La historia de River no está repleta de hazañas coperas. Le costó mucho al equipo de Núñez conquistar la Libertadores. Antes de este ciclo con alegrías internacionales eran más las malas que las buenas, con casi dos décadas sin trofeos continentales.
Pero en los últimos años sus hinchas creen que todo es posible. Y van a la cancha o se sientan frente a la tele sabiendo que siempre hay esperanza. La fe no es para los millonarios sólo una cuestión de fe. No al menos con Marcelo Gallardo sentado en el banco (o caminando detrás de los carteles).
Es el Muñeco el que sustenta esa confianza ciega en el equipo, tenga o no nombres que desaten ovaciones en el Monumental. Es el Muñeco el que en cada situación límite demuestra que sabe leer los partidos, que entiende cómo afrontar los duelos mano a mano (jugó 17 series y ganó 15), cómo rearmar los equipos de acuerdo con las necesidades, cómo elegir los esquemas y los intérpretes.
Con el diario del viernes, Jorge Wilstermann mostró en el Monumental que el partido le quedó muy grande, disminuido al nivel de un conjunto amateur por un River que se lo llevó puesto (como ningún otro en esta Copa) desde que pitó el árbitro.
Un River muy diferente al que ganó la Sudamericana 2014 y al de la Libertadores 2015, incluso al que conquistó la Copa Argentina 2016 que lo puso en este certamen en el que ya está en semis, soñando con su cuarta estrella. De los que jugaron la final de aquel primer festejo contra Atlético Nacional, sólo dos estuvieron anoche (Ponzio y Rojas).
Es que River cambió muchos nombres en estos tres años, menos el de Gallardo. El cerebro que impulsa el corazón de los hinchas, hoy felices y soñando, con Alario en el olvido y el recuerdo fresco de lo que puede este equipo del Muñeco.


