Neuquén tiene su Riachuelo II

El (alarmante) informe de los especialistas de la Prefectura Naval Argentina respecto de los altos niveles de contaminación del río Limay viene a confirmar las (peores) presunciones que rondaban entre los vecinos de Neuquén relacionados con un curso de agua que aquí se siente más que como un recurso, como un verdadero tesoro natural.

El maltrato del río parece seguir los mismos pasos que el Durán. Antes de que se transformara en el Riachuelo I, este arroyo que desemboca en el Limay también tenía aguas transparentes, y los pibes, hasta no hace muchos años atrás, se podían bañar tranquilamente en las calurosas tardes de verano.

El grave diagnóstico conocido ayer debería sonar como un reto; pero, más que eso, como una cachetada para los políticos responsables de semejante desastre ambiental, tanto para quienes lo permitieron como para aquellos que teniendo que controlar toleraron un daño de consecuencias inestimables.

La triste postal del Limay refleja las contradicciones, por no decir incoherencia, en los discursos superfluos de los políticos que dicen una cosa pero hacen otra. Frente a este desastre uno se pregunta qué es peor: la demagogia o la desidia con la que se trata lo que se asegura defender.

El Limay muestra otra de las postales dolorosas de los legados que las actuales generaciones preparan para las que vienen y exhibe uno de los déficits más difíciles de aceptar.

La pregunta ahora es quién y cómo se remediará semejante desastre. Los responsables acaso tienen una última posibilidad que no deberán desaprovechar.

Los vecinos que se movilizaron por la contaminación de los ríos nunca dejaron de tener razón.

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