La cultura del aguante empezó en el fútbol. Enamorados de esas pasiones que matan, de nosotros mismos generando un espectáculo dentro de otro, el verdadero, esa cultura alimentada por una sociedad cada día más desigual, menos amiga de las leyes, se hizo más fuerte y peligrosa, y se extendió a otros ámbitos. La música es uno de ellos. Dicen jugadores de todo el mundo que no hay hincha como el argentino. Dicen artistas de todo el mundo que no hay público como el argentino. Somos tan locamente apasionados, capaces de dejar la garganta y la vida por una camiseta o por una banda, que no medimos consecuencias, que dejamos de lado las formas y las normas, que no permitimos que nada ni nadie nos impida “disfrutar” de esa puerta de escape a una realidad que nos angustia.
El fútbol inglés se reinventó a fines de los 80. Necesitó dos tragedias y 136 muertos para atacar la cultura “hooligan”. Lo hicieron tomando consciencia. Lo hicieron con leyes. Hoy, jugadores e hinchas se abrazan en cada gol. Tienen menos color en las tribunas. Y menos muertos. ¿Qué aprendimos nosotros de la Puerta 12, de Cromañón? Poco y nada. Las canchas siguen siendo una trampa mortal. Algunos recitales también.
Ni el fútbol ni la música matan. La desidia sí. Se apuntará al intendente de Olavarría, a los productores, al Indio, a intereses políticos. Se dirá que es culpa de un negocio millonario al que no le importamos. Se dirá que es culpa de un Estado ausente que no nos cuida. Se dirá mucho (con razón) y se hará poco. Cuando hay más de un responsable, no suele hacerse cargo ninguno. Y pronto nos olvidaremos de que son (y somos) capaces de convertirnos en 300 mil bombas pequeñitas preparadas para estallar, de aplastarnos hasta asfixiarnos con la excusa de una pasión. Y pronto nos olvidaremos de que no hay gol que valga una vida. Que ninguna canción merece una muerte.
La cultura del aguante más la desidia del Estado y los que arman un show: una mezcla mortal.


