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Buscavidas, luchador incansable y referente del barrio Belgrano

Jorge “Chiquito” Mendoza. Personaje de la ciudad de Neuquén

Tuvo una infancia de extrema pobreza. Se crió con su madre y siete hermanos. Durante toda su vida tuvo decenas de trabajos para poder sobrevivir.

Es un pintoresco personaje del barrio. Asegura que todo el mundo lo conoce por haber trabajado en la calle durante gran parte de su vida.

Mario Cippitelli
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Neuquén
Durante casi toda su vida vivió como un pobre, con una infancia llena de carencias y una juventud de mucho sacrificio. Conoció la calle como pocos, por todas las changas que tuvo que hacer para ganarse la vida. Vendió diarios, lustró zapatos, fue taxista y chofer de la cárcel U9. Jorge “Chiquito” Mendoza hizo de todo para sobrevivir y buena parte de sus 66 años la pasó en la calle.
Dice que cuando era chico compartía un rancho de adobe con su mamá Elvira y sus siete hermanos. No había padre presente que los ayudara y los protegiera. A medida que iban creciendo, todos colaboraban con la mamá para poder alimentarse y vestirse.
“Hice de todo”, asegura, sentado en uno de los bancos de la plaza que él mismo construyó, en el barrio Belgrano. Asegura que ahora el lugar “es hermoso”, pero que nació como un barrio pobre, con gente muy humilde y con muchísimas necesidades, pero que con el correr del tiempo se fue transformando hasta convertirse en una pequeña sociedad de gente trabajadora y sacrificada, pero sin la miseria de aquellos tiempos.
Quienes viven desde hace muchos años en Belgrano recuerdan cuando en el matadero municipal, que funcionaba en Bahía Blanca y Ricchieri, se regalaban cabezas de vacas y achuras de todo tipo. “Llegaban con carretillas cargadas de carnes y de tripas que en aquellos tiempos no se consumían como ahora”, dice Chiquito, quien agrega que “para muchos era el único alimento y la forma de sobrevivir que tenían”.
Eran épocas en que el Belgrano también tenía la fama de ser uno de los barrios llenos de prostíbulos. Algunos famosos como La Baticueva, donde decenas de mujeres atendían a los obreros que trabajaban en El Chocón y a tantos hombres en soledad, durante los fines de semana.
La ciudad recién comenzaba a dar los primeros pasos largos, pero se caracterizaba por tener gente de trabajo y sacrificio. “No había gente mala, no había robos en aquella época como se ven ahora”, sostiene.
En la década del '80, cuando logró juntar unos pesos con los trabajos temporarios y las changas, se compró un terreno en el corazón del barrio, donde construyó su vivienda y crió a cuatro hijos.
“Siempre fui pobre por mi ignorancia”, asegura emocionado. Es que durante su infancia no tuvo más posibilidades que cursar segundo grado en la escuela primaria. El tiempo y las dificultades no dieron para más que eso. “Fui tan ignorante que cuando trabajé como taxista no hice aportes y me costó mucho llegar a la jubilación. Me faltan cinco meses ahora, pero no fue fácil”, reconoce. Mientras espera el retiro, trabaja como empleado en el balneario Sandra Canale, donde hace de todo. El sueldo le permitirá completar los aportes faltantes para descansar de una buena vez.
Hoy, en la última etapa de su vida, Jorge asegura que es un hombre feliz, un tipo que en el barrio es un referente y que se ganó el cariño de la gente. “No debería decirlo yo, pero soy una buena persona y por eso estoy contento. Me conoce todo el mundo por haber andado en la calle toda la vida”, reflexiona.
En la plaza que él mismo construyó, y que en otras épocas era casi un terreno arenoso, ahora hay verde por todos lados y un par de juegos infantiles para que los chicos se diviertan. Jorge es una suerte de guardián porque sabe el sacrificio que le costó que aquel terreno se convirtiera en un pequeño pulmón del barrio.
En medio de la plaza se levantan tres eucaliptos que plantó hace ya varios años. Dice que lo hizo a modo de homenaje a su mamá, de quien mantiene un hermoso recuerdo. “Ella nos enseñó a hacer sacrificios y a sobrevivir, pero siempre mirando hacia adelante”, concluye.

DURO RECUERDO
El motín que le cambió la vida

Uno de los trabajos más estables que tuvo Jorge Mendoza durante su vida fue el de chofer en la Unidad Penitenciaria 9 de Neuquén. Todo transcurría con normalidad hasta que un día se generó un violento motín para las fiestas de fin de año. Fue un punto de inflexión en su trabajo. “Fue muy violento y golpearon a muchas personas; por suerte no hubo muertos, pero a mí no me gustó y decidí irme de allí”, recuerda.