Una monja que hace lío

Hace algo más de un año, la hermana Mónica Astorga tuvo la generosidad de abrirme las puertas del monasterio de las Carmelitas Descalzas de Centenario.

Hace algo más de un año, la hermana Mónica Astorga tuvo la generosidad de abrirme las puertas del monasterio de las Carmelitas Descalzas de Centenario. En ese espacio, que es su lugar de silencio, oración y contemplación, supe de la enorme tarea espiritual y solidaria que viene realizando desde hace más de diez años a favor de un grupo de travestis neuquinas, para alejarlas de la prostitución, de las drogas y el alcohol, con el objetivo de ofrecerles transitar un camino de dignidad, muy diferente al que cotidianamente están sometidas. Nunca las juzgó por prostituirse y hasta entendió que lo hacen hasta para recibir una caricia, aunque sea mentira.

Mónica Astorga está lejos de ser una monja de clausura. Por ayudar a las travestis recibió amenazas.

Me contó que la primera travesti que se acercó a pedirle ayuda le dijo que sólo soñaba con una cama limpia para morir.

Parece ser que a Mónica haber elegido esta vida diferente, abocada a la espiritualidad y la oración, no le alcanza. Está lejos de ser una monja de “clausura”. Decidió que su forma de hacer lío -como una vez el Papa les pidió a los jóvenes para que luchen por su dignidad- es ayudar a quienes sufren el rechazo, la discriminación e incluso la muerte. Logró entender la herida que llevan consigo estas mujeres, muchas de ellas golpeadas y abusadas desde pequeñas; despreciadas y abandonadas por sus familiares. La hermana Mónica siente el dolor de ellas en su propio cuerpo, y esa es la forma en que puede comprenderlas. Su cercanía con las travestis generó que en los últimos meses recibiera fuertes críticas y amenazas por personas que afirman pertenecer a la Iglesia pero que desconocen esa parte del Evangelio que dice que Jesús también se rodeó de la gente rechazada.

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