Por Itatí Nosa (*)
El imaginario es una construcción social cimentada en valores, creencias y hábitos que se van modificando con el tiempo por factores diversos. Este constructo, en relación con el hábito de fumar, ha sufrido profundas modificaciones en los últimos años. Es decir, se evidencia un alto impacto positivo de las campañas publicitarias y acciones del Estado a través de leyes, ordenanzas, disposiciones relacionadas con el tabaquismo, que han incidido en un cambio de mirada que sobre los fumadores tiene la mayor parte de la sociedad.
Este impacto puede verse no sólo en la cantidad de personas que han abandonado el hábito, sino también en otras dos direcciones: por un lado, la actitud “culposa” de aquellos que no han podido dominar la adicción. Por lo que en espacios sociales los de más edad sienten una cierta incomodidad al tener que explicar que van a salir a fumar (lejos quedó aquella fantasía de “ser más cancheros” con un cigarrillo en la boca), y los más jóvenes generalmente prefieren reunirse con otros fumadores que con quienes no lo son.
Por otra parte, es evidente la cada vez mayor intolerancia de quienes no fuman hacia los que sí lo hacen. Intolerancia que es comprensible desde el punto de vista del cuidado de la salud del fumador pasivo, pero que suele llegar a extremos de intransigencia, descalificación y desprecio hacia quienes muchas veces quisieran, pero no logran dominar la adicción.
En estas transformaciones que las producciones culturales van transitando permanentemente, resulta llamativo que la intolerancia al tabaquismo parece ser directamente proporcional, por ejemplo, a la tolerancia al alcoholismo. Este sería un tema de reflexión para otro contexto, pero sirve para graficar cómo las acciones del Estado y las campañas publicitarias pueden marcar tendencias en lo que a los parámetros de moda se refiere.
(*) Socióloga, docente e investigadora de la Universidad Nacional del Comahue.


