La fama los precede y se ha llegado a pagar hasta 225 dólares por una botella rota. Historias de botellas a precios increíbles.
El otro récord insólito es la contracara de esta subasta. En 1989 un marchante de vinos neoyorkino llamado William Sokolin saltó a la fama por su increíble astucia. Durante un tiempo puso a la venta otra botella de la famosa colección de Jefferson. Claro que por tratarse de un Chateau Margaux de 1787 se le antojó pedir 500 mil dólares a quien estuviera dispuesto a pagarlos. La maniobra es un enredo genial: un comprador ofreció la mitad de ese valor y con esa carta en la mano, Sokolin fue a una aseguradora a pedir una caución, por si las moscas.
Y las moscas llegaron de la mano de un mozo que, a un mes de la subasta que pretendía llevar el precio a las nubes, tropezó con la alfombra y echó por tierra el sueño dorado de la botella más cara. Claro, Sokolin cobró el seguro y se hizo con 225 mil dólares. Lo que no trascendió de esa maniobra fue si acaso decidió conservar el culo de botella para usarla de cenicero cuando se fuma un puro y reflexiona sobre sus años locos.
Claro que ni el Chateau Lafite ni el Margaux que fueron tocados por Jefferson en vida estaban en condiciones de ser bebidos. Como todo lo que es objeto de colección, la gracia no está en su utilidad, sino en el valor que adquiere como pieza de museo. Y de ahí que esos vinagres de alcurnia hayan alcanzado cifras astronómicas.
Según la información consignada en La Nación de esta semana, Hong Kong se transformó en el mercado de subasta para estos vinos y es hoy el mercado más rentable del planeta. Sotheby’s, la famosa casa de remates británica con operaciones globales, anunció que en lo que va del año realizó ventas de botellas por un valor de u$s 14,3 millones en la ciudad china, mientras que en Nueva York las ventas alcanzaron en el mismo período los u$s 10,5 millones y en Londres u$s 8 millones.
Y vuelven los remates locos. Según la misma fuente, en una subasta reciente un cliente pagó u$s 93.077 por una botella Impériale (contiene seis litros) del prestigioso Château Pétrus 1982. Lo que se dice una bicoca.
Subastas nacionales
A nivel local, los coleccionistas operan en las sombras. En 2006, durante un remate organizado en Buenos Aires por Federico González Sasso en la casa Luchetti, un Pétrus 1988 era empujado hacia arriba por tres compradores, hasta que el martillo determinó 9 mil dólares la unidad. El dato es que el hombre no estaba en el local, sino que tenía un comprador apostado.
Otros coleccionistas, directamente le dan la llave de su cava a un sommelier y le piden que la llene por 250 mil dólares, con la única condición de no estirar los precios, según contó a este cronista el comprador que pidió no ser identificado. Y así, en algunas subastas, quienes pelean por algunas perlas son afortunados testaferros de otros más afortunados.
Y mientras los precios del vino ascienden al ritmo de manos que se alzan, y el martillo amenaza con noquear la billetera, en nuestro país se organizan regularmente subastas que dejan un saldo de varios miles de pesos a beneficio. Pronto saldrá a la venta un nuevo lote de vinos de colección que González Sasso prepara con celo profesional. Atento compradores, no sea cosa que Sokolin ande cerca.


