Chacras: un relato del fin

Las chacras atravesaron la infancia de muchos de nosotros. Hoy, allí hay loteos y pozos petroleros.

Cuando era chico tuve el privilegio de vivir la última etapa de un Centenario pionero, aquel que forjaron los abuelos, con el relato del esfuerzo, el arado y después el tractor. Ese poblado donde se hizo la primera Fiesta de la Manzana, que después se mudó a General Roca. El tiempo era eterno y nuestros padres casi no se preocupaban por dejarnos en la calle, a la deriva en un pueblo donde uno podía jugar en las chacras, caminar kilómetros al filo de las alamedas, o ir a la barda con amigos a cazar lagartijas. La bicicleta era el medio de transporte más habitual y el canal de riego o el río Neuquén (sin contaminar), una enorme pelopincho sin guardavidas. De vez en cuando se desataba alguna pelea callejera, casi inocente y al pasar. Apenas había unos 300 teléfonos fijos y las caras eran todas conocidas. En las noches de verano, uno podía cruzar la Ruta 7 sin mirar y sentir en la cara el aire espeso con olor a manzana, antes de llegar al Casco Viejo. A la escuela se iba caminando y quienes vivían en el barrio lo hacían en colectivo. Pocos padres llevaban a sus hijos en auto y el dinero para golosinas había que ganárselo haciendo tareas domésticas. Así pasaron muchos años. Había trabajo en las chacras y parecía que la manzana, ese fruto bíblico prohibido, iba a dar de comer a todos durante décadas. Pero mientras disfrutábamos de ser chicos, el mundo se estaba viniendo abajo. La manzana ya no valía. Los chacareros empezaron a endeudarse. Algunos vendieron todo y otros quedaron parados muchos años.

“Nos creíamos empresarios pero había monstruos arriba nuestro”, dijo un chacarero. Después, vino el petróleo, los loteos, los barrios y el consumo. Y ahí empezó el fin que aún no acaba.

Fuente:

¿Qué te pareció esta noticia?

Noticias Relacionadas

Deja tu comentario

Lo Más Leído