Te juro que yo no fui

En el amplio y pintoresco mundo de la atención al cliente gana terreno a velocidad luz, a velocidad de plaga findemundista, un reprochable ejemplar. La mayoría de las veces se encuentra detrás de un mostrador, una suerte de atril desde el que se infunde la desesperanza. Se lo (la) puede encontrar escudriñando su celular con locura o leyendo la Paparazzi, discurriendo por las páginas como quien desoja la margarita de lo que pudo ser. Otras veces deja toda su energía en calibrar el estruendo de un equipo de música, pieza clave para aturdir a la clientela, para mejor no escucharla, para dilatar todo lo posible el momento en el que se acreditan lo signos vitales: "¿Qué busca, señor?", se escucha el reproche, de sopetón y sin aviso, como quien se mete en la habitación de su vecino la noche de su aniversario de bodas. Todo esto para decir que si alguien quisiera saber en qué consiste la soledad y el maltrato, también debería indagar en esas bocas de lobo sin tiempo (pero con posnet) que en su mayoría son los comercios de esta ciudad. Ahora que los taxistas, un gremio de hombres robustos entre los que abundan las anclas tatuadas en los antebrazos, irán a la academia de "buenos modales", quizás no esté demás ampliar el rango del alumnado. Hay mundos posibles, ajenos a las realidades paralelas, donde la gente entra a un comercio y recibe un buenos días, buenas tardes y gracias entre sonrisas, por más sobreactuadas que puedan resultar estas. A la hora de buscar los motivos para que en esta ciudad ocurra más bien lo contrario, se podrían tejer las más disímiles y disparatadas hipótesis, lo que no significa que, en rigor, el fenómeno sea más bien un capricho difícil de explicar. Por las dudas, y como más temprano que tarde uno volverá a ser presa del áspero arbitrio de otro empleado en cuestión, ahí va un rápido y breve manifiesto: juro que yo no fui.

Si alguien intentara saber sobre el maltrato y la soledad, debería dar una vuelta por los comercios.

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