La iniciativa fue puesta en marcha hace pocos meses y ya convocó a más de 200 mujeres interesadas en aprender el oficio de la construcción.
Después de 25 años al frente de su propio estudio de arquitectura, Silvana decidió que era momento de llevar sus conocimientos más allá y creó un taller gratuito donde enseña a mujeres en situación de vulnerabilidad a construir sus propios hogares.
Nacida y criada en La Plata, provincia de Buenos Aires, Silvana Garcilazo (50) llegó al sur en 2004. El trabajo de su esposo, Ricardo, los llevó a instalarse en Catriel. “En ese momento no había arquitectos, así que me fue muy bien en lo laboral”, cuenta en diálogo con LM Neuquén.
Sin embargo, con el paso de los años y ante las necesidades de sus tres hijos, en 2010 la familia decidió mudarse a Neuquén. En recorridas por la zona conocieron Plottier, una ciudad que los enamoró por la calidez de su gente. “Me encantaba entrar a los negocios y que me dijeran ‘hola, vecina’”, recuerda.
Una vida marcada por la solidaridad
A partir de su inserción en la comunidad, Silvana comenzó a involucrarse en distintas instituciones locales. Como su hijo asistía al Club Español, se acercó a preguntar qué hacía falta. Desde entonces, realizó proyectos arquitectónicos gratuitos para entidades como el Club Plottier, Los Tordos, parroquias y asociaciones benéficas, convencida de que “cuando hacés un trabajo honesto, la devolución tarde o temprano llega y la gente está cuando la necesitás”.
“Reconozco que soy un poco rebelde en mi forma de pensar: yo, por suerte, no tengo problemas económicos. Trabajo muchísimo y estoy bien, pero no puedo disfrutar si veo que otros no lo están. Es necesario defender la educación pública para que todos tengan las mismas posibilidades. Desde el lugar de cada uno podemos cambiar paradigmas”, reflexiona.
Durante la pandemia conoció el caso de una mujer que acababa de enviudar, debía hacerse cargo sola de sus hijos y vivía en condiciones habitacionales precarias. Esa situación la motivó a ayudar desde sus conocimientos y contactos. La respuesta solidaria fue inmediata. “Cuando solicité materiales, me empezaron a llamar de todos lados poniéndose a disposición. Eso me hizo ver una luz de esperanza. A veces solo falta gestión”.
Los inicios del proyecto
A partir de aquella experiencia, la idea de seguir ayudando a las mujeres comenzó a resonar en su cabeza. Solo faltaba ponerle un nombre y darle forma al proyecto.
Pasaron cinco años hasta que finalmente lanzó Mujeres en Construcción, que funciona desde octubre. En el camino, una enfermedad obligó a postergar los planes, aunque logró superarla con fortaleza y el acompañamiento de su familia.
Lo que comenzó con difusión en redes sociales y apenas 15 o 20 mujeres anotadas pronto superó las 200 inscriptas, y las consultas siguen llegando. “No quieren donaciones: quieren que les enseñe el oficio. Todas me cuentan las situaciones que están atravesando, como el caso de una mamá que necesita levantar una habitación para su hijo con discapacidad”, cuenta.
Garcilazo destaca que se trata de una iniciativa autogestiva. “Es un proyecto totalmente gratuito e independiente: no dependo de ningún subsidio, es todo a fuerza de pulmón”, afirma y cuenta que afortunadamente recibió el apoyo de las empresas con las cuales lleva años trabajando: "cuando les conté que me lanzaba con el proyecto, me dijeron enseguida: ‘Contá con nosotros’”.
Trabajo en equipo
El proyecto también se sostiene en el trabajo conjunto con su esposo, Ricardo, con quien trabaja mano a mano en el estudio desde hace años. Cuando la actividad profesional de Silvana creció, él dejó su empleo en el área ambiental vinculada a la industria petrolera para sumarse de lleno. “Nos llevamos re bien”, resume ella.
Silvana destaca que el acompañamiento de su marido fue clave para concretar el proyecto. “Si no hubiera tenido una pareja que me apoyara como él, no habría podido avanzar. A él también le gusta enseñar: damos las clases juntos".
Los encuentros se realizan los sábados desde las 8.30 en grupos reducidos para garantizar un aprendizaje personalizado. El trayecto formativo está pensado como un proceso progresivo dentro del oficio: las participantes comienzan como ayudantes, luego avanzan a medio oficial y pueden llegar a desempeñarse como oficiales albañiles si así lo desean.
El curso se inicia con dos clases teóricas sobre manejo de herramientas y nociones básicas —uso de escuadras, niveles y materiales— y, desde el tercer encuentro, las prácticas se realizan directamente en obra. Además, el equipo se amplía con oficiales albañiles que enseñan los saberes específicos de la profesión.
Un espacio de contención
Todos los sábados, el predio donde ya se levantan las paredes de la casa de una de las integrantes del grupo se llena de mujeres con ganas de aprender. Muchas llegan al fin de semana cansadas, después de jornadas de trabajo y del cuidado de sus hijos; algunas viajan desde localidades cercanas como Cinco Saltos o Cipolletti. Pero al llegar, el aprendizaje del oficio convive con algo más profundo: la solidaridad, la empatía y la contención.
Silvana cuida especialmente ese clima: evita que el espacio se vea atravesado por discrepancias ideológicas y promueve un objetivo común, que todas puedan avanzar. A pesar de las diferencias generacionales, sociales y de pensamiento dentro del grupo, siempre hay tiempo para detenerse, compartir unos mates y hablar de las situaciones personales que atraviesan.
El impacto se refleja incluso en sus familias. “Es increíble ver la cara de sus hijos cuando ven a sus mamás avanzar”, cuenta. Con el correr de las clases, el cambio es evidente: ganan confianza, se superan y se sostienen entre ellas. Y aunque no todas son amigas entre sí, en la obra se vuelven compañeras.
Ladrillos que construyen futuro
Más allá de que algunas descubran en la construcción una posible salida laboral, también les permite avanzar hacia la autosuficiencia en la construcción de su propio techo. “La mujer en obra, cuando aprende, es muy responsable y realiza muy bien las tareas. La idea es darles herramientas para que estén preparadas”, sostiene Garcilazo.
En contextos atravesados por la vulnerabilidad, donde suelen aparecer la frustración y la desesperanza, la posibilidad de hacer con las propias manos se vuelve transformadora. Cada sábado, entre mezcla y paredes que crecen, no solo levantan una casa: afianzan la confianza en si mismas y avanzan hacia el futuro que cada una merece.
Para Silvana, esto se resume en una imagen que guarda con especial valor. “Tengo una foto de cada una poniendo un ladrillo. Para mi es un tema muy fuerte el concepto del ladrillo: cada ladrillo individual es solo un elemento de construcción, pero si los unís y les das un sentido, pueden levantar una estructura fuerte”, dice emocionada y orgullosa de los resultados.
Así, mientras la obra avanza, en silencio crece algo más: la fuerza de mujeres que descubrieron que juntas pueden construir mucho más.
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