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Rincón Chico, la villa neuquina que lo tenía todo y que el tiempo transformó en ruinas

Amelia relató sus vivencias en el asentamiento que acobijó a seis mil obreros que llegaron a la provincia en los '80 para la construcción de la represa de Piedra del Águila. Tenían todos los servicios, un avanzado hospital y hasta una sala de cine.

A los 17 años, en la plenitud de su adolescencia, llegó junto a sus padres y dos hermanos menores a lo que el paso del tiempo se ocupó de convertir en ruinas: Rincón Chico, una villa ubicada en el departamento Collón Cura que tuvo su fundación en 1984. El lugar fue destinado para recibir a los obreros que trabajaron en la edificación de la represa de Piedra del Águila, una especie de Muralla China para la época de 167 metros de altura sobre una extensión de 820 metros. Allí, en el segundo embalse de los cinco del río Limay, se instalaron seis turbo generadores para generar energía hidroeléctrica y regular el caudal del río.

En medio de un paisaje inhóspito, una llanura seca llena de matorrales, pequeños yuyos y esa obra faraónica, desembarcó Amalia Chua, quien atravesó miles de vivencias (egresó del secundario en el Instituto Privado Hidronor), cosechó amigos y en donde tuvo a uno de sus hijos.

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Amelia Chua en el acceso a la villa Rincón Chico, en donde llegó junto con su familia en 1986. Tenía 17 años.

Amelia Chua en el acceso a la villa Rincón Chico, en donde llegó junto con su familia en 1986. Tenía 17 años.

La mujer es comerciante, tiene una repostería y regalería, y reside hace más de tres décadas en Piedra del Águila, a 20 minutos de Rincón Chico. “Es mi lugar en el mundo, donde formé mi familia”, afirma orgullosa.

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La mujer nacida en Uruguay  en el esqueleto de lo que fue el Centro Comercial. En el lugar se encontraba la confitería, una sala de cine, farmacia y el kiosco del cual Amelia estaba encargada.

La mujer nacida en Uruguay en el esqueleto de lo que fue el Centro Comercial. En el lugar se encontraba la confitería, una sala de cine, farmacia y el kiosco del cual Amelia estaba encargada.

“En junio de 1986 con mis padres y hermanos llegamos a Villa Rincón Chico. Nací en Uruguay y recuerdo que vinimos con unas valijas gigantes en un colectivo de la empresa La Estrella. Justamente, cuando bajamos en la terminal de Piedra del Águila estaban jugando Argentina y Uruguay por el Mundial. Hacía mucho frío”, describió Chua sobre sus primeras horas en la provincia.

“Mi papá nos dijo ‘ya vuelvo y las vengo a buscar’. Fue una incertidumbre total porque fue un primer viaje larguísimo. Donde está la Municipalidad ahora era la terminal y recuerdo que había arbolitos que eran re chiquititos –hoy son álamos gigantes- y hacía un tremendo frío. En Uruguay, el frío era más bien húmedo”, acotó.

Sobre su arribo a la villa sostuvo que fue por la tarde luego de almorzar con su familia: “Era totalmente desolado, seco y montañas. Recuerdo mucho ver por la ventana, porque no había nada que hacer, no había tv y solo se agarraban radios chilenas, fue observar unos cardos gigantes tipo western. Eso cardos iban por las calles y me preguntaba ¿a dónde nos trajo nuestro papá? Era impresionante porque tenía 17 años. Esa fue mi primera impresión”.

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El asentamiento se fundó en 1984 y albergó a más de 6 mil obreros y familias que estuvieron ligado a la construcción de la imponente represa de Piedra del Águila, que cuenta con 167 metros de altura.

El asentamiento se fundó en 1984 y albergó a más de 6 mil obreros y familias que estuvieron ligado a la construcción de la imponente represa de Piedra del Águila, que cuenta con 167 metros de altura.

Amelia confesó que no tenía noción sobre el sur patagónico. Su padre había trabajado en la represa uruguaya de Salto Grande y habían estado en una villa temporaria, pero siempre cerca. “Nunca había escuchado de Neuquén, pero era tanta la necesidad de que mi papá tuviera trabajo y seguir estando en familia que nos vinimos. Mi papá nunca nos avisó ni cómo era. Sabíamos que era un lugar que tenía montañas y nieve. Nada más que eso. Habíamos vendido todo para venirnos”, aseguró.

Una villa de lujo

La villa fue proyectada para hospedar a más de 9.000 personas, sin embargo, lo máximo a lo que llegó fue a 6.000. “No nos faltaba nada. Tenía todo lo que tenía que tener”, reafirmó Chua. Su estructura se asemejaba más a una ciudad que a la de una villa por todos los servicios que ofrecía. “Tenía las casas prefabricadas totalmente equipadas, había luz, gas, agua, las calles estaban pavimentadas y estaba todo arbolado”, agregó.

Puntualizó que su casa era de “empleados”. “Eran dos juntas tipo dúplex y no pagábamos alquiler. Teníamos gas, que era desconocido para nosotros porque en Uruguay había gas envasado. Cuando llegamos, las casas ya estaban todas emplazadas, terminadas, amuebladas y recién se estaban haciendo los negocios”.

“Entre los obreros y las familias creo que la población superaba a la del pueblo (por Piedra del Águila). Era el doble de gente”, afirmó.

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En el medio de la villa se encontraba el centro comunitario, del cual actualmente se puede apreciar los pilotes (esqueleto) de la construcción. “Es lo único que se visualiza en estos tiempos. Alrededor de esta construcción se encontraba los comercios, una farmacia, un gimnasio, la capilla, el cine y una sucursal del Banco Provincia de Neuquén”, contó.

“En el cine daban dos películas como se hacía antes. Fui una sola vez con un compañero de escuela a ver una de Freddy Krueger. También creo que una vez vino Moria Casán a hacer teatro. Era una sala grande tipo Cine Teatro Español de Neuquén”, relató.

En el asentamiento también había dos clubes: uno de obreros y otro de empleados. Allí estaba el comedor de los que no tenían su familia y vivían en pabellones. Una cancha de básquet y dos de tenis completaban las instalaciones.

La comunicación, una odisea

En la villa también había una terminal de colectivos, un correo, una central telefónica, una comisaría y un hipermercado, el Supercoop, primer supermercado cooperativo del Hogar Obrero. Hasta seguridad poseía la aldea porque un destacamento de gendarmería se ubicaba en el margen izquierdo del acceso.

“Eran épocas que no contábamos con internet, ni redes sociales, ni celulares, por lo tanto era primordial el papel que tenía el correo. Esperar una carta e ir a la central telefónica para lograr comunicarse con tu familiares era una odisea, todos éramos de otros países o de todas las provincias de Argentina; italianos, chilenos, bolivianos, uruguayos, rusos y tal vez se me pase alguna nacionalidad”, recordó Amelia.

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Chua con el embalse de fondo en el cual trabajo su padre, que ya había contado con la experiencia de estar en la represa de Salto Grande.

Chua con el embalse de fondo en el cual trabajo su padre, que ya había contado con la experiencia de estar en la represa de Salto Grande.

Y explicó: “La telefónica era con radio operadores y había tres cabinas, cuatro. Tenías que esperar que se conectara el +0 y todos se querían comunicar con su familia porque cada seis meses salían colectivos gratis para el exterior y distintos puntos del país. En noviembre el panorama era desolador porque el 60% de la gente se iba para las fiestas y regresaba al otro año”.

Además, contó cómo funcionaba el sistema de transporte: “En esa época el urbano llegaba hasta el pueblo (por Piedra del Águila) más El Petróleo y La Mercedes que eran los que iban a Neuquén y Bariloche”.

Egresada, primer trabajo, diarios y cumbia

La comunidad contaba con colegio primario, secundario y una guardería. Como Amelia era extranjera y al no tener la documentación necesaria, tuvo que esperar medio año para ingresar al secundario, ya que había arribado en el segundo semestre.

“Estudié mi último año del secundario, promoción 1987 en el Instituto Privado de Hidronor, un secundario que contaba con clases de taller y con todas las materias de un bachillerato. De viajes de egresados la empresa nos pagó el micro y nos fuimos a Mar del Plata”, comentó.

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Chua hizo el último año del secundario en el Instituto Privado de Hidronor. De viaje de egresado se fue junto al resto de sus compañeros a Mar del Plata.

Chua hizo el último año del secundario en el Instituto Privado de Hidronor. De viaje de egresado se fue junto al resto de sus compañeros a Mar del Plata.

Cuando abrieron todos los locales en el centro comercial, pudo obtener su primer trabajo. “Fue por insistidora y en noviembre con 18 años comencé a trabajar en el primero de los locales. Fue un kiosco y mis días cambiaron. En el kiosco se vendían cassette y los obreros se acercaban al centro comunitario a escuchar la música que se ponía en el kiosco. En esa época estaba la cumbia pop y era como vender sandwichitos de miga. Había una variedad porque a los chicos que iban al colegio les gustaba el rock nacional y a otros Vangelis”, contó.

La llegada de los diarios era otro gran momento esperado por los habitantes que tenían necesidad de informarse. “Vendíamos Clarín, Nación, Ámbito Financiero y Río Negro. Los traía el colectivo de El Petróleo que llegaba a las dos de la tarde y después venía muchísima gente a comprarlo. Se agotaba”, rememoró.

Trabajadoras sexuales e hijos extramatrimoniales

La villa en su mayoría presentaba una población en donde predominaba el sexo masculino. Entre profesionales y obreros la cifra llegó a más de 4000. “Habiendo tantos obreros y siendo tan joven nunca me pasó de tener alguna persecución o que me hayan esperado. Y eso que cerraba el kiosco a las 11 de la noche después de hacer la caja. Nunca me pasó nada feo”, afirmó Amelia.

“Los obreros que estaban sin familia tenían demasiadas necesidades y en la villa hubo mucha prostitución pero cuidada. Cuando trabajé un tiempo en la farmacia del pueblo, su dueña, que también tenía otra farmacia en la villa, me contó que muchas prostitutas iban al hospital hacerse controles. Muchas de las chicas entraban en los baúles de los autos”, agregó.

Rincón Chico, la villa neuquina que lo tenía todo y que el tiempo transformó en ruinas.mp4

De esas visitas que hacían las trabajadoras sexuales nacieron varios romances y hasta matrimonios. “He conocido varios casos. Había muchos jefes de nacionalidad italiana sin familia que tenían su señorita. Si hablamos de casos extramatrimoniales, mi hijo es de madre soltera. Fui una persona que tuvo un hijo con otra persona que tenía familia en otro lado. Era muy fácil tener una doble vida y al no existir redes sociales, no sabías con qué te ibas a encontrar. Después se iban a ver a su familia y te podía decir que se iban a ver a su mamá”, reveló.

Según Chua, el asentamiento se iba a planificar en Piedra del Águila. Sin embargo, el intendente de ese momento se opuso para resguardar a las familias, mujeres y niños, teniendo en cuanta la masa obrera que existía. Para que no hubiese ningún delito de violación e inseguridad en la villa se dejaban entrar a más de 100 prostitutas. Creo que ahora a la distancia nuestra seguridad estuvo bastante respaldada”.

Hospital de avanzada y sin registro de niñez

Para la superficie que abarcaba Rincón Chico se podía dar el lujo de tener su propio hospital que era avanzado por la tecnología. No había urgencias de trasladarse a otra localidad salvo alguna atención especial que tuviera que ver con alguna enfermedad o lesión particular.

“Teníamos el Hospital Privado de Hidronor totalmente equipado y contaba hasta con quirófano y sala de internación. Tenías pediatra, médico clínico, obstetra… muchos niños han nacido en ese nosocomio y uno de ellos fue mi hijo que ahora tiene 34 años. Siempre digo que esos bebés nacidos en Villa Rincón Chico no tienen un lugar específico de nacimiento”, detalló.

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Una de las bases que quedaron de la desaparecida villa, que se encontraba a 20 minutos de Piedra del Águila.

Una de las bases que quedaron de la desaparecida villa, que se encontraba a 20 minutos de Piedra del Águila.

“Mi hijo se crío en el pueblo y después se fue a estudiar a Buenos Aires. Cuando apareció la primera nota sobre Rincón Chico, sus amigos no podían creer que no tenía un lugar para poder decir ‘yo nací acá’ porque ahora es algo fantasmagórico”, remarcó.

Un pueblo fantasma

Una vez finalizada la construcción del embalse en 1992, esa villa moderna en la que no faltaba nada, comenzó a desmantelarse y el silencio se fue adueñando de todo. “Yo estaba viviendo en el pueblo debido a que mi papá ya había terminado su función y estaba trabajando en una represa hidroeléctrica cercana a Piedra del Águila. No llegué a experimentar por suerte el levantamiento de las casas. Muchas de esas casas fueron instaladas en el pueblo y otras cargadas en camiones”, especificó.

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En 1992 con la finalización de la edificación de la represa las casa de Rincón fueron levantadas. Algunas fueron trasladadas al pueblo. y otras fueron trasladadas en camiones.

En 1992 con la finalización de la edificación de la represa las casa de Rincón fueron levantadas. Algunas fueron trasladadas al pueblo. y otras fueron trasladadas en camiones.

Según algunos datos, otra parte de las propiedades prefabricadas tuvieron como destino la capital neuquina para dar vida al barrio192 viviendas.

Amalia Chua después de 15 años de vaciamiento retornó por primera vez a Rincón Chico y para ella fue muy “triste”.

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“Al ver lo que la naturaleza hizo como tapar las bases con tierra –algunas están descubiertas- lo hace más pueblo fantasma. Fueron cuatro años bien vividos y la mejor época de mi vida. Y encontrarte con algo tan árido, agreste, donde todo fue una vida, fue triste. La verdad que es desgarrador ver que nunca existió un maravilloso pueblo, una infraestructura maravillosa con todo a mano. Estaría muchas horas contando anécdotas y vivencias pero eso queda guardado en mi corazón. A mis 56 años con este relato volví a vivir en Villa Rincón Chico”, concluyó.

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