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La Mañana

Marcelo Diamand, un economista heterodoxo

Sin formación académica como economista, sino como ingeniero, Diamand fue uno de los grandes especialistas argentinos del Siglo XX. Su principal aporte fue la concepción de la estructura económica desequilibrada y la necesidad de tipos de cambio diferenciales entre los distintos sectores de la economía.
Por Humberto Zambon

Durante el Siglo XX nuestro país tuvo grandes economistas; si hubiera que hacer un listado de ellos, probablemente lo encabezaría Raúl Prebisch e incluiría al académico Julio Olivera; a Marcelo Diamand, por la originalidad de sus trabajos; a Enrique Silberstein, por su capacidad expositiva y sentido del humor; a Aldo Ferrer, por su compromiso con la realidad nacional y a varios más que omito para no resultar tedioso. De todos ellos creo que el más meritorio, por el esfuerzo que acompañó a su formación, fue Diamand.
Marcelo Diamand, de origen judío, nació en Polonia en 1928 y llegó como inmigrante, junto a su familia, a Buenos Aires en 1946. Mientras el padre se iniciaba en la industria electrónica, fabricando radios, Marcelo hizo el secundario en dos años y luego se recibió en la universidad como ingeniero industrial. Una vez terminados sus estudios se integró a la industria familiar, desarrollando las radios Tonomac que, a pesar de tratarse de una empresa mediana, lograron importante prestigio y  se exportaron a varios países latinoamericanos.

Incontaminado
Como integrante de la Cámara Argentina de la Industria Electrónica (CADIE) entendió que los problemas que aquejaban al rubro eran preponderantemente económicos, por lo que comenzó a estudiar hasta formarse como un economista autodidacta, para lo que contaba con varias facilidades: 1) su formación técnico-científica previa, 2) su práctica en la economía concreta y 3) como dijo Joan Robinson refiriéndose a Kalecki,  tenía “la gran ventaja (de que) nunca había aprendido economía ortodoxa”.
Disgustado con el desarrollo de los economistas clásicos y, en especial, con la ortodoxia neoclásica, tampoco lo convenció el trabajo de Keynes, cuya teoría de corto plazo está pensada para un capitalismo desarrollado y con problemática distinta a la de América Latina, que estaba iniciando el proceso de industrialización. Por el contrario, encontró apoyo en el libro de Friedrich List, “Sistema nacional de economía política”, considerado el fundador teórico del proteccionismo en el comercio internacional, que le abrió otro panorama del pensamiento económico. A partir de allí elaboró su pensamiento en forma independiente aunque tuviera líneas coincidentes con el estructuralismo latinoamericano, cuya base era la CEPAL, dirigida por Raúl Prebisch.
Diamand vio que en su época el problema central de la economía pasaba por la Balanza de Pagos y en sus trabajos sostuvo que la política ortodoxa pregonada por el FMI era errónea, así como el endeudamiento externo como solución al déficit comercial, que era una salida a corto plazo pero que se convertiría en boomerang en el futuro.

La estructura desequilibrada
En 1973 publicó su libro “Doctrinas económicas, desarrollo e independencia” que va camino a convertirse en un clásico y que lo mostró como un original pensador de la heterodoxia económica. La idea central es que nuestros países, para modernizarse, tienen que industrializarse, posición coincidente con la CEPAL, pero como otros sectores de estas economías tienen productividades muy diferentes –por sus recursos naturales y por sus historias, como ocurre con la  actividad agropecuaria en la Pampa Húmeda argentina- para que la industria se afiance y crezca se necesita, o bien una alta protección aduanera (como tuvieran todas las economías desarrolladas en el Siglo XIX) o, de lo contrario, un tipo de cambio diferencial adaptado a sus respectivas productividades.

Productividades
Diamand insiste en la idea de que la productividad no es un concepto valorativo, sino una simple determinación aritmética: es el cociente entre producción y las horas de trabajo requeridas para lograrla; entonces no es de extrañar que los países desarrollados tengan una industria más productiva que la nuestra, por historia, acumulación de capital y amplitud del mercado y, por otro lado, que nuestra agricultura extensiva tenga mayor productividad que la europea, producida en minifundios. Son realidades distintas.
Para Diamand el tipo de cambio debe ser diferencial según la productividad de cada sector. Corresponde al Estado lograr esta equiparación. Así, en Europa, Estados Unidos y Japón, la menor productividad de sus respectivas  agriculturas comparadas con la internacional se compensa con subsidios.  En Argentina, con un tipo de cambio único como existe actualmente, las retenciones a las exportaciones agropecuarias cumplen esa función; sin ellas la industria no tiene futuro.

Influencia política
Los planteos teóricos de Diamand influyeron en el pensamiento de José Ber Gelbard y de la Confederación General Empresaria (CGE), participando de diversas entidades gremiales y exponiendo sus ideas en cuanto foro le diera oportunidad. También dio clases universitarias, en La Plata (Universidad Católica) y en Estados Unidos.
Cuando se aplicó el plan neoliberal con Videla y Martínez de Hoz, vio que la actividad industrial en Argentina  iba a desaparecer, por lo que inició una liquidación gradual de su empresa.
Fue muy crítico con el plan de convertibilidad de Cavallo-Menem. Durante muchos años en la UIA perteneció a una corriente minoritaria que se oponía al neoliberalismo, hasta que en 1998, conjuntamente con Hugo Notcheff, logró que se publicara una recopilación de trabajos críticos bajo el título “La economía argentina actual”.
Murió en Buenos Aires el 20 de junio de 2007. Nunca fue plenamente aceptado por la economía académica –dominada por la ortodoxia-  ni por el “establishment” local, cosa que no creo que le haya causado especial preocupación.