La pequeña y el gigante

Pocas cosas nos ponen a todos juntitos, allí, frente al televisor ante el que muchos se paralizan cada cuatro años invadidos por el espíritu olímpico. País dividido, amante del asado, los amigos y las grietas, el viento nos amontona de la mano de nuestra bandera y de algunos deportistas que logran lo que no pueden los políticos: juntarnos y darnos alegrías. Las lágrimas de la enorme Paula Pareto en el podio se multiplicaron en cada rincón del país, gracias a una pequeña gigante que puso al judo en lo más alto y que nos hizo hablar de tatamis, shidos, wazaris e ipones como si fuera algo de todos los días. Su éxito, que fue de todos al menos por un rato, tiene todavía más mérito. La Peque es amateur. La empuja la gloria, no el dinero. Mientras se sostenía en la elite en base a un esfuerzo increíble, se recibió de médica. Un espejo donde mirarnos cada vez que nos sentimos desbordados por las responsabilidades, abrumados porque no nos alcanza el día, una imagen para mostrarles cada vez que podamos a los pibes que hoy creen que lo mejor que hay en la vida es cazar pokemones.

Su éxito tiene todavía más méritos en épocas en las que la fama deportiva viene acompañada de millones.

Un ejemplo como el que también da Juan Martín del Potro. Dueño de más millones que la Peque pero impulsado por el mismo motor, Delpo fue uno de los primeros en saludarla el sábado, día en que la medallista de oro recordó cómo, cuatro años antes, la Torre de Tandil la había visto bajoneada en la Villa Olímpica tras perder la medalla de bronce en Londres y la invitó a pasar la tarde con los chicos del tenis. Hoy, ninguno de los dos necesitará un hombro amigable, porque nuestro gigante del tenis dio el primer gran batacazo en Río al destronar al mejor del planeta, volviendo de varias operaciones y apuntando a repetir la gesta de 2012.

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