La definición por penales, cuando no está el destino propio pendiendo de un delgado hilo, es hermosa. Como es hermoso siempre ver eliminado a Brasil, afuera de las semifinales de la Copa América por segunda vez consecutiva, algo que sólo le había pasado en 1939 y 1941. Dato clave: no participó de aquellas dos ediciones. Está claro que este Brasil que hace historia (de la mala) no se parece en nada a un pentacampeón del mundo. Por eso, cuando anoche comenzó la serie desde los 12 pasos, muchos queríamos hinchar por ellos, para agarrarlos en semis de capa caída, sin Neymar ni otras estrellas que asusten, y vengar lo que ocurrió en las Copas de 2004 y 2007. Grande como casi ninguno, el equipo de Dunga no amenazaba con regalarnos un golpe como el que les dio Alemania hace un año, pero había buenas chances de dejarlos en el camino y festejar por partida doble, estirando el “decime qué se siente” unos añitos más. Igual, ya desde el primer penal fallado por ellos se hizo difícil desear que ganen. Hay algo que es más fuerte, que viene de las entrañas, que se lleva en la sangre futbolera y hace imposible gritar sus goles. Por eso celebramos, tibiamente, con este Paraguay de Ramón que demostró, en aquel primer tiempo en el debut, que puede ser un rival cómodo. Lo que ocurrió en la segunda mitad sirve para entender que no habrá nada resuelto. Porque si bien Argentina es de lo mejorcito de la Copa (detrás de Chile, que sí logró efectividad), aún debe resolver cómo quebrar las defensas apretadas que le plantan y demostrar por qué tiene a la delantera más temida del planeta, que hasta aquí, en cuatro juegos, sólo pudo anotar cuatro veces. Ojalá se abra el arco el martes y se dé la final soñada contra los locales, para repetir en suelo chileno el festejo de 1991, el anteúltimo de una Selección que necesita cortar la racha ya.


