La pregunta me resulta recurrente mientras las horas transcurren en la primera jornada de juicio en contra de Alejandro Lagos, el policía que mató de seis tiros a Javier Soto, la noche que lo encontró con su ex pareja, Magnolia Salas, a quien también baleó no una, sino cuatro veces. Así de violento fue el hecho la madrugada del 27 de noviembre pasado, cuando el por entonces policía ingresó a la vivienda de la joven, ubicada en el barrio San Lorenzo, tras romper la puerta. Y digo ingresó porque Lagos admitió haber disparado esa noche cuando aseguró: “No pude controlar mis emociones, no quise lastimar a nadie”. En la pequeña habitación en la que yacía el cuerpo de Javier, el pequeño hijo de Magnolia lloraba paradito contra una pared: se salvó de milagro, su mamá también. Ella a escasos centímetros agonizaba tras recibir cuatro tiros en el cuerpo y le pedía a Lagos una ambulancia que nunca llamó. Al policía lo detuvieron con su arma reglamentaria que aún portaba en la cintura en la vereda de la vivienda. Sin embargo, él declaró en el juicio y no aceptó preguntas. Es su derecho. Dos hojas y media de mi anotador denotan con pulso apresurado las palabras que Lagos logró sacarse de encima entre suspiros y silencios, ante la mirada de la audiencia. Dos hojas y media en las que habló sobre él, de quién es, de lo mucho que trabajó, que tiene tres hijos, que no es “violento”, que ella, “Magno”, lo alejó de su familia pero que la amaba, al igual que a su hijo, al que quiere como propio. A ese que no lastimó de casualidad. Todo eso alcanzó a decir antes de mencionar lo que pasó, de pedir perdón. A pesar de todo eso, Magnolia, víctima de violencia de género, declaró y soportó todas las preguntas, incluso las que buscaban un justificativo para Lagos.


