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¿Cómo es vivir en un pueblo sin teléfono ni Internet?

Octavio Pico tendrá conexión recién en febrero. Mientras tanto, afrontan la educación a distancia, el trabajo y la vida social sin señal.

En el último borde de la provincia de Neuquén, cuando las fronteras se disimulan en una estepa infinita, el pueblo de Octavio Pico se presenta ante el mundo como un refugio de color verde: una población de 300 habitantes que parece aislada de las demás, y que apenas se conecta con la civilización a través de un camino de piedras sueltas y una señal temblorosa de Internet, que se consigue desde algunas ventanas selectas.

Vivir en Octavio Pico es como vivir en otro tiempo. Aunque muchos pobladores tienen computadoras o teléfonos celulares, en el pueblo no existe una señal con la fortaleza suficiente para conectarlos a la red y, a través de ella, el resto del mundo.

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“La gente está acostumbrada a pararse cerca de una ventana o en una plaza donde consigue algo de señal”, explica Silvana Fernández, que es la presidenta de la Comisión de Fomento del pueblo. Por sus escasos habitantes, la localidad no tiene la categoría necesaria para convertirse en un Municipio. En 1990 se creó esta comisión, que con el tiempo se convirtió en el motor económico del pueblo y en el punto neurálgico para su vida social.

“Vivimos como antes”, se ríe Silvana. A ella no le parece raro llegar a una casa sin avisar. No hay teléfonos fijos ni mensajeros. Por eso, para hablar con alguien, la única alternativa es acercarse hasta su vivienda. Llegar no es demasiado complicado, porque el pueblo tiene una extensión de apenas 10 manzanas.

Aunque las distancias son cortas, los pobladores visitan a sus vecinos en auto. Se suben a los vehículos para hacer trayectos brevísimos y probar suerte. No pueden anticipar si la persona que quieren ver está en casa o se fue a su chacra. Los habitantes de Octavio Pico viven de la cría de animales y de la producción de alfalfa y pasto, por lo que pasan muchas horas ausentes, en absoluta soledad trabajando la tierra.

Los autos se convierten en una herramienta fundamental para estar conectados. Sus chacras quedan más lejos y el supermercado más próximo está a 80 kilómetros de distancia, en Rincón de los Sauces, a donde llegan a través de un camino de tierra con banquinas difusas y chivos que pastan sueltos. Cuando necesitan algo urgente, compran en las despensas del pueblo, pero prefieren hacer viajes mensuales a la ciudad para proveerse de otros artículos.

La vida puede vivirse sin bares ni cines. Sin Netflix. Sin redes sociales. Los habitantes de este pueblo se entretienen con sus televisores conectados a Direct TV, con la cría de las ovejas y los chivos, con un contacto apacible con la naturaleza. Y antes de la pandemia, con los eventos sociales que se organizaban en el salón de usos múltiples.

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Ahora, la vida social pasa apenas por la Comisión de Fomento. Allí llegan los vecinos a plantear problemas, a pedir ayuda o simplemente a saludar. Esta delegación tiene un total de 27 empleados, casi un 10% de la población, y se convirtió en el punto neurálgico de Octavio Pico porque también empuja la actividad productiva a través de los servicios de maquinaria agrícola y enfardado de pasto.

Mientras tanto, el mundo avanza en otra dirección. Con la expansión de la pandemia de coronavirus, el Ministerio de Educación de la provincia dispuso el sostenimiento de la educación de forma virtual. Este pueblo tiene una escuela primaria de tipo albergue con 12 alumnos matriculados, que ya no asisten a las aulas y tampoco pueden hacer las clases en línea porque no tienen Internet.

Silvana explica que el gobierno provincial les dio un minibús que utilizan para trasladar a los estudiantes hasta Valle Verde, otro poblado que tiene conexión. Mientras tanto, la educación se resuelve con un tránsito constante de pendrives y cuadernillos impresos, que sostienen el aprendizaje de forma diferida.

“Hay una señal de la Optic, que es del gobierno de la provincia, pero como estamos en una especie de valle, acá no llega la señal”, señala la presidenta de la Comisión y afirma que ya se decidió una inversión de 1,3 millones de pesos para contratar a una empresa privada que provea el servicio para los pobladores.

Se estima que, en febrero, los habitantes de Octavio Pico podrían tener señal de Internet. Los habitantes esperan este momento con ansias, con la intención de tener un nuevo entretenimiento para pasar las tardes eternas después de la siesta, para poder comunicarse con familiares que viven lejos sin cazar una rayita pobre de señal desde una ventana, para no tener que viajar por una ruta de canto rodado cuando quieren conectarse con el mundo exterior.

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Hay otros que no. Juan Carlos Fernández no pensó jamás en moverse de Octavio Pico, el pueblo donde nació y donde cursó sus estudios hasta séptimo grado. Dice que esa conexión pobretona, que los citadinos consideran absurda, es suficiente para cubrir lo que ellos necesitan. Mientras tanto, la vida pasa por otro lugar: por el trabajo diario, por la presencialidad, por los picaditos de fútbol.

Faltan apenas unos días para que la vida cambie por completo en ese lugar. Es imposible anticipar cuál será el verdadero impacto de la llegada de Internet, que se dirime entre un aporte para la educación a distancia, un motor para la economía y el peligro de que los pobladores se olviden de forma paulatina de todas aquellas cosas que, como piensa Juan, son las que realmente importan.

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