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A los pobres más pobres no les preocupa el Covid

En la toma Casimiro Gómez, uno de los sectores más vulnerables que tiene la ciudad de Neuquén, las prioridades pasan por otro lado.

El hijo de Marisa juega en el patio de tierra. Está arrodillado, hace dibujos con el dedo y se arrastra siguiendo un surco con el índice. Hace un pocito; luego otro. Se divierte con la imaginación que tiene cualquier chico de 9 años. Y se enchastra con la arena, por supuesto.

Marisa (43) lo mira de reojo, pero no le preocupa que se ensucie o lleve tierra a su hogar porque el piso de la casa de Marisa es igual al del patio: de tierra.

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La escena transcurre en la toma Casimiro Gómez, un asentamiento de mil casillas de madera y nylon que nació hace poco más de un año y ya se convirtió en un "barrio popular" o "emergente", eufemismos muy utilizados en la actualidad para no tener que hablar de villas miserias.

Paradójicamente la toma lleva el nombre del primer terrateniente que tuvo la ciudad, un español que en 1898 invirtió dinero en las tierras donde se asentaría la futura capital años después. La llegada del ferrocarril y la decisión de trasladar la sede administrativa desde Chos Malal a la Confluencia lo favorecieron para que el negocio sea redondo. Pero esa es otra historia.

Lo cierto es que desde un principio las autoridades intentaron frenar la toma y desalojarla, pero no pudieron. Con el correr de los meses se fueron sumando carpas que se convirtieron en precarias casillas y algunas (las menos) terminaron reforzadas con ladrillos y materiales de construcción.

Todos los terrenos tienen 10 metros por 20. O algo parecido. La división se hizo a las apuradas cuando comenzó la usurpación del enorme predio ubicado en lo más alto de la ciudad, pegado a la calle Casimiro Gómez, de ahí la denominación que se le dio.

La charla con Marisa Huequelef -tal su nombre completo- tiene por objetivo tratar de saber cómo viven en la pandemia las personas que son más pobres que cualquier pobre y qué opinan respecto del virus que puso en jaque al mundo y de las medidas que se están aplicando para intentar frenarlo.

"Nuestra principal preocupación no es el virus, sino poder tener agua para vivir y alimentos para comer", asegura Marisa. La mujer construyó con su marido la casilla donde vive con pallets, maderas, nylon y mediasombras y logró un hogar con pretensiones de ser un lugar digno para vivir, aunque para eso todavía le falta mucho.

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Marisa, en la despensa que improvisó en su casilla.

Marisa, en la despensa que improvisó en su casilla.

Puso empeño para que la tierra que rodea su casa sea algo parecido a un jardín. Colocó macetas con cactus que se mantienen con un mínimo de agua, organizó un vivero con algunas verduras que por ahora es solo un proyecto de sustento y también improvisó una mini despensa en un sector de la casilla que atiende a través de una ventana.

"Vendo algunas cosas de almacén para los vecinos, aunque acá no hay demasiada plata", reconoce. Dice que muchas veces tiene que fiar, pero que después de un par de días o unas semanas, los deudores cumplen y le pagan. "Lo hacen cuando consiguen alguna changa", reflexiona.

La situación de Marisa no es muy distinta a la de Diana Obregón, una joven de 29 años que vive en una casilla similar, pero tiene que alimentar a tres hijos. Ella está desocupada y su pareja hace changas, pero nada alcanza. Todos sobreviven en un solo ambiente, aunque dice que cuando puedan, harán las divisiones correspondientes o ampliarán la casilla.

La comida es un problema porque todos los días hay que elegir entre el almuerzo o la cena. "Por lo general almorzamos; de noche cenamos un té", comenta sin vergüenza.

Sin embargo, lo que más le preocupa a Diana por estos días es la cantidad de alacranes que pululan por su casa que también tiene piso de tierra y hendijas a través de las cuales se cuelan arácnidos de todos los tamaños. Reconoce que son una pesadilla que la mantiene alerta todas las noches ante el temor de que sus hijos terminen con una picadura.

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La plaza de la toma tiene un arbolito y un cartel que la identifica como espacio público.

La plaza de la toma tiene un arbolito y un cartel que la identifica como espacio público.

Es difícil abordar el tema de la pandemia frente a realidades tan crudas, pero el virus existe, circula, enferma y mata. En otros barrios debería ser un tema preocupante, pero en esta toma es relativo, algo en un segundo, o en un tercero. ¿Es importante?

"Acá nos cuidamos todos, asegura Marisa al hablar de las medidas de prevención que recomiendan en la pandemia, aunque reconoce que hay cosas que no se pueden llevar a cabo todos los días, como la higiene. El asentamiento no cuenta con servicio de agua y todos los habitantes dependen de un hombre que maneja un camión y les llena una o dos cubas a 400 pesos la unidad.

Los enormes recipientes de plástico no duran mucho. Si se usan para todo, unos tres días. Si se utilizan para cocinar y beber, una semana como mucho. Lavarse las manos frecuentemente es una medida muy recomendada por los sanitaristas para evitar el Covid, pero en esta toma es prácticamente inviable. Y cuando el camión repartidor se rompe y el servicio se demora tres o cuatro días, es directamente imposible.

Las dos mujeres coinciden en que el agua es tan importante que la aprovechan al máximo. Cuando se bañan lo hacen en un fuentón. Con lo que queda, lavan la ropa allí mismo y finalmente, el descarte lo utilizan para regar las plantas. Por supuesto que tampoco tienen baños; mucho menos, cloacas.

El gas es el otro problema. Una garrafa para poder cocinar cuesta 600 pesos y el envase, 6.000. Muchos se están preparando para el invierno tratando de juntar leña o maderas en la medida que puedan. El uso de caloventores eléctricos fue prohibido por ellos mismos porque estos artefactos recalientan los cables de la luz y pueden provocar incendios. Lo experimentaron el año pasado en las casillas de otros donde se vivieron momentos de miedo, desesperación y zozobra.

A la charla con Marisa y Diana se suma Gladys Vilca (49), otra vecina que tiene la responsabilidad de administrar un merendero además de criar a cinco hijos que viven con ella y su marido que trabaja de albañil. Al comedero asisten 60 nenes que los padres llevan puntualmente todos los días. Se alimentan de manera voraz porque allí comen lo que en sus casas no les pueden dar. "Cada vez vienen más. Por suerte recibimos donaciones de distintos lugares, si no sería imposible", asegura Gladys. Y promociona la página de Facebook “Los peques de Casimiro merendero”, la vía necesaria para que llegue la ayuda.

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El agua es lo más preciado en la toma. Los chicos lo saben.

El agua es lo más preciado en la toma. Los chicos lo saben.

Además del hambre, los nenes que viven en la toma enfrentan (sin saberlo) a un enemigo invisible que en el futuro será más letal que cualquier peste: la falta de educación.

Diana hace el esfuerzo y se va caminando durante media hora con sus hijos hasta la parada de colectivos que hay en Toma Norte. Desde allí los lleva a la escuela.

Marisa no tiene la misma suerte. Además de tener que atender la despensita que le da un mínimo sustento mientras su marido trabaja en un corralón, sufre una discapacidad visual que le complica ese trámite. “La maestra me dijo que tratara de conectarlo a través del Zoom”, dice con ironía.

A medida que transcurre la charla se van sumando otros vecinos. Algunos llegaron a la casa de Marisa para comprarle algo en su improvisado almacén. Otros, por curiosidad, quieren saber quiénes son los intrusos (este cronista y una fotógrafa) y qué hacen recorriendo el barrio. Las sospechas están fundadas en el acecho permanente que dicen que les hace la Policía y el temor ante un posible desalojo.

José y César Nahuelquén, dos hermanos que el destino los juntó en la toma, son los primeros hombres que hablan. Al principio se los nota desconfiados, pero finalmente se animan y cuentan su historia.

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José tiene 39 años, es cocinero y con su mujer cría a dos hijos. Es uno de los pocos afortunados que consiguió un trabajo bueno, aunque sea temporario. Cuenta que está cubriendo una suplencia en una reconocida fábrica de pastas de la ciudad donde además de recibir un sueldo, también le dan comida que quedó el día anterior, un empujón enorme frente a la realidad dramática que vive.

Con 32 años, César tiene tres criaturas, es electricista y hace changas, aunque reconoce que mucho trabajo no hay y que la clientela más cercana la tiene en su propio barrio, un lugar donde precisamente no abunda el dinero.

“Vas a comprar algo con mil pesos y no traés nada; todo está muy caro”, lamenta. “Y la carne, ni hablar”, acota su hermano José. Recuerda que la última vez que comió asado con su familia fue para las fiestas. ¿Cuándo volverá a hacerlo? No se lo imagina.

Como el resto de los vecinos, los hermanos reconocen que no le temen al Covid. Dicen que se cuidan y que toman los recaudos necesarios en la medida que pueden. A lo que sí le temen es a las restricciones más duras que se pudieran aplicar en caso de que avance la pandemia. “Para nosotros sería algo tremendo porque se nos terminan los trabajos y las changas; no sé cómo podríamos vivir”, asegura César.

Las mujeres recuerdan que hubo algunos casos: el de un enfermero que también vive en la toma y el de un joven que tiene un trabajo formal en un comercio. Tal vez se hayan registrado otros, pero no fueron de gravedad. “Hubo más, ¿no?”, se preguntan y hacen memoria. Se quedan pensando.

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El proyecto del vivero recién comienza.

El proyecto del vivero recién comienza.

La entrevista avanza y los temas son recurrentes: comida, agua, leña para el invierno que se viene, trabajo, viviendas dignas, aunque también hacen referencia a las relaciones que tienen con otros vecinos y que no siempre son buenas. Recuerdan que alguna vez tuvieron que echar a unos que robaban en la misma toma. “Robar está mal en todos lados, pero que nos roben a nosotros que somos pobres es el colmo”, sostiene José. Reconocen además que cuando comenzó la ocupación no faltaron los oportunistas que se aprovecharon para tomar lotes y luego revenderlos. “Desgraciadamente siempre pasan estas cosas”, lamentan.

No obstante, todos se encargan de resaltar que la gran mayoría son “laburantes” que sueñan con trabajar, progresar, que no quieren que les regalen nada y que están dispuestos a pagar por la tierra y por los servicios que tanto necesitan, aunque sea con lo poco que tienen.

“Entre nosotros tratamos de ser solidarios porque estamos todos en la misma situación”, sostiene Marisa. Por eso, dice que siempre están pendientes de los que la pasan peor, de las mujeres que viven solas con hijos, de algunos viejos que también fueron a parar allí por el drama de la exclusión y de los que no tienen absolutamente nada para subsistir, ni siquiera una changuita.

La charla sigue, pero siempre gira sobre estas preocupaciones. Del virus –eje central que tenía por objetivo esta crónica- se habla casi nada. Les preocupa, sí, pero un poco. Les interesa más saber qué pasará mañana, cómo será su día, que le darán de comer a sus hijos, dónde ganarán algún peso, si hará frío, si lloverá, si soplará mucho viento.

La toma Casimiro Gómez va a contramano de la mayoría de la sociedad porque sus realidades y necesidades son distintas. Hoy es apenas un asentamiento clandestino en carne viva que ya ni siquiera grita porque se acostumbró al dolor, pero igual se aferra a la ilusión de progreso aunque parezca una utopía.

Por eso sus integrantes no hablan del Covid ni de las vacunas, ni se asustan por las cifras de contagios o de muertos.

Están en ocupados en cosas más urgentes, mientras sufren en silencio la cruda realidad de su propio mundo.

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