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La Mañana

Una impunidad permitida

Manejar borracho y atropellar o chocar causando la muerte de una persona e incluso huir es lo mismo que nada. La Justicia Penal toma estos casos como meros trámites donde las posibilidades de reparación para las víctimas en términos de justicia son tan bajas como las penas que les cabrían a los responsables de este tipo de delitos. Todos parecerían estar atados de pies y manos. De tres a seis años indica la ley. Pero en la mayoría de los casos se convierte en una pena mínima y condicional por ser la primera condena del acusado, que suele no tener antecedentes. La otra opción es ahorrarse directamente el juicio y acordar entre las partes una probation.

Es paradójico porque mientras escribo esta columna, sé perfectamente que muchos de los que leen también manejan –incluso yo también lo hago– y que por este motivo no estamos exentos de que nos pueda ocurrir estar de uno u otro lado, pero prefiero en esta oportunidad ponerme en el lugar de las víctimas, ya que a ellas, rara vez, se las considera.

Hoy me pregunto cómo está esa madre que perdió a su único hijo de 17 años a quien atropellaron y abandonaron sobre la ruta, o cómo hicieron para volver a trabajar en un remís los hijos del remisero de Plottier que falleció al ser embestido sobre la 22, o cómo siguieron adelante las madres de las dos soldados voluntarias que iban a trabajar en moto y fueron atropelladas sobre la Ruta 40 por el hijo de un juez que hizo un sobrepaso en un sector con doble línea amarilla. Todo esto nos deja ver que lo que nos está faltando es un poco de humanidad y respeto por nuestra vida y la de los demás, todas arrasadas.

Más allá de la ley, nos está faltando un poco de humanidad para respetar la propia vida y la de los demás.