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La Mañana

Nueva Esperanza: el lugar donde todo se hace difícil

Nació como colonia agrícola y hoy es uno de los barrios más postergados.

Mario Cippitelli
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NEUQUÉN
“Vivir acá es hacer patria”, dice Carlos Coronel, mientras mira los alrededores de la meseta bajo un sol que quema y un viento que parece que no terminará nunca.
Coronel acaba de hacerse cargo de la comisión vecinal de Nueva Esperanza, un barrio, o una colonia, postergado que se ubica en el norte de la ciudad de Neuquén y que limita al norte con Centenario y al sur con la nueva autovía.
Son 706 hectáreas de terreno pedregoso y seco que alberga a unas 800 familias -o tal vez más- que viven de la producción, de las changas y del enorme basural ubicado en las cercanías del barrio.
Nueva Esperanza nació a principios de la década del ‘70 con el establecimiento de un grupo de crianceros que armó una pequeña colonia agrícola. Con el tiempo, el lugar se fue poblando y hoy es un pequeña sociedad que tiene todo tipo de necesidades y sobrevive a fuerza de sacrificio.
El lugar tiene calles que son casi huellas que se abren camino entre las jarillas y la vegetación rala y seca que rodea las parcelas. Las casas más viejas se distinguen por la altura de los árboles ligeramente inclinados hacia el este por la fuerza del viento y los pequeños manchones de verde que contrastan con los tonos grises y ocres de los arbustos y la tierra.
“Toda la gente que vive acá es humilde. Y aunque falta de todo, los vecinos siguen adelante”, asegura Coronel, cruzado de brazos en una oficinita que tiene en el Centro Integral, un salón donde trabaja la vecinal y que sirve para todo tipo de usos. En el edificio funciona de lunes a viernes un comedor que alimenta a 170 personas de todas las edades. Algunos almuerzan allí; otros se llevan la vianda a sus hogares. Solo se interrumpe la actividad cuando muere un vecino y el espacio se utiliza de sala velatoria durante 24 horas. Luego se cierra durante un día para hacer la limpieza y renovar el aire. Después se vuelve a abrir como comedor.
Es verdad que en Nueva Esperanza falta todo. El servicio de transporte pasa cada una hora recorriendo el barrio y deja a los pasajeros en una parada de Parque Industrial para que hagan un trasbordo hacia algún destino de la capital. Para regresar, el trámite es similar. Tampoco hay gas, por lo que la gente tiene que comprar garrafas a 35 y 40 pesos cada vez que viene el camión a vender durante no más de 30 minutos. El que no se enteró, mala suerte, y tendrá que comprar afuera y pagar otros precios.
Emergencias

El servicio de salud lo presta un pequeño centro que funciona de 8 a 16 y al que recurren los vecinos para tener una asistencia primaria. Las urgencias no cuentan, ya que no hay ambulancias, algo que vienen reclamando desde hace tiempo. “¿Y si pasa algo grave?”, pregunta este cronista. Coronel levanta los hombros y arquea las cejas.
Un patrullero que depende de la comisaría del Parque Industrial recorre las calles a modo de prevención. Dicen que el lugar es tranquilo y que a lo sumo se registran robos, aprovechando la ausencia de algún vecino. Pero salvo alguna excepción, el tiempo pasa sin mayores sobresaltos, pese a que cada vez hay más gente joven que no trabaja ni estudia.
Tampoco en la colonia hay escuelas. La Fundación Hueche, ubicada a metros del Centro Integral, se encarga de organizar cursos de capacitación y de contener –de la mejor manera posible- a los adolescentes que abandonan estudios en establecimientos que quedan muy lejos del barrio.
Es tan difícil todo en Nueva Esperanza que el barrio no tiene agua, pese a que el acueducto que viene de Mari Menuco pasa por el medio. “Por entre las piernas”, dice Coronel con ironía y bronca.
Para que puedan sobrevivir, el municipio capitalino envía día por medio 1.200.000 litros de agua en camiones. Se llenan los tanques y la gente la cuida como si fuese un tesoro de valor incalculable. Un modesto acueducto que viene de la laguna El Choconcito –como la llama la gente– les permite regar la producción y mantener a los animales, aunque se trata de agua sin tratar que no es apta para el consumo. La producción –incipiente- sobrevive con sacrificio. Las plantas crecen a la mitad de lo que deberían hacerlo porque el escenario no es el mejor. Los animales (cerdos, gallinas y chivos) son el gran sustento de los productores, aunque las aves de corral prácticamente desaparecieron porque son el blanco más fácil de los perros cimarrones. Cuando vienen hambrientos desde la barda en jaurías de 15 o 20, son una máquina de matar que no la para nadie. Y cuando desaparecen satisfechos de carne y sucios de sangre, la gente llora el balance: a fulano le mataron 50 chivas, a mengano le destrozaron el corral y le comieron todos los pollos…
“Aunque parezca mentira, acá vive gente”, dice Coronel, después de oficiar de guía por toda la meseta. Sostiene que los vecinos –haciendo honor al nombre del barrio– renuevan esperanzas todos los días.
Asegura que todos tienen esta convicción como modo de vida. O como una forma particular de hacer patria.

 

La laguna El Choconcito, un bálsamo en medio del desierto

La laguna nació de casualidad, producto del agua de descarte que tira la planta del EPAS, casi en el límite entre Nueva Esperanza y Centenario.
Los vecinos la llaman “El Choconcito” por una pequeña compuerta que sirve para enviar el agua a través de un acueducto que alimenta la producción de toda la zona.
El agua no es potable porque viene del lago Mari Menuco, pero para la gente se convirtió en un bálsamo en medio del desierto. Los fines de semana suelen ir jóvenes a pescar. Dicen que salen unos “matungos” (pejerreyes) de 20 centímetros que son aprovechados para variar un poco la dieta. Cuando el sol se vuelve insoportable, las familias llevan reposeras y equipos de mate para pasar una tarde distinta .
“Es el único espacio de recreación que tiene el lugar y los vecinos lo disfrutan”, asegura el titular de la comisión vecinal, Carlos Coronel.
El Choconcito tiene algunos lugares cuya profundidad alcanza los 15 metros, producto del socavón cada vez más grande que genera el agua.
Sobre una de las márgenes, miles de cañas y juncos le dan un aspecto de frescura que contrasta con el paisaje desértico.
Es un balneario humilde. Tan humilde como el barrio Nueva Esperanza.