Viven en la ciudad pero no figuran ni en el mapa

El lugar se conoce como Puesto Guzmán. No hay gas ni agua potable.

Ana Laura Calducci

calduccia@lmneuquen.com.ar

Neuquén.- En el renglón del domicilio de sus documentos dice solamente “sector baterías Pluspetrol”. Con el tiempo, el municipio de Neuquén los bautizó Puesto Guzmán para identificarlos de alguna manera. Pero no tienen nombre oficial, tampoco calles, ni siquiera un puntito en el mapa que los señale. En una picada de la meseta, unos 6 kilómetros al norte de la ciudad, viven 16 familias que no pertenecen a ningún ejido urbano. Compraron esas tierras hace 20 años, engañados, y soportan el desierto sin red de gas ni agua potable.

Para llegar, hay que subir por una picada desde la rotonda de la Autovía, en el límite con Plottier. A los 5 minutos se ve el caserío a lo lejos. Las viviendas tienen amplios patios polvorientos, algunas gallinas que se cruzan y árboles agonizantes que delatan que alguna vez Puesto Guzmán fue una mancha verde en la meseta.

El primer vecino en mudarse allí, Héctor Guzmán, llegó el 10 de noviembre de 1990. Todavía recuerda la fecha. Una inmobiliaria les vendió parcelas para producir con la promesa de que pronto tendrían agua, luz y gas. De a poco, se enteraron que el sitio estaba fuera del ejido de Neuquén y que no habría servicios en mucho tiempo.

Gracias a la cercanía de la planta de Pluspetrol, consiguieron que les donen el agua sobrante de los ductos para regar sus huertas. Después, lograron la conexión de luz del Ente Provincial de Energía del Neuquén. El gas, en cambio, hasta el día de hoy lo compran en garrafas.

El agua potable la lleva el municipio neuquino en camiones, gracias a un antiguo convenio que consiguieron en una campaña electoral y que vence en unos días. Ante la versión de que la comuna ya no se haría cargo porque no es su jurisdicción, los vecinos presentaron un amparo, con la ayuda de la Defensoría del Pueblo (ver aparte).

Pese a las carencias, el cultivo y la cría de animales lograron cierto esplendor en el caserío hasta 2007, cuando una disputa de dos vecinos con la petrolera rompió el acuerdo para el riego. Desde entonces, las alamedas se fueron secando. Hoy, las chacras están cubiertas de enormes troncos grises que el viento tiró como naipes.

De las 20 familias iniciales, algunos se fueron y otros vendieron. Varios de los nuevos compradores tienen casa en otro lado y pasan allí el fin de semana.

Desde hace años, en los patios no se ven niños. Los valientes que se mudaron con chicos, pronto se arrepintieron. Es que la escuela más cercana queda a 10 kilómetros. Tampoco hay puesto sanitario. Están lejos de todo, no hay dudas. Sin embargo, tienen televisión satelital y buena señal de celular.

Los pioneros que siguen allí se conocen como si fueran familia. A esta altura, ninguno quiere irse. Explican que viven en paz y confían en ver sus chacras florecer de nuevo. Encontraron su lugar en el mundo, aunque no figure en el mapa.

Un amparo para poder tener agua

Por estos días, las familias de Puesto Guzmán hablan de una sola cosa: el camión del agua potable. El líquido vital se reparte en el caserío gracias a un convenio de 15 años con el Municipio neuquino, que está próximo a vencer y no hay garantías de que se renueve.

Elvio Suárez, uno de los pioneros, contó que hicieron una presentación en la Defensoría del Pueblo porque se enteraron que no les van a llevar más el agua por estar fuera del ejido. Explicó que el convenio concluye el 31 de agosto y nadie sabe qué pasará en septiembre.

Tras el reclamo, la Defensoría convocó al Ente Provincial de Agua y Saneamiento (EPAS) y al Municipio para conseguir un nuevo acuerdo, pero no hubo caso. Alarmados, los vecinos presentaron un amparo judicial, que debe resolverse en unos días. Elvio indicó que todavía lamentan haber perdido el sistema de riego de Pluspetrol y saben que no sobrevivirán si se quedan sin el camión que llena los tambores de las casas. La solución definitiva sería una conexión desde el canal de Mari Menuco.

El hombre que fundó un poblado sin enterarse

En el patio de su casa, Héctor Guzmán tiene un inmenso mástil con una bandera argentina que flamea bien alto. Todas las mañanas la iza. Y, si se pone vieja, la cambia por una nueva.

Esa bandera se ve de lejos, cuando se ingresa a Puesto Guzmán, el caserío bautizado con su nombre. Él dice que no tuvo nada que ver con esa decisión, que fue algo “del Municipio” y que incluso se sorprendió cuando se enteró.

Asegura que se siente un vecino más. Como el resto, compró su terreno pensando que estaba dentro de la ciudad de Neuquén, pero se encontró con un jarillal en medio de la nada y entre todos tuvieron que darse maña para abrir las calles. “Ninguno sabía que íbamos a estar acá así, nos metieron el perro”, recordó.

Dijo que no le interesa el reconocimiento por ser el pionero de un poblado que nunca se propuso fundar. “Si alguien pregunta dónde vivo, para mí es el Sector Baterías nomás; o sino lo hago más simple y les digo: allá arriba”, contó Guzmán.

Una historia que mezcla política y también religión

Es difícil encontrar el camino hasta Puesto Guzmán. Más de un visitante se perdió y necesitó de la ayuda policial para salir del laberinto de las picadas. Sin embargo, eso no los salva de los políticos en campaña y los predicadores religiosos.

Los vecinos cuentan que, en época de elecciones, los candidatos llegan hasta el caserío cargados de promesas y banderas de colores.

Más de uno se metió entre las jarillas para ganar unos votos más.

También, aunque parezca increíble, algunos reciben la visita periódica de predicadores religiosos.

Como si la fe divina los guiara, aparecen temprano en el portón los domingos, con la Biblia bajo el brazo, listos para enseñar la palabra de Dios en un lugar en el que falta de todo y donde la ayuda verdadera llega a cuentagotas.

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