Orlando “Nano” Balbo: un maestro comprometido con la militancia

Su amistad con el obispo Jaime de Nevares y don Felipe Sapag. "La educación es un espacio donde se negocian culturas", afirma.

Por VICKY CHÁVEZ

Neuquén > “Un maestro”, el libro recientemente publicado por su entrañable amigo, el escritor Guillermo Saccomanno, retrata gran parte de su vida. Hasta su reencuentro hace pocos años, Saccomanno creyó que Nano era uno de los tantos desaparecidos de la última dictadura militar.
Orlando “Nano” Balbo nació el 24 de octubre de 1948 en Pellegrini, provincia de Buenos Aires, en el campo del que su padre, Santiago, era arrendatario. Juan Bautista, el padre de su padre, nació en el Piamonte italiano; llegó a la Argentina a principios del siglo XX y se afincó al oeste de la provincia de Buenos Aires, casi La Pampa, porque allí le entregaron 200 hectáreas para que las trabaje durante cinco años. Terminado ese plazo, el Gobierno le arrendaba otras tierras vírgenes y a comenzar de nuevo. Juan Bautista se casó con  María Carolina Repetto, de cuya unión nacieron tres varones y seis mujeres. También sus abuelos maternos eran inmigrantes. Oriundos de España, Teófilo Martínez y Salvadora Cantel tuvieron seis hijos varones y dos mujeres. La madre de Nano era la menor de los hermanos.
A los catorce años, Don Santiago Balbo había comenzado a trabajar como caballerizo en la estancia en la que estaba contratado su padre, Juan Bautista. Se levantaba a las cinco de la mañana para ir a buscar los caballos y preparar los arados. Nano recuerda que vivían en viviendas precarias, y que toda la familia debía trabajar: era una economía de subsistencia.
En la década del 40’ Don Santiago, se casó con Raquel Beatriz Martínez, nacida en Bocayuva, vía ferrocarril Sarmiento, once años menor que él. De esa unión nacieron: Orlando, María Beatriz y  Lidia Raquel.
Los tres hermanos realizaron sus estudios primarios en la escuela del pueblo, a la que eran llevados en sulky por sus padres; luego, Nano estudió magisterio para recibirse de maestro. Jamás abandonó la profesión.
En 1945, la familia se hizo peronista. Dejan de trabajar para otros y alquilan un campo. Allí colocarían un tambo y empezarían a producir leche.
 
El Servicio militar
En 1969, a Nano le cupo realizar el servicio militar. Eran tiempos de Onganía: estaba en vigencia el Plan Conintes que proponía la militarización del país. Nano fue enviado al sur, a Junín de los Andes. Arribó a la ciudad de Zapala con un frío terrible y con ropa de verano. En el cuartel, los oficiales menospreciaban a los suboficiales porque eran los partidarios de Perón; por este motivo se recurría a los soldados para administrar el cuartel, sobre todo a los que tenían estudios. Allí conoció a jóvenes porteños, que, como él, fueron enviados al sur como en una suerte de castigo. Dos de ellos le resultarían más caros a su corazón y a su genio: el militante peronista Diego Frondizi –con quien compartió calabozo–  y el reconocido escritor Guillermo Saccomanno.
Nano comenzó a dictar clases en la Escuela Anexa a las fuerzas armadas del RIM 26, con la noción de que sabía “ponerse en los zapatos del alumno”, enseñanza que había tomado de su maestro, el pedagogo Paulo Freire. Diego Frondizi fue su compañero ayudante en la escuela, a la que asistían también muchos alumnos mapuches. Concluidos los catorce meses del servicio militar, Nano regresó a Pellegrini. Estuvo un breve tiempo trabajando y se volvió a Neuquén. A Diego Frondizi lo habían matado en un enfrentamiento, y a Saccomanno lo pierde de vista. Pero no para siempre.
 
La Universidad
En 1970 ya estaba de nuevo en nuestra provincia. Comenzó a cursar en la Facultad de Ingeniería, por lo que, al principio, alquiló una vivienda en la vecina localidad de Plottier. Luego, junto con unos amigos alquilaron una casa en la calle Leguizamón de la ciudad de Neuquén; empezó a trabajar como docente en la Dirección de Adultos, que en ese entonces pertenecía a la D.I.N.E.A. (Dirección Nacional de Educación de Adultos).
Debido a su notable conciencia política, Nano siempre estuvo vinculado a debates y propuestas tanto dentro como fuera del peronismo. Apenas arribado a tierras neuquinas, se vio involucrado en una discusión sobre la fiebre aftosa. Allí conoció al Turco Jure, militante del peronismo de Base PB, movimiento clasista. Y en 1973, comenzó a militar en la universidad en donde colaboraba con los grupos juveniles, como antes, en Pellegrini, lo hiciera en la Federación Agraria.
 
La gran tarea de alfabetizar: su amistad con monseñor de Nevares
Nano dejó la carrera de Ingeniería para comenzar a estudiar en la Facultad de Ciencias Agrarias. Poco tiempo después, debió  interrumpir nuevamente sus estudios: fue  convocado por el gobierno de Cámpora para coordinar el programa de Alfabetización CREAR (Campaña de reactivación educativa del adulto para la reconstrucción). Para dar conocimiento del proyecto a la Iglesia neuquina, pidió audiencia con monseñor Jaime de Nevares. Éste rápidamente se adhirió al programa.
En 1975, Nano se instaló en Cipolletti y comenzó a trabajar en escuelas. Eran los tiempos de Remus Tetu, tristemente célebre rector de la Universidad, quien termina por echarlo de la facultad.
Por aquellos días también comenzó a destacarse como secretario parlamentario de la Diputada justicialista René Chávez.
Nano fue amigo de Caíto Sapag. Concurría asiduamente a la casa del gobernador, y doña Chela, la esposa de don Felipe, siempre les preparaba comida. Nano recuerda que, cuando se dedicó eventualmente a la venta de quesos, Don Felipe se paraba a conversar con él y sus amigos para tener un conocimiento más profundo sobre el pensamiento de la juventud.

1976: el golpe de Estado
Apenas iniciado el proceso de reorganización nacional el 24 de marzo de 1976, Nano fue tomado preso y trasladado a la prisión de máxima seguridad U 9 de la capital neuquina. Allí permaneció seis meses. En dependencias de la Policía Federal fue torturado con picana eléctrica, por lo que perdió la audición de ambos oídos. El 6 de septiembre de ese mismo año lo trasladaron a una prisión de la ciudad de Rawson, en Chubut, donde permanecería por un año y medio.
 
El exilio: Italia
En Navidad de 1977 a Nano le concedieron la autorización para abandonar el país. Así fue que en febrero de 1978 partió con rumbo a Italia. Pero en el país europeo las cosas no empezaron nada bien: no lo querían dejar entrar. Afortunadamente él contaba con una carta que monseñor de Nevares había redactado para el Cardenal Pironio, la que se cayó al momento de abrir su valija durante la inspección. Inmediatamente, la actitud de las autoridades cambió: lo trataron de manera preferencial y, como todavía arrastraba secuelas de las torturas, fue trasladado al Hospital Gemelli, el mismo en el que atienden al Papa.
Ya recuperado, Nano pasó cuatro meses alojado en un convento. Trabajaba en una imprenta del Pontificio instituto de estudios árabes y del Islam, perteneciente a la Secretaría de Estado del Vaticano. Permaneció en Italia por el término de seis años, hasta el final de la dictadura en Argentina.
 
Regreso a la Argentina –La Escuela de Huncal
Su primer paradero al regresar a nuestro país fue Pellegrini. Poco tiempo después regresó a Neuquén y monseñor de Nevares le dio la posibilidad de trabajar en Huncal, paraje cercano a Loncopué, como maestro de Adultos en la cooperativa que habían fundado los pobladores. Así que hacia allí se dirigió. Lo acompañaron en la tarea dos maestros: Pedro Vanrell y Alejandra Martínez, él director y ambos maestros de la Escuela Nº 6. Allí estuvo trabajando catorce meses. Cuando regresó a la capital neuquina se reincorporó a la Universidad, y comenzó a trabajar en la Dirección de Educación de Adultos del Consejo Provincial de Educación de Neuquén.
Balbo recuerda que la hija del entonces gobernador, doña Silvia Sapag, lo citó para  conseguirle una vivienda: un departamento en el barrio Gregorio Álvarez. En señal de agradecimiento, Nano le entregó una litografía del pintor  Kokochinsky, quien le había manifestado expresamente su intención de que su obra sea entregada a aquél que ayudara a los refugiados políticos. Por ello, su destino fueron las manos de Silvia Sapag.
Luego, Pedro Vanrell sería convocado como vocal en el Consejo de Educación, y lo convocaría a Nano como asesor. Tuvieron oportunidad de manifestarse en contra de la Ley Federal de Educación. Constituyeron una de las voces relevantes que se opusieron a la aplicación de la mencionada ley.
Nano llegó a ser Secretario General de Aten, el gremio docente. Ya jubilado, continúa trabajando en diversas actividades políticas y culturales desde su militancia en la CTA  como miembro de la Comisión Directiva Provincial. Cada tanto dicta cursos para los trabajadores de los sindicatos sobre Historia del Pensamiento de los trabajadores.
 
Su familia
Junto a Gabriela Nemiña, docente de nivel terciario y Licenciada en Ciencias de la Educación, tuvieron a María Candela, quien tiene diecisiete años y cursa el 5to. año en la escuela General San Martín.
 
Su relación con Saccomanno
Después de que salieron del servicio militar, Nano y Guillermo no se volvieron a ver. Saccomanno dio por muerto o desaparecido a su amigo, hasta que, en 2008, el escritor fue invitado a un encuentro de escritores en San Martín de los Andes. Allí, el docente y escritor Rafael Urretavizcaya se le acercó al novelista y le dijo “Te manda saludos un amigo tuyo”. Guillermo le preguntó quién era, y le responde “Orlando Balbo”. Rafael pensaba que Saccomanno no se acordaría de Nano, y por eso se llevó una gran sorpresa: con ansiedad lo “bombardeó” de preguntas sobre su amigo, de quien se había separado entre los pliegues de una historia oscura de nuestro país. Al poco tiempo se encontraron. Pero no para recordar lastimeramente aquellos años de tortura, reclusión y exilio, sino con la idea de hacer algo juntos, algo que tenga sentido. Así es que desde el reencuentro trabajaron por más de tres años en la producción del recientemente publicado “Un maestro”, libro en el que Saccomanno recrea el periplo de su amigo durante aquellos años y que está repleto de las reflexiones pedagógicas tan propias de Nano. Entre otras, defiende a  “la educación como el espacio donde se negocian culturas. El alumno que viene del campo se enfrenta a la escuela, que es añejamente urbana, y lo obliga a dejar su patrimonio cultural en la puerta. No hay educación sino instrucción”. Para Nano, “la escuela es una institución urbana que ni siquiera hoy comprende la cultura rural, como tampoco entiende los sectores suburbanos. Está en una crisis de muy difícil solución. Decir escuela es hablar del modelo de sociedad al cual aspiramos”.
Otro de los proyectos que se gestaron a partir del reencuentro entre el escritor y el maestro fue la publicación de la antología de textos “El mundo del trabajo”, trabajo realizado en conjunto con un grupo de escritores y demás trabajadores, y fue publicado con el aporte de filiales sindicales y la financiación de la CTA. El libro fue presentado el año pasado en el Aula Magna de la Universidad Nacional del Comahue.
En una nota publicada en una revista nacional  está escrito que: “Nano es un narrador. Cuenta su experiencia y la convierte en un hecho pedagógico”.
“No escucho y no sé quedarme callado”, es la frase que identifica como gran militante, comprometido con sus ideales, a Orlando “Nano” Balbo, un hombre consecuente con sus ideales que no perdió jamás la esperanza de cambiar el mundo. Un verdadero luchador que entiende la docencia como punto clave para el desarrollo de la sociedad.

Deja tu comentario


Lo Más Leído