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La Mañana

Una grieta que no se achica

La desigualdad social es uno de los mayores problemas que enfrenta cualquier gobierno, ya sea municipal, provincial o nacional. Las malas planificaciones de otrora (no previendo cómo o hacia dónde crecerá una ciudad, por ejemplo) profundizan la falta de contención social y los resultados terminan siendo una mayor inseguridad, hechos de violencia urbana o tristes episodios intrafamiliares. Mientras tanto, nuestros políticos se chicanean sobre la ciudad que quieren (por ejemplo, si un pulmón verde o un desarrollo urbanístico en el predio de la U9), no la que sería necesaria.

En el diario de ayer contamos la historia de un vecino de Plottier, el Tucu Ayusa, que con lo poco que gana haciendo trabajos de soldadura y tareas como sereno les da de comer a 60 familias. El hombre, nacido en el Jardín de la República, mostraba su desazón por la desigualdad entre los chicos que se la pasan jugando a la play y aquellos que no tienen qué comer.

Esa diferencia, que parece ser culpa de nadie pero a la vez de todos, se mama de corta edad y marca el futuro de las generaciones. Quizás ese “olvido” a su suerte haya sido el que moldeó a los Seguel, huérfanos sólo cobijados por la ley de la calle (junto con el alcohol, la droga y la delincuencia), que hoy tienen a mal traer a los vecinos del barrio Mudón, en el noroeste de la capital neuquina.

Quizás sea la misma (y lamentable) suerte que corran los huérfanos que quedan de la masacre de Hurlingham, donde un tipo desquiciado asesinó a cinco personas a sangre fría. ¿Esos niños podrán ser contenidos?

A decir de Henry Ford, “el fracaso es sólo la oportunidad de comenzar de nuevo de forma más inteligente”. Es tiempo.

La enorme desigualdad es el fracaso como sociedad. Y lo más grave, afecta a las generaciones futuras.