Los jueces en su laberinto

El nuevo Código Procesal Penal dejó expuesto a todo el sistema judicial. A empujones sacó a los funcionarios a la vereda, ahí por donde circula el ciudadano a pie, para que vean sus rostros y también conozcan su trabajo.

A pesar de ello, los jueces no han acusado recibo. Cuales dioses, en su Olimpo de leyes deciden a voluntad y con un grado de soberbia tal que les impide bajar a la plaza pública a explicar sus fallos.
Al clan de la toga no le gusta compartir con nadie, sólo con ellos, y cuando se les ofrece el micrófono lo rechazan amparados en una trillada frase: "Nosotros hablamos por nuestros fallos".

El grado de madurez democrática y social de nuestros jueces es una ironía. Quienes más preparados se suponen que están, más alejados de la sociedad se muestran. Permanecen encapsulados en sus estrados como Moria Casán en su burbuja.

Se muestran alejados de la sociedad y permanecen encapsulados en sus estrados cual Moria Casán en su burbuja.

Mientras los ciudadanos ven cómo desfilan los delincuentes por las audiencias sin quedar detenidos y las víctimas viven una no vida llena de temores, los jueces se niegan una y otra vez a explicarle a la sociedad qué es lo que se debe entender por Justicia.

Decenas de foristas de este diario repiten una y otra vez con cada polémico fallo: "Ya le va a tocar a un familiar del juez y ahí van a ver qué se siente".

Desgraciadamente, nuestros jueces están tan viciados de arrogancia que pareciera que sólo un golpe tan fuerte y tan bajo como una tragedia familiar sería lo único que los baje del Olimpo y los deje descalzos y en lágrimas en el limbo de los ciudadanos, donde los robos y los crímenes pululan como peste. Y donde la Justicia no es otra cosa más que una mala noticia.

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