Pasa a cada rato. Los números no mienten. Aunque ocultan otros muchos casos que son la parte sumergida de un iceberg que podría hundir a varios Titanic. Todos los días una mujer muere a manos de un hombre en nuestro país, donde la violencia de género ganó visibilidad, pero sigue perdiendo una batalla que recién comienza. También hay muchas otras que no mueren, más por obra de un milagro que por la prevención de aquellos que deberían cuidarlas. Como Belén, la chica golpeada por un anestesista al que la Justicia juzga con más entusiasmo porque tenía droga en la casa que por haber intentado asesinar a golpes a una mujer.
El mismo día en que Belén recibió el alta, todavía con el rostro irreconocible, la Justicia le negó la excarcelación a su atacante, Gerardo Billiris, a quien otra joven, tras ver este caso en TV, denunció la semana pasada por haberla drogado para luego abusar sexualmente de ella.
No lo hizo por desfigurar a Belén, sino porque le encontraron 0,30 gramos de cocaína y 0,88 de marihuana en el lugar donde le fisuró uno de sus omóplatos y los huesos oculares de un ojo, además de perforarle un tímpano. Por la salvaje agresión, en cambio, dictaminaron que se podía ir a su casa pagando una fianza de 80 mil pesos, ya que caratularon la causa como “lesiones leves”.
“Menos mal hacen los delincuentes que un mal juez”, dijo el español Francisco de Quevedo. La frase es tan célebre como polémica y discutible. Al igual que quien la dijo, uno de los escritores más reconocidos de la lengua castellana, también famoso por sus poemas cargados de desprecio hacia el género femenino. Cinco siglos después, algunas cosas cambiaron. Otras no.
La Justicia juzga con más entusiasmo al anestesista por tener drogas que por haber desfigurado a Belén.


