El Programa Aprender, cuyas mediciones desnudan un crudo diagnóstico sobre la educación en Argentina, bien podrían ser la de los políticos y funcionarios que tuvieron decisión de poder en las últimas décadas.
¿Por qué los resultados de lo que los pibes aprenden en las aulas tendrían que ser semejantes a los de estudiantes suizos si los dirigentes que los gobiernan (muchos de ellos formados en prestigiosas escuelas de negocios de EE.UU. y Europa) no han logrado siquiera pasar del nivel inicial al primario, por ejemplo, en materia inflacionaria?
En un contexto que parece dominado por el ensayo error (si pasa, pasa), las actuales autoridades no deberían horrorizarse por el desempeño de la educación pública. Evidentemente es más fácil echarle la culpa a los sindicalistas porque aún hay aulas vacías, incluso en Neuquén.
Es evidente que para ser exitoso en materia educativa, el país necesita ir a un sinceramiento profundo y no focalizar el problema únicamente en la cuestión salarial, aun cuando esta constituya un aspecto fundamental en el sistema.
Se habla mucho acerca de las metodologías de mediciones y de sus resultados. Sería apropiado que también se midiese el tamaño de la burocracia en la educación, incluida la de Neuquén donde formidables cantidades de dinero se han gastado en los últimos años no siempre con incuestionables criterios de transparencia.
Parece que se sigue perdiendo tiempo calibrando quién tiene más poder en vez de levantar la vara en la responsabilidad que le cabe a cada uno en función del lugar que le toca ocupar. Se sigue perdiendo tiempo en hacer las cosas mal cuando podrían hacerse bien.
Alguna vez se debería evaluar también la ineficiencia de la burocracia del Estado en educación.


