La magia del circo tiene su detrás de escena en el río

En el Paseo de la Costa, el Cirque XXI muestra todo su encanto.

Por Sofía Sandoval - ssandoval@lmneuquen.com.ar

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Antes de que el cielo se cierre en un manto negro y las luces del circo comiencen a brillar, antes de que el olor a azúcar caliente inunde las butacas de la carpa, e incluso antes de que los primeros sonidos marquen el inicio del espectáculo, unas quince familias amanecen en el predio del Paseo de la Costa donde se instaló esta semana el Cirque XXI. Entre ellos, Gabriel Credidio, que lleva 27 años de vida nómada con distintos circos del país.

Oriundo de La Falda, Gabriel se vinculó desde su infancia con este universo porque sus padres regenteaban una reserva de animales que atendía o proveía distintas especies para los espectáculos, cuando aún se permitía que tigres y leones formaran parte del show. “Era amigo desde siempre y a los 15 años me escapé de mi casa para irme con ellos”, señala.

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Destino

Lo que podría pensarse como una locura adolescente fue, en cambio, un timonazo rotundo en la vida del cordobés de 42 años, a quien el contacto directo con el circo le sirvió para alimentar aún más su pasión por el espectáculo.

Su metro sesenta de altura y sus brazos delgados no le permitían hacer los trabajos de fuerza, pero el joven muchacho se ocupaba de todo lo demás: fue vendedor de caramelos y payaso, y hasta se calzó una galera para cumplir el antiguo rol de maestro de ceremonias.

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Pero el amor por los animales que había heredado de sus padres le dio el papel que más apreciaba dentro del lugar: cuidaba a los ejemplares que actuaban en cada show. “Los consideraba una parte de mi familia, los alimentaba y hasta llevábamos un camión cisterna para bañarlos en los días de calor”, explica.

Desde 2010, los circos abandonaron el uso de tigres y otras especies para los shows por las denuncias de maltrato (ver aparte), pero la simpatía natural de Gabriel lo llevó por otro camino dentro del mundo circense, por lo que se convirtió en relacionista público del espectáculo. Por eso, ahora se ocupa de toda la logística que acompaña al Cirque XXI, que incluye conseguir un predio en alquiler, conectar la luz y promocionar las funciones en cada ciudad.

Toda una vida

Tanto Gabriel como otras 70 personas que viven alrededor de la compañía dedican 330 días por año al espectáculo. “Vivimos una vida errante con nuestros hijos; tenemos casas como las de cualquiera, sólo que las nuestras tienen cuatro ruedas”, destaca.

En total, son quince familias que habitan en casillas rodantes o motorhomes y que se dedican en su totalidad al circo, con un amor por el espectáculo que se hereda de padres a hijos por hasta siete generaciones. Conviven en grandes terrenos al pie de una gran carpa de lona y usan sus horarios libres para ensayar malabares o equilibrismo, o para mezclarse con los locales y conocer nuevos suelos.

“Es la quinta vez que vengo a Neuquén, pero es la primera que estamos en el Paseo de la Costa”, dice Gabriel, y asegura que ese sector del río es el verdadero pulmón de la vida social y natural de la ciudad, lo que les permitió cosechar una gran convocatoria de público. “En el estreno explotó la carpa con más de 1200 espectadores”, sostiene.

Gabriel aprovecha sus momentos libres para conocer más de la ciudad y hasta teje redes con los locales. “Una de las cosas más lindas de viajar es tener amigos en todos lados y que te sigan llamando cuando, un mes después, te vas a otra ciudad”, afirma el productor, que lleva un año y medio recorriendo distintos puntos de la Patagonia.

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Educación

Aunque nunca saben sus calendarios exactos, el hombre estima que pasará un mes y medio en Neuquén, en donde se instaló con sus dos hijas mayores. “La más grande estaba estudiando Abogacía y la del medio está en quinto año”, dice, y explica que existe una ley que permite que los hijos de los artistas circenses sean aceptados en distintos colegios del país en un mismo ciclo lectivo.

Como los ocho niños que salen desde este predio a la escuela primaria y otros adolescentes, sus hijas mamaron desde bebés el amor por el circo y comenzaron desde pequeñas a entrenarse en acrobacias, danzas aéreas y gimnasia artística para actuar en cada show junto a su papá. “Tengo una hija más chica que vive en Mar del Plata con su mamá y pasa las vacaciones conmigo; cuando no está, extraña viajar con el circo y los espectáculos”, señala.

Mientras repasa su historia, el hombre atraviesa los pasillos con techo de lona para llegar hasta una carpa de unos diez metros de alto y un escenario elevado cubierto de alfombras oscuras. Allí Luciano, un adolescente desgarbado y de mirada vívida, hace pruebas con un monociclo ante la atenta mirada de su papá, que fue trapecista durante 30 años y ahora entrena a sus hijos en las artes circenses. El joven cuenta que cursa primer año en una escuela neuquina y que también hace malabares, acrobacia y equilibrio. “Desde chico aprendí distintas cosas y hace un año empecé con el monociclo”, dice Luciano, y aclara que no se imagina una vida fuera del circo.

Por la tarde, la carpa es aún un recinto oscuro y silencioso. Sólo cuando la noche caiga, el lugar se llenará de luces intensas, llamativos trajes brillantes y la música propia de un espectáculo que, durante dos horas, recupera la magia del circo. Lanzadores de cuchillos, equilibristas y payasos de nariz roja prometen cambiar ese clima tranquilo por un ritmo frenético que alegra a grandes y chicos por igual.

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Cuando dejaron de mostrar animales

Desde 2010, los circos del país abandonaron la utilización de animales para sus espectáculos, a partir de un movimiento que los ponía en la mira por el maltrato animal. Gabriel Credidio, productor del Cirque XXI, asegura que vivió esa decisión con mucho dolor.

“Se juzgó solamente a los circos cuando también existen canódromos o hipódromos, y en la cordillera cazan ciervos para los restaurantes”, indicó, y aclaró que siempre que estuvo a cargo del cuidado de los animales, los trató como a un integrante de su familia.

Además de darles alimentación adecuada y mantenerlos limpios, Gabriel evitaba que sufrieran algún tipo de estrés. “En los circos, por ejemplo, se reproducían los tigres, que es muy difícil que tengan cría en cautiverio; eso se daba porque estaban muy bien cuidados”, comentó.

Según detalló, los animales fueron derivados a zoológicos donde su vida no se modificó demasiado: están en cautiverio, pero en jaulas un poco más grandes.

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