingresos resulta incompatible con un ideal de justicia distributiva con los que sí tienen demasiado. No hay duda de que con demora se llegó a esta medida. Si las mismas debían haberse tomado en 2007 o cuatro años después -cuando la Presidenta habló por primera vez de sintonía fina- es parte del debate sobre la oportunidad elegida por el actual equipo gobernante. “Hoy estamos encarando una profundización, una sintonía fina en el tema subsidios. Lo estamos haciendo con la tranquilidad que da el hecho de que no hay una necesidad imperiosa de reducirlos. No hay ningún problema. Lo estamos evaluando con análisis serios”, dijo Kicillof. Es discutible su sentido de oportunidad. Incluso con lo dicho por el ministro sigue habiendo muchas voces del mismo oficialismo que quisieran ver el bisturí de esa “sintonía fina” aplicado a otros campos. De allí que parece que el equipo económico actual estaría mejor dispuesto a enfrentar esos desafíos. Solo observar el activismo de sus integrantes frente a la agenda endiablada del primer trimestre del año -dólar, devaluación, YPF, deuda externa, tarifas, etc- para conocer de una voluntad y solvencia solo equiparable a la de los primeros dos años del binomio Kirchner-Lavagna.
Y si se habla de “fidelidad” al “proyecto” del gobierno, los ajustes tarifarios no pertenecen a la lógica de ajuste del gasto público como sí venían exigiendo desde hace tiempo los detractores del Gobierno y ahora asumen la defensa del ciudadano-consumidor. Lo que enoja es otra cosa: que el ajuste no se lleve a cabo en las políticas sociales. Efectivamente, la presentación del ministro incluyó la idea y práctica ya transitada para que lo ahorrado de los aumentos y reacomodamiento de las tarifas sean destinados a mejorar las prestaciones sociales, especialmente la Asignación Universal por Hijo. En esto el kirchnerismo sigue fiel a sí mismo, en tanto que su principal dispositivo de integración social está articulado por el dinero, como dice Ariel Wilis. Recientemente este destacado investigador del Conicet decía que “El Gobierno sigue mostrando el consumo popular como un indicador de su política económica y social, como una reparación de la deuda con los sectores más postergados”.
Todo se da frente a cierto reacomodamiento del mundo sindical que parece contentarse con negociar cifras menores de previsibilidad inflacionaria, cuando desde ciertas proyecciones interesadas se plantean una inflación no menor al 50% anual. En eso el cierre de las paritarias encaradas por la UOM resulta una clara señal de hacia dónde marcharán los restantes acuerdos. Los metalúrgicos aceptaron un porcentaje cercano al 30%. Antonio Calo agregó el otro ingrediente que faltaba a la discusión y que revela los límites del actual proyecto nacional: sostener el nivel actual de ocupación en la industria: “Lo que más le preocupa a la UOM es mantener los puestos de trabajo, y esperamos que este año podamos incrementar los empleados de planta permanente. Lo ideal no existe. Este ha sido el mejor acuerdo dentro del sentido común”, sostuvo el jefe de los metalúrgicos.
La proyección de ese 30 % también fue aplicada por los docentes bonaerenses en su reciente arreglo con el gobierno de Daniel Scioli. La paritaria nacional promete avanzar en esa misma senda. De rebote, el final del largo conflicto en la provincia de Buenos Aires es una buena señal para la pervivencia de una alianza de facto entre el gobierno nacional y el mundo sindical, que por momento pareció estar en riesgo. Con todo ello, la controversia de un kirchnerismo fiel a su pasado reciente, seguirá en viva tensión pero sin que se imponga la realidad de la negación.


