Tenía 6 años. Empezaba a conocer ese mundo de guardapolvos blancos, cuando nos juntaron en el salón principal del colegio para contarnos que muchos jóvenes compatriotas necesitaban nuestra ayuda con donaciones. Chocolates, abrigos, zapatos, dinero. Cuando llegué a mi casa ese mediodía con la nota en el cuaderno, el flamante Philco a color -que mi papá había comprado por el Mundial de fútbol que se venía- mostraba una plaza llena y gente que gritaba como si hubiésemos ganado la Copa, pero recién era abril.
Un tipo con traje militar hablaba de la guerra con los ingleses. La única vez que había escuchado esa palabra era en las historias de mi nono (el tano) contando los avatares de la Segunda Guerra Mundial, cuando peleaba en el norte africano, aguantando el embate nazi.
Las noticias eran alentadoras y decían que ganábamos. La solidaridad se multiplicaba.
Pero con el paso de los días, la odisea de los pibes de Malvinas fue quedando de lado y el Mundial de España, donde Argentina defendía el título del 78, fue ganando espacio.
Una vez más, el fútbol se convertía en el aliado necesario para tapar una dura realidad. El mismo día que se negociaba la rendición, todos estábamos al frente de la tele viendo el debut de la Albiceleste, que perdía con Bélgica en el Camp Nou.
Muchos pibes dieron su vida por el país, otros regresaron en medio del olvido y la injusticia de un pueblo exitista y una dictadura en decadencia. Y así pasaron 35 años. Los gobiernos trataron de recuperar el archipiélago, de subsanar heridas. Y el pueblo, cada tanto, de recordar lo que se conmemora el 2 de Abril. Quizás este año, como es domingo, no pase como una fecha más.
A 35 años, no nos olvidemos de aquellos pibes de la clase 63, que son nuestros héroes de Malvinas.


