La noticia de un virus que se expandía a un ritmo vertiginoso por el mundo puso a todos en alerta. En China, el epicentro de la afección, la propagación de la enfermedad podría haber paralizado cualquier decisión, pero, en lugar de eso, la emergencia puso a todos a trabajar.
Con la experiencia de otra epidemia sobre sus espaldas, los chinos repitieron la faena de 2003, cuando otro virus los obligó a construir un hospital en apenas una semana. Esta vez, comenzaron un trabajo que les exigió una importante movilización de personal, una inversión millonaria y jornadas extenuantes, casi esclavas, para levantar un centro de salud con mil camas en sólo 10 días.
Es cierto, claro, que en estas latitudes no existen los mismos recursos humanos ni económicos. Es cierto que no hay alertas mundiales que fijen los ojos en nuestras geografías. Pero los chinos se abocaron a su faena porque consideraron que enfrentaban una situación de vida o muerte. En el medio, había una obra pública que podía hacer la diferencia.
636 personas murieron hasta ahora como víctimas del coronavirus. Las escalas y la velocidad parecen ajustarse a las medidas de un gigante como China. Y en nuestra proporción, en nuestra medida, ¿cuántas muertos lloramos en la inconclusa Ruta 22?
Allí, mientras un puñado de obreros tímidos trabajan a media máquina, mientras la maleza brota del hormigón como mofándose de los automovilistas, mientras los usuarios se aventuran a salir vivos de cada viaje, los años de demora demuestran que todavía nadie comprende que enfrentamos una situación de vida o muerte.
Y allí, a menor escala y a menor velocidad, una obra pública puede hacer la diferencia.


